Relatos Orbitales 6
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En aquel castillo podría haber una guarnición de casi ciento cincuenta efectivos. Sin él, el pequeño grupo de la Compañía Pétrea contaba con seis miembros, incluyendo a su hija. Gresdia, maldijo Reiarc para sus adentros, te dije que te fueras con ellos, no que los trajeras aquí. En tal brete, caería el grupo entero.

Nadie podía prever que Seiantur fuera a traerle una llave arcana capaz de abrir cualquier cerradura típica. Por cierto, un regalo magnífico, pese a que él hubiera preferido una espada con nombre ilustre y símbolos en una hoja brillante como el platino. Siendo honestos, la llave era un obsequio más oportuno, dadas las circunstancias. De no haber sido por la irrupción de sus chicos, él habría escapado en la dozava pertinente y nadie se hubiera percatado de su desaparición hasta el cambio de turno de guardia, en el que los centinelas se toparían con, calculó a bulto, cuatro o seis víctimas inevitables.

Y habría cenado, joder, zanjó Reiarc, con un pensamiento incisivo.

El plan había sufrido un serio revés. Lo cual debería hacerle tronar por dentro, liberando rayos y centellas por nariz y orejas.

Sin embargo, no podía evitarlo, amaba a esos granujas robamadres, aciagos felones y buenos para nada. ¡Habían venido a por él, jugándose la vida!

—Me necesitan —iba mascullando, tras hacer uso de la llave y salir de su celda. Avanzó por el pasillo como una bestia furiosa—. Me necesitan. —Cuando salió de la oscuridad de la mazmorra, torció una esquina y un par de guardias que protegían una puerta enrejada desde el otro lado no lo vieron venir. Se les echó encima igual que haría la sombra de un ave rapaz nocturna y, agarrándolos por las cabezas, las estampó entre sí. Por si acaso, metió una pierna entre los barrotes y les arreó sendos pisotones en la cabeza con toda la fuerza de su ser. No cesó hasta asegurarse de que habían perdido el conocimiento, las ganas de resistirse o la vida. Volvió a usar la llave arcana y accedió al nuevo pasaje—. Me necesitan.

De los caídos lo rapiñó casi todo. Un escudo heráldico ligero que colocó a su espalda, las dos lanzas, los dos cintos de espadas y uno de los yelmos. Se hubiera desnudado y robado ropa, cota y capa, pero andaba mal de tiempo. Si su gente provocaba que dieran la alarma, estarían acabados. Siguió avanzando por el corredor iluminado por antorchas en los soportes de la pared, con una lanza en cada mano. Aguardando un peligro inesperado a cada paso que daba.

Al llegar a una esquina vio a otros dos guardias a lo suyo al fondo del pasillo, bromeando y golpeándose los hombros. Qué chanza tan buena sería, que los tenía absortos y sofocando carcajadas para no armar mucho alboroto. Reiarc se colocó en el centro del corredor, tomó impulso y arrojó la primera lanza sin darse tiempo a meditarlo. Apenas se hubo librado del arma, empezó a correr cual demonio iracundo.

La lanza se le clavó al soldado chistoso en el bajo vientre. Empezó a retorcerse sin ruido, mientras Reiarc arremetía contra el segundo, que no acababa de tomar conciencia del momento y contemplaba a su compañero con ojos y boca muy abiertos. El mercenario llegó hasta él con toda la velocidad de sus pies y le hundió la segunda lanza en el pecho, llevándoselo consigo hasta la puerta cerrada que protegían a un par de dinteles de distancia, donde el soldado quedó clavado. Reiarc se apartó de él. Desenfundó las dos espadas y, en el mismo movimiento, efectuó un arco cruzado para cortar con ambas hojas el cuello del rival. Tras decapitarlo, giró la vista por el encima del hombro para ver qué era de su compañero, que se arrastraba, maltrecho, la lanza atravesándole el cuerpo. Reiarc fue a por él.

—¡Eh, tú!

El hombre lo miró. Lo vio con una espada levantada por encima de su cabeza y cayendo hacia su ángulo de visión. La cabeza rebotó en la pared y siguió rodando hasta quedarse sin impulso.

Reiarc abrió la puerta de madera, que conducía a un tramo de escaleras en espiral. Empezó a subir.

Era una locura que la compañía fuera a buscarlo de esa manera. Sin duda era mejor que acudir al rescate en mitad de una ejecución pública, con toda la guarnición presente, la luz del día iluminando un patio de armas y testigos allí adonde se dirigiera la vista. Lo que no quitaba que, por muy numerosos que fueran los planes peores, el actual entrara en el terreno de la demencia. Si un miembro de la Compañía Férrea caía por culpa de ese rescate, Reiarc no se lo perdonaría ni en cien vidas de cien años.

La parte buena era lo propicio del instante de la noche en que se estaban desarrollando los acontecimientos. El castillo había entrado en ese intervalo de tiempo en que los grandes señores dormían o bien ejercitaban su pelvis, los criados se retiraban a sus estancias y la guardia se disponía a ver pasar las cuatro dozavas del turno, por lo general tranquilo y menos conflictivo que el diurno. En los fuertes y los campamentos de campaña también solía ser así. El turno de noche era el mejor.

No obstante, cuando no lo era, no había peor suerte para el soldado.

Para un mercenario, eso podía ser objeto de pensamientos esperanzadores. Dependía de que no se diese la voz de alarma. Y, como el asunto en el castillo se desarrollaba en la más calmosa rutina, los chicos lo estaban haciendo bien. Había escuchado los ruidos desde su celda subterránea, pero tan localizados, que casi podía dar gracias por la ubicación de las mazmorras.

Tras la escalera de piedra, con un arco en espiral tan acusado que los enemigos no lo verían venir hasta que ya lo tuvieran encima, alcanzó el punto donde los peldaños conectaban con un claustro que rodeaba un patio amplio con una fuente, por cuyas arcadas entraba a duras penas luz de la Luna Madre. Los cielos encapotados ayudaban y, si bien no llovía, el desapacible clima favorecía la huida. Un soldado estaba durmiéndose de pie a la entrada de las escaleras, casi en el umbral. Había otro que caminaba dándole la espalda y otros dos, detenidos en la esquina del soportal, a unos doce dinteles.

Cuatro enemigos en total. La escala de dificultad aumentaba con cada dintel de distancia a la que se encontraban los centinelas. El capitán de los Pétreos tenía muy a mano al que estaba a punto de dormirse, si no lo estaba ya. Fácil. El que se alejaba con paso lento, bajo las sombras que Reiarc consideraba aliadas, entrañaba más problema. A unos veintitantos pasos, había riesgo de ser descubierto antes de poder sorprenderle. Arduo. Al fondo del corredor tenía al binomio, guardias frescos y en estado de concentración, con probabilidad recién cenados y tan aburridos que agradecerían algo de acción. Dificilísimo.

Y si el claustro escondía más amenazas, pues desde su posición no tenía ángulo suficiente para asegurase, un trabajo en silencio y el amparo de la penumbra ofrecían ventajas para superarlas a su debido tiempo.

La sorpresa era la mejor arma de un guerrero. Eso había sido así desde siempre. Él no había sufrido un rasguño hasta el momento. Avanzaba y mataba, avanzaba y mataba. Al ser una amenaza impensable, nadie estaba preparado para el furor de sus embestidas.

Cosa que podía cambiar con un chasquear de dedos.

El excapitán de la Compañía Pétrea se deshizo del yelmo. Necesitaba el mayor campo de visión posible. Respiró con todas sus fuerzas, llenando sus pulmones y expulsando el aire mientras flexionaba las rodillas. Tres veces inspiró y espiró. Y cuando entendió que era el momento de la verdad, se puso en marcha. Al pasar junto al que estaba apoyado de espaldas contra la pared, lo degolló a placer. El hombre emitió un gorgoteo mientras se desplomaba. Reiarc corrió en silencio, rogando a todas las encarnaciones del dios Ihnoq que el tipo que andaba en dirección contraria no lo descubriera hasta que no le hubiera hundido una buena cantidad de acero en las entrañas. Si bien eso era mucho pedir, pues los dioses no regalaban sus dones a cambio de nada.

Desplazarse por suelo empedrado con suelas de cuero requería de una técnica muy particular, especialmente para un hombre de su peso. La forma de plantar el pie y deslizarlo, procurando que el talón se apoyara lo menos posible, garantizaba cierta velocidad y cada paso no sería más que un bisbiseo. Pero, cuanto más próximo estuviera al guardia, más peligro corría, así que había que empezar a correr llegado el instante oportuno.

Reiarc así lo hizo, desplazándose lo más pegado a la pared que pudo para no ser visto por la pareja de guardias al fondo del corredor. Un roedor de ochenta y cinco tomos. Cuando ya casi tenía al centinela al alcance de una embestida, corrió como loco. Sin gritos de batalla y sin estrépito. Cuando estaba muy próximo al guardia, éste advirtió sus pasos y empezó a girar la cabeza, si bien había concedido tiempo a Reiarc para que pudiera extender el brazo y meterle por debajo del omóplato tres palmos de espada. Con un pulmón atravesado y la respiración interrumpida, el guardia ducal vio cómo el mercenario se echaba encima de él y le clavaba la otra espada por el pectoral del corazón.

El tipo, abrazado por su ejecutor, inmóvil por aquello de encontrarse ensartado por detrás y por delante, no pudo por menos que escudriñarlo con los ojos llenos de pavor y perplejidad.

—Muérete, joder —farfulló Reiarc—, no tengo toda la puta noche.

El guardia trató de sacar la voz, pero de tan ahogada, apenas fue gemido. Se desvaneció al latido siguiente.

Fue lo mismo. Los guardias de la esquina del claustro miraron, extrañados. La penumbra del corredor los llevó a pensar que la escena que atisbaban podría no entrar dentro de la normalidad. Empezaron a caminar en su dirección, con las lanzas y escudos en guardia. Reiarc sostuvo el cadáver y lo ocultó merced a su propia corpulencia para hacerse pasar por una única persona.

—¿Quién va? —le dijeron—. ¿Gethmac, eres tú?

Reiarc pensó que no tenía nada que perder.

—Sí, soy yo —dijo, con voz algo más aguda, pues pensó que el tal Gethmac sonaría así—, todo va bien.