Relatos Orbitales 5 #2
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5 #2

»Elegiste el camino fácil. Tus pies eran rápidos y poderoso tu brazo, valías para el combate. En eso tenías un sexto sentido que te guiaba. Sin pensar, sin una teoría muy precisa de lo que se debía hacer en cada caso. Luchar era más práctica que estudio, sólo mucho adiestramiento y dejar que los músculos se movieran a su aire, por instinto puro. Te iba bien. Ganaste dinero y reputación; malgastaste primero uno y, con el tiempo, la otra fue cayendo en el olvido.

»Yo era diferente. Molly también. Puede que viera al hombre joven y guapo que fuiste alguna vez. Vislumbraría algún mérito en la persona que eras, algo que yo nunca pude distinguir. Vio lo mejor de ti y se enamoró de eso, pensando que le duraría siempre. A partir de ahí, cayó en el error de muchas mujeres al querer cambiar a sus maridos. Contigo, aquello no era posible. Sólo la avanzada edad podría transformar tu naturaleza esencial. Nada más. Cuando quiso cerciorarse de su falta de visión, era tarde.

»Supongo que por eso empezamos a entendernos.

Seiantur se secó una lágrima con tanto ímpetu que un par de gotas de agua salieron volando. Molesto por tal gesto de debilidad.

—Me hizo una proposición que yo no podía aceptar —prosiguió el célebre herrero—. Por ti. En Zaranmul mi futuro en la forja no hubiera ido tan bien como aquí. Hicimos lo correcto. Con todo el dolor de mi corazón, acabamos con aquel idilio ruinoso.

Reiarc golpeó los barrotes con su frente. El sonido metálico reverberó en el pasillo.

—Soy estéril, Antur —dijo, él también con lágrimas en los ojos, usando el cariñoso diminutivo a la manera asgahli como no había hecho en décadas—. Así que… Gresdia es tuya.

Seiantur le dio la espalda y fue a agarrar los barrotes de la celda que estaba justo enfrente. De tanta oscuridad que había en el espacio, podría haber dos pares de asesinos aguardando entre las sombras del calabozo, dispuestos a salir y él no los habría visto venir. Pero estaban solos. Solos con sus penurias.

El herrero, con el rostro pegado a los barrotes, abrazó los hierros desde dentro y se dejó caer, como un gurruño pegajoso, hasta quedar tirado en el suelo, la capa entre las piernas flexionadas.

—La amaba como no pude amar a la mujer con la que luego me casé, ni con la que comparte su vida conmigo en el presente. Has de creerme.

Reiarc también le dio la espalda. Se apoyó en los barrotes y también se fue deslizando hasta quedar sentado de culo con las piernas muy abiertas.

—Debería matarte.

—Debí haberme quitado la vida en cuanto Gresdia vino al mundo.

—Acércate a mi celda para que lo haga —sugirió el mercenario, sin ninguna emoción en el tono de voz—. Te romperé el cuello en un latido.

—Sí. Seguro.

Los dos se quedaron de esa guisa, tirados en el suelo del modo más indigno. Con las mejillas húmedas de humores lagrimales y las bocas secas. Tan llenos de vida como una roca.

Nuevas ratas despreocupadas salían de huecos entre piedras y se alejaban hasta que la luz de las antorchas dejaba de alumbrarlas.

Seiantur sonó su nariz con un pañuelo y se fue poniendo en pie con el mayor de los bochornos. Se había manchado las rodillas, un costado y parte de la capa. Dio unos pasos hasta la celda de su hermano.

—Bueno, tengo que marcharme.

—Sí. —Reiarc pasó del estado inactivo a verse impregnado de una energía insólita. Se puso en pie como un mecanismo de resorte, dio media vuelta y se colocó muy cerca de los barrotes. Si extendía los brazos, podría agarrar de la ropa al herrero y atraerlo. Tras eso, no saldría de allí—. Debemos despedirnos, hermanito.

—¿Sabes? —Seiantur se acercó otro tanto a su celda. Buscó algo en la faltriquera de su cinturón—. Nuestra madre siempre decía que el amor juvenil es imparable y —sonrió, melancólico— que hay que abrir todas las puertas a esa pasión para que entre y salga, pues es mejor que procurar contenerla.

Reiarc se desinfló de repente. Sus ojos se quedaron mirando al vacío, atravesando la presencia de su hermano. Sus prestos brazos cayeron a los lados.

Aquello le había derrotado por completo.

El hermano forjador se colocó a menos de un brazo de distancia y le dio un coscorrón en la cabeza por entre los hierros.

—¡Eh, imbécil! —le arrancó de sus profundos pensamientos—. Toma.

Seiantur tenía en la mano una llave de aspecto extraño. De metal bruñido, con extraños caracteres de Escritura en un lateral y su punta era poco más que un alfiler. Reiarc dejó que su hermano le agarrara la mano vendada, le diera la vuelta y abriera los dedos.

—La he forjado yo —explicó el herrero, mientras la alojaba sobre la palma—, pero está imbuida por un artificio de mi hijo. Podrá abrir cualquier cerradura que no disponga de defensa arcana. ¿Lo has entendido, bruto desmelenado? Sal de aquí. No es justo que mueras por querer hacer algo de justicia. Aunque te equivocaras como hacemos siempre los Astravelior.

—En eso llevas razón.

—Tus errores son más graves que los míos, eso sí.

—Yo. —Cerró los dedos alrededor de la llave arcana—. No. —Le agarró de la mano, antes de que Seiantur pudiera retirarla—. Estoy. —Tiró de la muñeca hacia el interior de la celda, lo que sirvió para mantener el rostro del herrero en el hueco entre dos barrotes—. De acuerdo.

—Mátame, Arc. Mátame si eso es lo que quieres. Pero he reconocido mi falta y te estoy dando la llave de tu liberación. Literalmente.

—Sí. Debería matarte. —Le agarró del cuello de la lujosa camisa—. Mas no lo haré, ¿sabes por qué? Porque Gresdia es lo más increíble que me ha pasado. Es una mujer magnífica. Y será tuya, maldito cabronazo traicionero, pero no te la mereces. Ése es tu castigo por tu deslealtad. No la tendrás jamás. Ni se me ocurrirá contárselo.

—Entonces sé el padre que ella necesita.

—Eso lo he sido siempre.

—Pues continúa haciéndolo, idiota maloliente. Sal de aquí y vuelve con ella.

Reiarc liberó la muñeca de su hermano y éste se separó de los barrotes. Supuso que no habría más. Lo que había que decir, estaba dicho.

Todavía tendría que matarle, claro.

Si bien podía hacerlo más adelante. Mucho más adelante.

—Vamos, oso ridículo, sal de ahí y tómame como rehén.

—No va a ser tan sencillo.

—Hazlo. Sólo tienes que meter la llave en la cerradura.

—¡Si me miras no puedo!

Seiantur puso los ojos en blanco y se encaminó hacia la parte del pasillo por la que había venido.

—Ya me voy. Sal de aquí y salva la vida. Guardaba esa llave para mejores menesteres, por lo que no eches a perder este regalo. ¡Vale una fortuna!

Reiarc había estado metido en bastantes más apuros que su hermano. Por eso, con rapidez se dio cuenta de que no podía fugarse enseguida, o metería en un serio aprieto al herrero.

—¡Me fugaré cuando me dé la gana!

Seiantur avanzó por el corredor, desairado. Cuando la luz tenue ya no permitía al preso seguir viéndolo, aquellos pasos todavía muy sonoros, un susurro lejano le llevó una despedida que le supo definitiva.

—Adiós, Antur —correspondió él.

Echó un vistazo a la llave que tenía en la mano. Era de factura muy rara, había que reconocerlo.

Ideó un plan para usarla después de que le trajeran la cena que, si era como la de la noche anterior, consistiría en una hogaza de pan y un cuerno de leche. Tomaría el tentempié y se marcharía de allí, procurando no armar mucho jaleo.

El pequeño inconveniente fue que, tras una dozava de tiempo desde que su hermano zanjase su visita, empezó a formarse cierto barullo en el patio de armas. A través del ventanuco del techo podía escucharlo a la perfección. Oyó el entrechocar de aceros, pocos, y el sonido de un cuerpo al caer. Después, que Maestro Cielo la guardase, la voz inconfundible de Fenk siseándole a alguien que hiciera menos ruido, cuando su chistar se antojaba más aparatoso. Incluso distinguió el chisporroteo sonoro de uno de los artificios de combate de los que Varkis el Marrón solía hacer uso. Tras lo cual, nada. Silencio sepulcral. Si acaso, unos pasos presurosos. Y una reprimenda malsonante de alguien molesto a rabiar confirmó lo que Reiarc ya sospechaba, pues la voz, hubiese apostado diez mil valías, no pertenecía a otro que a Haldran.

—Mierda —maldijo, al comprender que se quedaba sin cenar.

Habían venido a rescatarle.