Relatos Orbitales 5
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Si un duque atiende en persona a un detenido, ha de ser porque el devenir de los acontecimientos sobrepasa el umbral de lo preocupante. Allí estaba Reiarc, líder de la Compañía Pétrea, de rodillas y encadenado, con el duque Korven Arvelon el Melindroso dando vueltas a su alrededor.

El salón del trono había estado al servicio de reyes hasta hacía poco. Luego, el joven Siorh Deiavon adoptó las medidas norteñas de arrebatar cuanta corona existía al sur del mar Oslendis. El Siorh, por tanto, ya no era un rey de reyes, sino el único regente del imperio de Asgahlen. No por ello se habían sustituido los tronos ni las ínfulas propias de los palacios, salvo banderines y estandartes que exhibieran el blasón del anterior monarca. Y aquel castillo era de los ostentosos.

El Melindroso no había cesado de hacerle preguntas sobre su hija. Si estaba bien, si la había visto feliz, si parecía un secuestro, si llevaba colgantes extraños o portaba objetos religiosos, si le había dicho algo y un montón de sandeces que, sin contexto, Reiarc no podía entender.

—¿Acaso sabéis lo que habéis hecho? —Hizo ademán de cruzarle la cara de un bofetón, pero se contuvo y reprimió el gesto.

La duquesa, más tranquila pese a tener la tragedia brillando en la mirada, dio unos pasos hacia él desde uno de los laterales de la cámara. No había intervenido hasta el momento, pero aquel parecía tan bueno como el mejor.

—Mi hija ha cometido una imprudencia mayúscula.

El duque dio un par de pasos hacia atrás. Como un actor de teatro que cede el escenario al verdadero protagonista de la obra.

Reiarc separó un poco las rodillas para buscar otra postura que relajase la molestia de estar postrado con grilletes en muñecas y tobillos.

—El amor es imprudente nueve de cada diez veces, mi señora.

—No —dijo ella—, no lo entendéis. —Se acuclilló para situar la cara a la altura de la del preso—. Le han sorbido el seso; debéis creerme. Es... uno de esos cultos. —Hizo una pausa, buscando el respaldo de su marido o de algún consejero, aunque nadie intervino—. Lo llaman Ukwozemp, creo. El dios zempi, una entidad oscura que sólo persigue la destrucción de los seres humanos. Esos fanáticos están locos. Han seducido a mi pequeña. Ese mozo, Sethdon, es parte del culto. A saber qué locuras le habrá vertido, noche tras noche, en el oído. Nuestra hija dejó una nota explicándolo todo. Al parecer, su papel en la organización es dar un hijo a la secta en no sé qué extravagantes condiciones, para luego inmolarse con fuego en alguna plaza pública tras lanzar su perorata catastrofista.

Reiarc había oído rumores sobre el culto zempi. Maníacos capaces de todo por unas creencias grotescas. Por algún motivo que él no podía ni empezar a entender, había gente que entraba en esa peligrosa doctrina. Los mentalizaban de forma tan exaltada que perdían su identidad. Transformados en marionetas de los prelados de la organización, se convertían en armas, personas que no le tenían miedo a nada en absoluto, sólo a su dios. Capaces de cualquier, y había que recalcar lo de cualquier, cosa que les ordenaran.

Y él había permitido que la chiquilla se fuera con uno de esos exaltados.

—Yo —empezó a decir el mercenario— no podía saberlo.

—¡Pues ahora sois responsable de su destino! —gruñó el duque.

—¿Adónde fueron? —preguntó la duquesa, ignorando a su esposo.

—En dirección a Vjorend. Es lo que sé. De eso hace unos días.

El duque dio unos pasos furiosos hacia él, agarró de la saya a su mujer y la retiró de un tirón brusco, haciéndola caer de lado. Agarró por el pelo a Reiarc y lo obligó a levantar la cabeza.

—Si no encontramos a mi hija en los próximos días, ya nunca podremos dar con ella. No podemos abarcar tanto terreno con los medios y aliados de los que disponemos. Es el tiempo del que disponéis. Si ella no aparece, seréis decapitado.

—Me parece bien —respondió el mercenario, con una franqueza devastadora.

—¿Os parece bien, sabandija?

—Creía hacer lo correcto. Parece ser que no doy una en el clavo.

—No deberíais meteros donde no se os llama.

—En eso lleváis razón, duque.

El Melindroso retiró la mano como si el contacto con aquellos cabellos oscuros (estaban limpios, para variar) le repugnase. Se dio la vuelta e hizo un gesto desdeñoso.

Los guardias agarraron a Reiarc y se lo llevaron a rastras.

~

Al segundo día de encarcelamiento, Reiarc recibió visita.

La celda era oscura y húmeda. Un ventanuco enrejado en el techo, a unos tres dinteles de altura, por un estrecho semejante al hueco de una chimenea, le traía el sonido del patio de armas. Gracias a la luz que entraba, sabía cuándo era de día o de noche. A pesar de que caía más lluvia que ninguna otra cosa. Incluso así, era un lujo. No tenía compañía, humana al menos, por lo que disponía de todo el espacio para él. El lecho era de esparto, con una sábana mohosa algunas partes de la cual estaban tan endurecidas que casi crujían, lo que, para un hombre tan acostumbrado al vivaqueo en el monte, no estaba tan mal. En un rincón había un sumidero por el que vertía sus inmundicias. El tener que apuntar allí con el hueco entre nalgas era lo peor de la experiencia.

Y los barrotes, bueno, los barrotes eran los más férreos que había visto. El mercenario había estado en muchas cárceles, la mayoría castrenses, pasando periodos muy breves. Nada muy grave lo había llevado a pasar mayor estancia que un mes.

Esa vez, tampoco iba a ser diferente.

Estaba pensando en su ejecución cuando se cumpliera el tercer día y la hija del duque no diera señales de vida. A Reiarc no le gustaba pecar de pesimista, por mucho que las historias con enamorados y sentenciados injustamente a muerte no tenían final feliz, y la suya tenía trazas de entrar en el saco. De ser así, el día que transcurría en el más absoluto de los aburrimientos sería el penúltimo de su existencia. Por ello, aquella visita le sorprendió.

Un guardia traía a su hermano. Vestido con una indumentaria que, de tan lujosa, parecía afeminada y una capa ligera que no tenía ninguna utilidad como abrigo.

—Es ése de ahí —indicó el soldado, si bien era el único preso en ese pasillo de celdas desocupadas.

—Os lo agradezco, tomad —Seiantur le dio un par de monedas de oro—. Dejadnos.

Los dos hermanos se quedaron muy quietos, sopesándose, cada uno al otro lado de la línea de barrotes.

Debían ser los últimos instantes de la jornada, pues por el ventanuco no se veía nada. En aquellos días nublados nadie esperaba tener noches despejadas, con estrellas, una de las lunas y la visión de la nebulosa. Sólo el gris oscuro que precedía al negro.

—¿En qué estabas pensando, Reiarc?

El mercenario asumía que su sobrino le habría contado a Seiantur todo lo que debía saber. El problema era qué sabía Eianforst con certeza y si no se trataba de una versión adulterada de la verdad.

—En salvar a un pobre muchacho de la muerte.

El herrero maldijo entre dientes.

—¡Un fanático zempi, al parecer! Son asesinos, ¿lo sabes?

—No sabía que era uno de ellos. No me lo dijo y no voy preguntándole a cuanto desconocido se me cruza si es un chiflado religioso de mierda.

Un par de ratas se perdieron por el pasillo soltando chillidos agudos, como si en esos pozos del castillo no estuvieran acostumbradas a ser interrumpidas. Seiantur las vio alejarse, puede que pensando que su hermano mayor estaba donde y con quien le correspondía. Se aproximó a la celda. Cruzó los brazos y se humedeció el labio inferior con la lengua.

—¿A qué has venido a Asdulia? Según me han informado, has hecho muchos esfuerzos para entrevistarte conmigo.

—Es cierto. —Reiarc dio unas palmaditas a la superficie de un barrote—. No esperaba que fuéramos a tener la conversación aquí.

—Hermano, así te lo digo, ésta es la última que vamos a tener. No deseo que se extienda mucho. Acabo de llegar de mi viaje y estoy agotado. Lo que sí deseo es dejarme caer sobre mi camastro y abandonarme a Madrina Origen y sus sueños inspiradores, no parlotear con un familiar desagradecido al que ni abofetearía por aplastarle un insecto en la mejilla.

—Seiantur. La verdad debe prevalecer.

—Yo nunca te he mentido.

—No me has dicho toda la verdad. Llevo toda la vida con la incertidumbre. Preguntándome si habías sido capaz. Dudando de si… recordaba a mi esposa como ella merecía. Mas le hubiera sonsacado la verdad, no hubiera descansado hasta lograrlo, de no haber muerto en el parto.

El forjador, que no había apartado la mirada de su hermano hasta entonces, la dejó caer.

Reiarc continuó.

—Un matasanos de los buenos me dijo que mi semilla era débil. A saber cómo esos fulanos averiguan tales incógnitas. No me preguntes por ello. Quizá tenga que ver con la arcacientia. El caso es que, imagínate, con mi portentosa virilidad y mi ardiente deseo, mi leche no servía para empreñar ni a una burra. Al interrogarle con respecto al tiempo que podía durar ese estado, por si se trataba de algo temporal, el buen doctor apostó a que era un defecto de los que se arrastran de por vida. En cuanto lo supe, resolví los asuntos que tenía pendientes y me decidí a venir aquí, preguntártelo y, en caso de ser cierto, matarte en un duelo de honor. —Agarró los barrotes que tenía delante con fuerza, asomando el rostro por el hueco entre ellos—. Molly… y tú…

—La amaba.

Se produjo un silencio de tal densidad que podía cortarse con un cuchillo. Reiarc apretó tanto los dientes que temió que partirse alguno.

—¡¡SIGUE!!

Seiantur dio un instintivo paso hacia atrás. El mercenario permanecía quieto como un león que se prepara para saltar sobre su presa. Pero aún no.

—Quizá no te acuerdes de cómo eras tú, hermano mío, hace veinte años. El tiempo te ha curtido, te ha ensanchado y fortalecido, sí, y creo que también te ha atemperado el espíritu. En esos días, eras como el océano Imperioso. No respetabas nada. Bebías licor hasta quedar sin sentido, matabas porque te ponían mala cara y te ibas al catre con cuantas mujeres te salían al paso. ¿Acaso no lo recuerdas? ¿Cuánto dinero te gastaste en vino y rameras?