Relatos Orbitales 4 #2
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En los tres primeros días que pasaron en aquella lujosa residencia, aparte de que Reiarc Astravelior se diera cuenta de que se había equivocado de profesión, descubrieron que el hijo de Seiantur trabajaba en la fragua que se encontraba en uno de los edificios anexos de la finca. Allí donde se hacían los trabajos más costosos y refinados. Eianforst había nacido con el Poder. Sus habilidades arcanas se habían manifestado hacía cinco años, con la gran explosión de la Esencia. Había pasado de ser un herrero aceptable a un artífice especializado en forja. Sublimaba la hoja o empuñadura de las espadas más elaboradas con efectos arcanos diversos. Sacrificando gran parte de su vitalidad y la de un grupo de auxiliares voluntarios, componía artificios que convertían espadas, ya de por sí de gran calidad, en armas legendarias.

Debido a la inmensa cantidad de vigor que se invertía en los artificios de forja y al inmenso coste de la siorhita en aquellos días, no se habían fabricado más que cuatro de aquellas impresionantes espadas. Además, tanto el chico como sus asistentes enfermaban de gravedad durante, al menos, dos estaciones. Ahora bien, con la venta de una de esas armas, la familia podía permitirse ese elevado nivel de vida durante un lustro.

Este elemento fundamental marcaba la diferencia. No todo el mundo podía manufacturar espadas que provocaban efectos arcanos. Y, si su hermano encontrara a otros dos jóvenes con el Poder, podría fundar una Firma de Forja que compitiera con las de Vem o Kelebernios. No estaría mal.

Todo aquello se lo contaron el propio Eianforst y la nueva madrastra del joven, una mujer apenas dos años mayor que él, que había calentado la zona del lecho que la difunta esposa de Seiantur ya no podía ocupar.

Una parte del fundador de la Compañía Pétrea, muy profunda, se alegraba de que la vida le fuera viento en popa a su hermano. Si los avatares del destino hubieran sido otros, quién sabe, hasta él hubiera podido ganarse el pan pegándole martillazos a un pedazo de metal al rojo vivo.

No se podía perder el tiempo extenuando la mente con quimeras que no tenían lugar. Lo que había era lo que había.

Y, si él mismo no hubiera apartado esos pensamientos de su cabeza, la partida de jinetes que llegó a la residencia, con documentos ducales y muy malos modos, le habría despertado de sus ensoñaciones.

Asomándose a una ventana, sin correr el cortinón, no perdió detalle de la escena que se desarrolló en el patio. Eran veinte soldados en total. Media docena de ellos del duque de Asdulia, a juzgar por los colores de sus pellotes sobre las cotas de malla. Otra media docena pertenecía a la guarnición del Siorhato y el resto venía del Frente de Ballesteras, lo que le confería a su visita carácter oficial. Y no de cortesía.

—Os pedimos disculpas, gran señor —dijo el oficial al frente, con el atuendo ducal—, tenemos razones para pensar que hospedáis a dos asesinos.

Eianforst colocó las manos a su espalda. Sus propios guardias estaban atentos, pese a que poco podían hacer en tal contingencia.

—¿Asesinos? No entiendo, capitán.

—Sí. Estuvieron haciendo preguntas en la ciudad. Tenemos su descripción y, por lo menos quince personas aseguran haberlos visto. Andaban buscando vuestra casa. ¿Sabéis algo?

Reiarc sintió a su hija más que oírla. Tenía su barbilla sobre el hombro, sin tocarlo, escudriñándolo todo.

—Tenemos que huir.

—A caballo, imposible. Para llegar hasta las cuadras tendríamos que pasar por delante de ellos. Y a pie… no sé. —Se dio la vuelta y la agarró de los hombros con firmeza—. Escapa tú. Yo los mantendré distraídos. Regresa con los Pétreos.

—Ni hablar, padre.

—Todo se ha ido al cuerno. No discutas.

—Te digo que no.

—Puede que mi apellido valga de algo, por primera vez. Ya veremos. Vete. Tú aún tienes futuro. No seas mula y hazme caso.

Gresdia lo pensó y repensó, con presteza. Tenía que obedecer. Cualquier otra reacción orgullosa les costaría la vida a ambos. Le dio un abrazo muy sentido y su padre la besó en la cabeza.

—Venga, lárgate con el mayor sigilo posible. Consigue un caballo por ahí y cabalga día y noche. No vuelvas a Asdulia. Vive. Vive. —La apartó de su pecho—. Vive.

Ella estaba a punto de desaparecer como una moneda en el borde de un pozo, cuando le lanzó una mirada fugaz por encima del hombro. Y ahí, con un simple gesto, se verbalizaron ese tipo de emociones que no se solían admitir.

Reiarc respondió con un pensamiento: «yo a ti más».

Cuando salió al exterior con las manos en alto y desarmado, su sobrino estaba mintiendo como un bellaco para protegerle.

—¡Estoy aquí! ¡Me entrego!

No hubo ningún comentario jocoso. Algunos jinetes empezaron a rodearlo. Las ballesteras le apuntaron. El capitán sopesó el talante del anfitrión de la casa.

—Yo no sabía nada —fue lo único que se le ocurrió decir a Eianforst.

—Es cierto —secundó su tío, permitiendo que dos soldados le pusieran los grilletes a su espalda—. ¿Qué tal está el soldado que sobrevivió?

—Con más rajas que una tira de afilar de barbero. ¿Dónde está la mujer?

—Ha robado en esta vivienda todo lo que ha podido, la muy pécora, y se ha marchado antes del amanecer. Era una socia poco fiable.

—Una socia, ¿eh? —El capitán buscó señales de implicación en el semblante del artífice forjador, pero el hijo del Seiantur era un libro cerrado—. Lo veremos. ¡Bolstok, Festten, organizad una partida de búsqueda! Si aún está en la región, la quiero atada y amordazada cuanto antes.

Así fue como Reiarc permitió su arresto. Pese a que le dio tiempo a justificarse cuando pasó por delante de su sobrino.

—No fue asesinato. Impedimos una injusticia.

—Os creo.