Relatos Orbitales 4
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Atravesaron de sur a norte el ducado sin nuevas dificultades. Pese a todo, los problemas llegaron en el momento de encontrar la herrería del hermano de Reiarc. Asdulia tenía tantos talleres independientes que era como encontrar una cana concreta en la melena de un anciano. Y, si bien las fraguas filiales de la gran Firma de Forja Stellinga habían descendido muchos peldaños frente a Fenlarrion, lo normal era encontrar delegaciones de ambas en la zona. Por lo que hubo que indagar mucho, equivocarse en no pocas ocasiones y recorrer los cuatro puntos cardinales del ducado, hasta hallar por fin la herrería específica.

Seiantur Astravelior había prosperado en grado sumo. El sitio era enorme: contaba con un equipo de tres oficiales forjadores y, al menos, una docena de subalternos, proveedores y recaderos que no cesaban de irse y llegar, así como un numerario que se encargaba de la logística, operando todos en medio de la enorme agitación creada por una multitud de clientes.

Aunque a Reiarc le llenó de orgullo encontrar su apellido moldeado en grandes letras de acero bruñido a la entrada del fructífero negocio, enseguida tuvo que obligarse a recordar que él no había sido partícipe de tal éxito.

Para colmo, Seiantur no se encontraba en el lugar. En los últimos tiempos apenas se dejaba ver, como los empresarios de gran posición, de los que hacían gala de aquella filosofía agweri del «si el callo ha traído oro, en la almohada no hay desdoro». Tras solicitar las indicaciones de la residencia personal del jefe de la herrería, el padre y la hija esperaban una casa lujosa, pero les sorprendió, tras invertir un cuarto de dozava de tiempo al trote, encontrarse con una enorme mansión con muro exterior, buen jardín, un riachuelo que dividía en dos la finca y un par de edificios anexos. Además, poseía su propia guardia personal, difícil de cuantificar desde el exterior.

Estaba claro que la conquista de Drasmatar generaba ingresos en cualquiera de los gremios asociados a la guerra.

Reiarc se presentó ante los cuatro guardias que custodiaban la puerta, generando pasmo entre ellos al afirmar ser, con aquella pinta, el hermano mayor de aquel al que servían. Tras eso, fueron conducidos hasta la entrada de la casa principal, a paso muy lento, para dar tiempo a que un correveidile de apenas diez años diera noticia de su llegada. Para cuando alcanzaron la puerta principal de la mansión, un joven rubio de pelo muy largo salió a recibirles. Tenía más o menos la edad de Gresdia. Vestía una camisa ceñida de seda azul marino y bordados ostentosos, con un jubón de alta costura pero desabrochado, así como calzas de entrenamiento. Su frente perlada de sudor sugería que había sido interrumpido en plena actividad física. El chico bajó de dos en dos los peldaños de acceso a la vivienda, acompañado del infante que le había puesto al corriente.

—¡Sed bienvenidos! ¡Menuda sorpresa!

En cuanto lo vio, con sus ojos almendrados y el sol brillando en sus cabellos, Reiarc estudió el semblante de su hija y no tuvo más remedio que acercarle el rostro al oído y susurrarle, con mucho disimulo:

—Deja de mirarle así, por el Maestro Cielo. A éste ni te acerques.

Ella ladeó la cabeza para apartarse de su aliento, pero siguió observando cómo el hombre joven se acercaba a ellos. Sin perder el menor detalle.

—¡Tío Reiarc! —Le hizo una reverencia. Después mantuvo algún tipo de comunicación visual con su capitán de la guardia. Cuando siguió hablando, lo hizo con cordialidad, si bien una mano fue a buscar algo a la parte trasera de su cinturón—. Tengo entendido que mi padre y vos intercambiasteis unos anillos de oro hace muchos años. Huelga decir que conserváis el vuestro. ¿Seríais tan gentil de mostrármelo?

El fundador de la Compañía Pétrea había sido objeto de docenas de trampas. En casi todas ellas había un latido que marcaba el desenlace de los acontecimientos. Por fuerza había aprendido a diferenciarlo, porque la vida se ponía en juego en tales embates. Hasta la puerta de la casa los habían acompañado dos de los guardias de la entrada pero, desde diversos frentes, se estaban acercando por parejas al menos catorce efectivos, si no más. Los estaban rodeando y parecían prestos para el baile de lanzas.

—Tu padre y yo, Eianforst, no intercambiamos anillos, sino una hebilla de platino —y apartó la capa, metió un pulgar por detrás del cinturón e hizo que sobresaliera—. ¿La ves? Es idéntica a la de mi hermano. Si es que la has visto.

—Sí que la he visto. —El rostro de su sobrino se iluminó, la mano oculta fue a buscar su antebrazo y lo estrechó con fuerza—. ¡En verdad eres mi tío Reiarc!

—¿Tu padre aún usa la hebilla?

—No —confesó el joven, disculpándose con un gesto—. Sé que la guarda en un arcón. La protege con un paño, así que… debe importarle.

—Sin embargo, no se la pone.

—No. Eso no. —Al reparar en Gresdia, el joven Eianforst se olvidó por completo de su rudo tío y, después de recolocarse la melena, le tendió la mano a la mercenaria. Cuando ella le entregó la suya, el sobrino de Reiarc la besó, con una reverencia—. Es un placer, mi señora.

Gresdia vestía con mucho negro y algo de marrón, como su padre; sin mencionar el cuero de correajes, escarcela, talegas y vainas de puñal. Cubierta de barro, polvo, sangre seca y otros fluidos sospechosos, con el añadido del pelo sucio y recogido de mala manera en una cola de caballo y las manchas del camino en mejillas, frente y cuello. No era una señorita. Lo que ocurría con ella era que su menudo cuerpo estaba muy bien delineado y su rostro era, sin ambages, hermoso. Ayudaba bastante que esos ojos verdes contrastaran con lo oscuro de sus cabellos de tal modo que, por mucho que se descuidara o sufriera los gajes de su oficio, los hombres encontraban motivos de sobra para azucararse en su presencia.

Y, cuando alguno le entraba por los ojos, bien fácil que Gresdia se lo ponía.

Dentro del grupo de los Pétreos era sabido que había alguna suerte de asunto carnal con Norvanc. Con certeza, el más agraciado de la compañía. Y además, era un Naurlendar, por mucho que ese apellido, en ciertas regiones del imperio asgahli, pudiera acarrearle a uno más trastorno que provecho. Con todo, no había nada serio.

Incluso así, por mucho que Reiarc respetara esas libertades, que el campo de batalla era muy duro, no quería darle ni una oportunidad a estos dos para que intercambiaran más fluido que los que se espurrean en un estornudo.

—Muy gentil —dijo ella.

—Lo que merecéis —dijo él.

—¡Eh, sobrino! ¡¡Sobrino!!

—¡Ah, lo siento! Me había… —sonrió a Gresdia.

—Despistado —dijo Reiarc—. Ya lo veo. ¿Dónde está tu padre?

—Acompañadme y os pondré al tanto.

Eianforst hizo un gesto a los guardias para que volvieran a sus ocupaciones y los condujo hasta el interior del edificio, donde un grupo de criados les agasajó con bandejas de frutas, pescado seco, caprichos dulces y copas con aguamiel, sidra asduli e hipocrás. Atravesaron salones decorados con exquisitez, con tapices y alfombras que le costarían a un campesino el sueldo de varios años, mobiliario de madera noble y decoración de telas finas. Un retrato impresionante de Seiantur Astravelior presidía la pared principal de la enorme sala, con probabilidad pintado no hacía más de seis años, a juzgar por la edad que representaba.

Las diferencias entre ambos eran notables. Uno fornido, el otro esbelto; desgreñado el primero, el segundo con el pelo tan corto como podía; barba tosca en un rostro mientras que el otro lucía afeitado. Muy dispares de aspecto y vestimenta. De cualquier forma, ambos debían reconocer que coincidían en la severidad de su expresión. Los ojos eran casi idénticos. Muy oscuro el iris y muy blanco el globo ocular, con cejas crueles que brindaban miradas de las que helaban la sangre.

Hermanos que se llevaron bien los primeros catorce años de convivencia. Luego, las cosas se torcieron.

—Mi padre está reunido con los jefes del Gremio del Hierro, en Asgahlen capital. Una celebración convocada de forma anual. Partió hace días, así que aún podría tardar en regresar. —Se fijó en sus ropajes—. ¡Quedaos, pues! Soy el señor de la casa, en ausencia de mi padre. Os invito, si no tenéis mejor sitio en el que alojaros. Os proporcionarán ropas acorde con vuestra estancia aquí, mientras limpian y remiendan las que vestís. Mi hospitalidad podría competir con la de cualquier palacio del sur de Agweron.

Reiarc llenó sus pulmones de aire y se mordió los labios. Luego lo liberó de golpe.

—No serías tan afable si supieras qué tema habrá que tratar bajo este techo.

El joven anfitrión se extrañó.

—¿Acaso no habéis venido a hacer las paces con mi padre?

—¿Paces?

—Por supuesto. Estoy al corriente de vuestras desavenencias, tío.

—Bueno, digamos que… sí. Habrá mucha paz para uno de los dos en cuanto zanjemos tal cuestión.

—No habréis venido a matarle, ¿verdad?

El chico podía pecar de quién sabía qué, y seguro que con ese físico pecaba una barbaridad; pero no de tonto.

—Voy a responderte con sinceridad, sobrino mío: no lo tengo nada claro.

—¿Y de qué materia dependerá?

—Eso tendremos que hablarlo tu padre y yo. Porque a nadie más concierne.

—¿Estáis seguro de que no concierne a nadie más? Yo estoy aquí mismo, querido tío, y Gresdia —le dedicó una sonrisa— está justo detrás de vos.

Ni un pelo de tonto.

Reiarc dio un paso lateral para taparle la visión de su hija. Su sobrino alzó la vista para encararse con él. El mercenario le sacaba una cabeza.

—Es cosa de tu padre y mía. Y ya lleva muchos años coleando.

Eianforst estuvo un rato sopesando lo dicho y, cuando por fin se decidió a hacer algo, no fue más que darse media vuelta, tocando el codo de su tío con cordialidad y luego encaminándose cabizbajo a uno de los pasillos adyacentes.

—Estáis en vuestra casa —les aseguró, sin dejar de darles la espalda en su caminar triste—. Cualquier necesidad será atendida.

Reiarc se rascó la barba y caviló unos latidos. Después, se centró en su hija y se cruzó de brazos en señal de poderío.

—Ni te acerques a él.

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