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Gresdia aprovechó la cabeza del caballo de su siguiente enemigo para encontrar un ángulo muerto por el que llegar desde un lateral, apuñalar la pierna del jinete y perderse por la retaguardia mientras éste movía la espada en su dirección con un latido de tardanza. Con su menuda estatura, un hombre a caballo tendría que encorvarse para acertarla con una espada recta de mano. Por no citar lo veloz que el ataque debía ser, pues la mercenaria se movía igual que una serpiente de río. Al mismo tiempo que el caballero procuraba hacer pivotar al palafrén sobre el terreno, Gresdia le buscaba la espalda con rapidez. No le dejaría pensar. Actuaba saltándose todas las reglas establecidas del combate entre caballeros. Avanzó, por tanto, hacia la grupa del animal, con la velocidad de un látigo restallando, llegó desde la izquierda y, con un movimiento presto, pasó por debajo del vientre equino. Atravesó de un lado a otro su masa corporal y apuñaló el muslo del soldado según surgía desde el lateral. No había empezado a verterse sangre cuando ya estaba encorvándose de nuevo y tratando de cruzar entre los cuartos traseros y delanteros. Repitiendo la estrategia en el otro sentido. Al volver al flanco izquierdo asestó una nueva cuchillada desde abajo, atravesando el gemelo del jinete con la hoja y, en su afán por combinar una embestida con otra, se lanzó en plancha hacia otro margen del sendero, lo que puso distancia entre su adversario y ella. El caballero gritó de dolor, sin que pudiera saberse cuál de las heridas le dolía más. Aquella bajada de guardia de su enemigo le dio tiempo a Gresdia para sostener en vertical uno de los cuchillos desde la punta de acero, apuntar y arrojarlo con decisión. El arma convertida en proyectil no había alcanzado su blanco y ya estaba haciendo lo propio con el otro puñal. Echó mano de dos dagas que llevaba al cinto y las lanzó a su vez. Ya estaba desenfundando un estilete oculto en las grebas de cuero y un trinchete de un pliegue de la túnica, en el momento en que las cuatro primeras armas de filo alcanzaron el hombro, antebrazo, costado y pierna de ese lado. Tres de ellas se habían clavado cuatro dedos de hoja dentro del cuerpo y la cuarta, hasta la misma guarda, en los abdominales oblicuos. El soldado debía desembarazarse de la espada para retirar alguno de esos cuchillos. No lo hizo. En lugar de eso, siguió girando el caballo para ofrecer el flanco armado a la hábil asesina. Gresdia corría como una exhalación hacia el ángulo contrario. No iba a darle tregua.
El jinete restante cargó con ímpetu hacia Reiarc. La punta de su lanza sobresalía seis palmos desde los ollares de su montura, que galopaba con gran contundencia en aquel camino estrecho. El veterano mercenario metió la mano zurda en una faltriquera que cubría su capa y rebuscó allí. El jinete se aproximaba a todo galope, por lo que no tenía más que un par de latidos. Extrajo un pequeño frasco de cristal con un líquido verdoso que daba la sensación de emitir luz y lo agitó con fuerza. Unos caracteres de Escritura se manifestaron alrededor del recipiente, formando un anillo. Refulgían con luz púrpura. Se trataba de un artificio preparado de antemano. El coste vital arcano ya había sido pagado, por lo que sólo restaba activar el efecto. Un truco de una única vez.
Reiarc rompió el envase cuando cerró la mano con fuerza, clavándose los fragmentos de cristal en la palma y provocando un estallido resplandeciente alrededor de su puño. Luego señaló con el dedo índice a la cabeza del caballo. Era el procedimiento que Varkis, el artífice de la Compañía Pétrea, le había indicado para liberar el embrujo. Acto seguido, el caballo quedó congelado en el sitio. Sin inercia, sin desplazamiento, el tiempo únicamente había dejado de pasar para el animal. Su jinete, por otra parte, víctima de la velocidad que llevaba, fue catapultado hacia delante, volando varios dinteles en dirección a Reiarc mientras emitía un grito de espanto. El líder de los Pétreos preparó su arma para hundirla en el cuerpo que se precipitaba por el aire. El hachazo más fácil de su vida. El soldado voló como si estuviera cayendo de una torre en horizontal. Reiarc le decapitó según pasaba y se quedó a mirar el cuerpo descabezado, que rodó por la senda hasta perderse dentro de unos matorrales. El cráneo, con capellina de acero incluida, salió despedido en la dirección contraria.
Tras eso, Reiarc tuvo la prudencia de quitarse de en medio y permitir que, una vez terminado el efecto del artificio, el caballo siguiera su galope como si nada extraño le hubiera ocurrido. El animal siguió adelante sin freno, pasando por delante de todos y perdiéndose por el camino tras superar la elevación del terreno.
Para ese punto del combate, Gresdia había cortado tantas veces al caballero que quedaba, que sus piernas estaban rojas de sangre derramada. El pobre diablo tenía los cuatro cuchillos todavía clavados y tal montón de heridas de cintura para abajo, abiertas como bocas desdentadas que, si no se desangraba de inmediato, lo haría al cabo de unos lapsos, de no recibir atención médica. La lluvia repiqueteaba en las alas de su yelmo de barbuta. Al final, viéndose solo y perdido, clavó espuelas en su montura para salir de allí a galope tendido.
Gresdia corrió hasta las alforjas del caballo con las patas delanteras cortadas y empuñó la ballesta que encontró atada a una cinta de cuero. Se dispuso a abatir al jinete por la espalda.
—¡Se lleva mis cuchillos! —clamó. Empero, en lo que trató de apuntar, el soldado había superado el margen de tiro efectivo del arma y el disparo erró.
La mercenaria chasqueó la lengua. Después, sopesó el arma que sostenía y su cara de disgusto se relajó. Era una ballesta de buena factura. Una nueva adquisición.
Mientras Gresdia revisaba las alforjas y zurrones de los muertos, en busca de armas de filo que sustituyeran las suyas o cualquier otro objeto valioso, su padre se aproximó a los jóvenes amantes, tan calados como si hubiesen salido de un río.
—Será mejor que huyáis, ahora que podéis —sugirió, mientras se arrancaba trocitos de cristal con los dientes y los escupía, señalando una de las monturas ducales que se había quedado por la zona, junto a las de los guerreros libres.
—Gracias, señor —le hicieron reverencias, los dos muy juntos, con el susto todavía en sus rostros.
—¡Dejad los agradecimientos y huid, memos atolondrados! ¡Uno de ellos ha escapado! —Se abalanzó hacia ellos como si fuera a golpearlos. Los jóvenes corrieron—. Vuestra aventura aún podría terminar mal. Así que aprovechad esta ventaja.
La pareja se subió al caballo, con la gualdrapa decorada con motivos ducales. Contemplaron con arrobo a sus salvadores y emprendieron camino al trote.
—Gracias —el chico se lo dijo a Gresdia, ya que el padre no aceptaba las lisonjas. Aunque ella se limitó a mirarlos mientras se alejaban.
Cuando estuvieron listos para abandonar la zona de igual modo, Reiarc resumió lo acontecido en pocas palabras, al mismo tiempo que se vendaba la mano cortada:
—Esto ha sido una cagada.