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Reiarc hizo un barrido casi a ras de suelo, dio una vuelta en torno a sí, convirtiéndose en una gran rueda negra y, trazando un amplio arco al filo de su arma, seccionó las patas delanteras del caballo de Bromtott. La montura del caballero cayó sin remedio hacia adelante. El resto ya no sería por sorpresa.
No había vuelta atrás.
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En cuanto su corcel se venció hacia delante, Bromtott se derrumbó sobre la crin del caballo, perdiendo el equilibrio y acompañando sin remedio la caída. Para ese momento, Reiarc ya estaba incorporándose por uno de los flancos y preparaba el hacha de combate para otro revés brutal. Esa vez, donde pillara. Caería con todo el peso de una montaña y con un filo que avergonzaría a todas las navajas de afeitar del ducado.
No le gustaba matar o herir animales indefensos, aunque había que contrarrestar la tan espinosa eventualidad. Todo lo que se pudiera aprovechar debía tenerse en cuenta. Con el caballo desplomándose en el suelo, el hacha impactó en la espalda del soldado. A placer, cortando con facilidad el tejido de la capa roja y atravesando el cuero, el lino del gambesón y su relleno, hasta encontrar la resistencia de la columna vertebral, donde la hoja rompió, atravesó y continuó su sanguinolenta exploración por el torso del individuo.
Gresdia se había aupado hasta el lomo de su caballo destrero, donde flexionó las piernas y saltó hacia el soldado más próximo. Aterrizó sobre la gran masa de su cuerpo y se lo llevó consigo, cayendo ambos desde uno de los lados del animal. La tierra, que empezaba a reblandecerse, hizo un sonido húmedo. Al darse contra el suelo, la mujer apoyó las rodillas sobre el pecho del rival y convirtió el desenfundado de sus puñales en un movimiento de corte cruzado que seccionó la garganta. Amplió la profundidad de la misma herida al convertir el final del primer ataque en el inicio de un revés, que imitó de modo inverso la trayectoria. El cuello quedó abierto y sangró a presión, mientras el guardia desorbitaba su mirada, apabullado; como solía suceder con enemigos sorprendidos, no terminaba de comprender lo que ocurría cuando ya estaba muriéndose.
Reiarc extrajo el arma del cuerpo del jefecillo del grupo, metió la punta del pie bajo el costado y, de un fuerte empellón, le dio la vuelta al tipo. Un muñeco humano. Bromtott le contemplaba con la cara enrojecida y una vena hinchada en su sien. No podía moverse ni hablar. Lo había dejado inválido de un único golpe.
—¿Os sigo pareciendo gracioso, asqueroso lechuguino con seso de asno?
Uno de los soldados ya espoleaba a su palafrén para arremeter contra él, cuando el veterano hombre de armas consideró que le daba tiempo a darle un pisotón en plena cara al lisiado cabecilla del cuarteto. Luego tomó posición para esquivar la acometida. Así fue. Con Bromtott ya inconsciente, Reiarc esperó al último latido para apartarse de la lanza que lo tenía por objetivo, rodar por el suelo, a riesgo de ser arrollado por el animal, y terminar la maniobra de evasión por el flanco no armado del jinete. El soldado pasó de largo sin atravesar nada más que aire. Avanzó unos dinteles y tiró de las riendas para detener su montura y hacerla girar.
La lluvia caía a cántaros.