Relatos Orbitales 3
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El paisaje se nubló tan de improviso, que había que ser un experto observador para localizar la ubicación del Sol Regente y su escudero, el Sol de Bronce, pues su luz anaranjada había sido devorada por ese cielo encapotado. Resonaban truenos en la lejanía y la lluvia no tardaría en caer. Aquellos caminos de tierra malhadada pronto serían fango.

Los gritos de una joven se oyeron con más claridad. Estaban cerca. Reiarc y su hija cabalgaban hacia una elevación del terreno, cuyos bordes de la senda estaban cubiertos de maleza frondosa y vegetación de lo más áspera. Al llegar a la cima de la colina pudieron ver, a unos veinte pasos, a unos jóvenes de poco más de quince años, si los cumplían, ayudándose entre sí para liberarse del peso de un caballo moribundo. La montura presentaba los cuartos traseros y la grupa llenos de flechas de plumaje rojo. El chico tenía una pierna bajo el lomo del animal y pugnaba por sacarla mientras su acompañante, una muchacha de cabellos castaños, tiraba de sus axilas.

Los dos jinetes mercenarios llegaron hasta ellos con presteza, viendo un hálito de esperanza en las miradas de la pareja de mozos cuando los vieron llegar. Reiarc entregó las riendas de su caballo a su hija y desmontó.

—Dejadme a mí —les dijo y, agarrando con sus poderosos brazos el cuello de la bestia agonizante, empujó hacia arriba y levantó su cuerpo lo justo para que el chico pudiera salir de debajo.

Al caballo le habían entrado proyectiles desde la crin, las puntas de acero sobresalían por los laterales, lo que indicaba que los arqueros se habían tomado la molestia de herir al animal desde el flanco procurando no dañar a los jinetes. Sangraba por los ollares y el belfo. Le quedaba poco. No era necesario incrementar su agonía. Reiarc liberó la gran hacha de su espalda y alzó el arma por encima de su cabeza. Antes de asestar un golpe devastador en la cabeza del animal, se fijó en que tanto la silla de montar como el sudadero de debajo eran de confección lujosa. El propio equino parecía de muy buena sangre. Y, si bien el chico vestía como un aldeano típico, su acompañante llevaba un brial azul con bordados áureos muy distinguidos y un manto sujeto con fíbulas de plata.

¿Qué estaba pasando allí?

Reiarc se ocupó del corcel; con un solo tajo bastó. La muchacha hundió su rostro en el pecho de su pareja para no verlo. El chico la abrazó, observándolos con el rostro desencajado. Cojeaba un tanto, pero parecía entero.

—¿Serían vuestras mercedes —comentó, sin dejar de observar el camino por el que habían venido y a Reiarc, moviendo la cabeza con nerviosismo— tan amables de vendernos uno de sus caballos?

La chica se giró con rapidez y se llevó una mano al pecho.

—¡Sí! ¡Tengo dinero, puedo pagarles lo que pidan!

Gresdia respondió desde su montura, con gesto inexpresivo:

—Me temo que ya no hay tiempo para transacciones.

Un cuarteto de jinetes se acercaba al galope. Iban montados sobre palafrenes con gualdrapas azules adornadas de bandas blancas, decoradas con el emblema de Asdulia. Vestían gambesones acolchados, chalecos de cuero duro y capellinas de buena factura protegiéndoles la cabeza.

—¡Allí, prendedlos!

La joven se acercó a Reiarc, suplicante.

—¡Por favor, no lo permitáis!

Los caballeros pertenecían a la guardia del nuevo duque de Asdulia, un tal Korven Arvelon, al que conocían como el Melindroso, tan fiel al Siorh, que se arrojaría entre sus nalgas y aspiraría con todas sus fuerzas las ventosidades de su señor con tal de evitarle fetideces. Pero Reiarc sabía muy bien que, cuando los marionetistas miraban a otro lado, sus títeres se desmandaban cuanto podían. Pues la corrupción anegaba el corazón de los hombres y no había que preguntar por su existencia, sino por la ocasión en que saldría a relucir.

La pareja de jóvenes quedó petrificada cuando los cuatro jinetes los alcanzaron. El que parecía llevar la voz mandante miró de arriba abajo a Reiarc Astravelior, con el hacha sangrante entre las manos, quien no ocultaba su tensión, si bien no estaba en guardia. Luego hizo lo propio con Gresdia, que le clavó unos ojos fríos como el hielo.

—Bien halladas vuestras mercedes. —El caballero asduli hablaba sin moverse del sitio, mientras los otros tres iban desplazando con cuidado sus monturas para ampliar el arco de acción e impedir la retirada—. Han encontrado a nuestros prófugos amigos. Lo agradezco. A partir de aquí, les ruego que no intervengan.

—No somos tus amigos, Bromtott.

—Dama Morlain, no hagáis esto más difícil de lo que ya es.

—Si no es molestia, querría saber lo que ocurre. —Reiarc no podía evitar sentir antipatía hacia los guardias en general, y a éstos en particular les había cogido ojeriza al instante. No había nada peor que un puñado de palabras llenas de hostilidad, acicaladas con cortesía.

—Con el debido respeto, señor —el tal Bromtott perdió por un latido las buenas maneras—, el asunto no es de vuestra incumbencia.

—A decir verdad, caballero, nos habéis interrumpido en mitad de un negocio.

—¿Negocio?

—Así es. La venta de un caballo.

El soldado sonrió, negando con la cabeza. Su crispación empezaba a ser evidente.

—Estoy tratando de ser educado.

Los ojos de Reiarc se cargaron de animosidad. No pestañeó ni una vez mientras lo empalaba con ellos.

—Ya somos dos.

No pasó nada. Todo el mundo se quedó quieto, en silencio. Pendiente de quién sería el primero en hacer o decir algo. La lluvia empezó a caer. A plomo, con goterones que tintineaban en las hombreras y yelmos de los soldados, así como en la hoja doble del arma del mercenario.

La inevitable explosión de violencia estaba a punto de desencadenarse, cuando la vocecilla aguda de la muchacha aplacó las tiranteces.

—Soy Morlain Arvelon, la hija del duque de Asdulia. Éste es —señaló a su compañero— mi prometido Sethdon y…

—¡Vuestro prometido designado está en su castillo de Girneas!

La interrupción del jefe de la guardia fue ignorada por Reiarc, que estaba muy atento a la hermosa joven.

—Solo queremos empezar una nueva vida juntos.

La pobre parecía tan desamparada, con ese pelo castaño mojado y el lenguaje corporal propio de una muñequita a punto de resquebrajarse, que el fundador de la Compañía Pétrea no tuvo más remedio que compadecerse de ella.

Miró por encima de su hombro a su hija, muy rígida en la silla de montar. Compartieron una mirada significativa.

Ahí estaba la historia, tan vieja como el mundo. La ceguera del amor en contraposición a las responsabilidades políticas. Una señorita de alta cuna se enamoraba del paje, caballerizo o quien fuese dentro de un margen social inferior y, al comprobar que su relación estaba condenada a ser proscrita, ambos se animaban a huir. El padre, resentido, dispersaba a los cuatro vientos grupos de soldados en busca de los cándidos amantes. No hacía falta ser muy ingenioso para saber que, mientras que Morlain no correría peligro de muerte, el cuello del joven Sethdon quedaría abierto en una zanja.

Para el veterano mercenario, la cosa estaba clara. No era problema suyo. Además, en su profesión, sin dinero, no había servicio.

En tiempos de guerra.

En cambio, en el día a día, lejos de los campos de batalla, una persona de honor no dejaba de serlo ni en sueños.

Maldito engorro aquél. No había más ruta que la que habían seguido, aunque hubiera preferido tomar otra dirección de haberlo sabido. No había entendimiento posible. El duque no se conformaría con menos, sus caballeros no atenderían a razones y él no podía dejarlo estar.

Las palabras sobraban. Aun así, lo intentó. Quizá más para justificarse a sí mismo por lo que estaba a punto de pasar que para convencer a alguien.

—Mi madre siempre decía que el amor juvenil es imparable —Reiarc señaló con el mentón los márgenes del camino, y los dos jóvenes se apartaron del cadáver del caballo, casi pegando sus espaldas a un árbol ya sito fuera de la vía—, que hay que abrir todas las puertas a esa pasión para que entre y salga, pues es mejor que procurar contenerla.

—Vuestra madre no es el duque de Asdulia.

—Maestro Cielo me guarde.

—Os ruego, señor, que no os entrometáis.

La que medió entonces fue Gresdia. Algunos de los guardias la contemplaron con estupor, como si se hubieran olvidado de ella.

—Llevaos a la hija del duque —consintió, siendo así mucho más pragmática que su padre, porque la vida era injusta y cada cual soportaba su losa—. Pero el chico se queda con nosotros.

Reiarc no estaba del todo cómodo con la propuesta, se le veía en la cara. No obstante, no era mal trato. El apellido de una gran casa ataba a los recién nacidos de por vida. Se hacía lo que se debía para engrandecer a la familia, si tenías la suerte de venir al mundo en tal vicisitud. Bastante era. Puede que los pobres se casaran por amor, alguna ventaja debía tener nacer en seno humilde y, a pesar de ello, cualquiera se cambiaría por el primer rico que le pasara por delante. Nadie vivía en un cuento de hadas. Qué se le iba a hacer. El amor perdía siempre ante la política.

La pobre Morlain Arvelon aceptaría su destino.

Por otro lado, no había necesidad de castigar a Sethdon por dejarse llevar por sus sentimientos. Con esa oferta, Gresdia le salvaba la vida. Fuese lo que fuese que hiciera en su vida, panadero, molinero, tendero o porquerizo, el muchacho debería dejar atrás su pasado y empezar de cero en cualquier otro lugar. Por triste que fuera, Agweron ofrecía estupendas oportunidades para reinventarse, intelectiva y profesionalmente.

El oficial asduli tenía otro plan.

—El chico vendrá con nosotros.

Cualquier atisbo de amabilidad en el tal Bromtott se había esfumado con esa sentencia.

Reiarc escupió en el suelo y resopló como una mula.

—Joder, en este punto de la historia os estáis comportando como un iluso.

—Yo no soy el que está plantando disputa a soldados experimentados en inferioridad numérica.

—Pues entonces, dejemos de parlotear.

—Pues dejemos.

—¿Dónde queréis el primer hachazo, hijo de perra malencarado?

El jefe de la guardia rio.

—Sois en verdad gracioso.