Relatos Orbitales 2
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Reiarc se despertó el primero para no tener que despedirse de sus subordinados. Se marcharía como la muerte lactante en mitad de la madrugada. No valía para decir adiós. Ni siquiera hola. No soportaría mirarlos a los ojos y tener que prometer que volverían a encontrarse.

Lo que sí hizo fue caminar a hurtadillas hasta las caballerizas donde, esperándole a lomos de su caballo y dispuesta a emprender la marcha, estaba su hija, aguardándole.

—Me conoces demasiado bien —admitió el padre al verla.

Y se marcharon.

~

Trotando en dirección a Asdulia, Reiarc tardó en romper el silencio del camino. Le recordó a la joven que tenía un tío, Seiantur Astravelior, del que sólo le había hablado una vez. Como hermanos, la relación entre los dos había sido conflictiva desde siempre. Mientras Reiarc apostó por el uso de las armas, Seiantur lo hizo por la fabricación de las mismas. Era un maestro herrero muy bien considerado en Asdulia, y había trabajado bajo contrato para Firmas de Forja como Stellinga y Fenlarrion. En la actualidad, por lo que le habían contado, tenía suficiente prestigio para operar por su cuenta, con sólo un puñado de clientes, aunque muy importantes, que le daban suficiente trabajo como para no necesitar prodigarse en el mercado del Hierro. Según decían, sus trabajos de pura orfebrería en empuñaduras y guardas de espadas habían concedido a sus armas fama de ser preciosas, además de eficientes.

Como cabía prever, Reiarc no había rozado siquiera alguna de esas apreciadas espadas. Además, él siempre había preferido el manejo de una buena hacha de guerra, con su doble hoja y el pincho sobresaliente en el centro. Por este motivo llevaba aquella monstruosidad de acero negro cruzada a la espalda. La satisfacción de clavar ese instrumento de perdición en el cuerpo de alguien no se podía describir. Una espada no transmitía lo mismo. El mango de un hacha recibía esa sensación vibrante al romperse los huesos al paso del filo, la amortiguación al seccionar órganos vitales, el destrozo masivo al recuperar el metal incrustado. Efectos satisfactorios en grado sumo. Por no mentar que causaba heridas de las que las personas no se recuperaban. Sus adversarios heridos, en caso de sobrevivir al embate, fenecían en las casas de curación.

Su arma era impresionante.

Con todo, hubiera dado lo que fuera por disponer de una de esas lindas espaditas (de mierda) de su hermano, y comprobar cómo le iba al ser estrellada contra una superficie de roca pura, una y otra vez.

—¿Para qué quieres reunirte con el tío Seiantur?

Su hija había aguardado a que salieran de los límites fronterizos del ducado para hacer la pregunta con cautela. Como el fundador de los Pétreos no le había confesado sus intenciones, ella pensaba lo peor, como hacía siempre.

Reiarc se preparó para una conversación típica en la que le tirarían de la lengua. A pesar de ello, sin desear mentir, estaba convencido de que no había llegado el instante de que Gresdia descubriera la verdad.

—Es un tema familiar.

—¿Puedo preguntar qué tema familiar es ese?

—Uno muy complicado.

—No es justo que una persona se vea metida en un embrollo tan misterioso como éste sin conocimiento de qué papel juega.

—Preferiría que el asunto fuera desvelado cuando lleguemos a casa de tu tío.

—Vaya, va a ser uno de esos viajecitos donde uno no para de apretar y el otro no para de aflojar.

—Pues entonces, no hablemos, Gres.

La joven azuzó a su caballo para ponerlo a la misma altura que el de su padre.

—Tú sabes qué tengo que saber, y lo único que yo sé es que no sé lo que tú sabes, pero lo acabaré sabiendo, eso lo sabemos los dos, porque sabes que, si yo supiera algo que tú no supieras y tuvieras que saber, al final lo sabrías y, de igual modo, lo que ahora tengo que saber lo sabré, y como quiero saber qué tengo que saber: ¡¿QUÉ DIANTRES TENGO QUE SABER?!

Reiarc estuvo aclarándose mentalmente un rato, tras el cual se giró de medio lado sobre su montura para mirar a los ojos a la joven.

—A ver si lo he entendido: quieres que te lo cuente.

—Padre, voy a pegarte un puñetazo.

Reiarc estalló en una carcajada que casi le hizo caer de espaldas. Estuvo riéndose un tiempo que no fue capaz de concretar, llegando a dolerle el estómago cuando se relajó un poco. La gélida expresión de Gresdia prometía tormento cruel y agonía insoportable durante siglos. Si las miradas cortasen, el pobre fundador de la Compañía Pétrea hubiera quedado repartido en lonchas por toda la ruta costera que iba de Ostohnia a Priert.

Al final, tras recomponerse, habló en un tono cargado de sobriedad.

—Tu tío tendrá que pedirme disculpas. Llevo media vida esperando entregarle el perdón, cuando él lo ruegue. Si no lo hace, nuestro encuentro acabará mal. ¿Sabías que le desafié a un duelo y que, antes de que él lo aceptara o negase, me alisté a las filas tesehli para no tener que librarlo? Porque de haber tenido ese duelo… habría matado a mi hermano.

—Aunque esta vez estás dispuesto a batirte con él.

—Sí.

—Y matarlo, si se tercia.

—Sí. Se terciará.

Gresdia se concentró en un cúmulo de nubes que apuntaban a una lluvia intensa antes de cumplirse una dozava.

—Y después de matar a tu hermano, piensas retirarte. ¿No? ¿Adónde, si puede saberse? ¿A una granja perdida, un chamizo, una gruta? En Anquion no viven humanos, podrías pedirles permiso a los dragones, hoy que muchos aseguran que han regresado, y que te dejen pudrirte de asco en algún tronco de árbol.

—Buena idea. Me gusta cómo suena.

Ella se echó la capucha de su capa hacia atrás y la cola de caballo se vertió por su hombro como un río de brillante ébano.

—¿Qué ocurrió para que os enfrentarais? No se bate uno en duelo sin motivo.

El veterano Pétreo apretó las riendas con fuerza. Sus nudillos se volvieron pálidos del esfuerzo.

—Eso es lo que voy a averiguar. Lo primero es lo primero: conocer si hubo fechoría.

Su hija estaba a punto de formular una pregunta obvia cuando oyeron gritos en la lejanía. Unas voces reclamaban auxilio.

Al unísono, como si compartieran mente, padre e hija espolearon a sus monturas y acudieron al clamor cercano, echando mano de sus armas predilectas.