Relatos Orbitales 1 #2
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Cuando los Pétreos entraron en Vjorend los guardias de la puerta les obsequiaron con un documento informativo en el que, resumiendo pronto pero no del todo mal, les instaban a comportarse según las normas de la decencia o las intervenciones de la autoridad serían tajantes e inmediatas. La paz con el reino vecino Bjethlend, tras décadas de conflicto, parecía mantenerse sin protesta ante las nuevas amenazas que habían brotado como por ensalmo de las montañas. La explosión arcana en todo el continente había traído no pocas sorpresas.

Vjorend tenía un centro de ciudad tumultuoso, incluso con un clima tan desapacible como aquel. Llegados a la calle de las tabernas, les costó un triunfo decidirse por el tugurio más apropiado a sus necesidades, siendo una cantina de nombre lujurioso la elegida. Sentados en torno a una gruesa mesa de roble, comieron y bebieron hasta saciarse, sin excesos, por esa vez. Había asuntos de seriedad que urgían; ni el estómago empachado ni la mente ebria eran disposiciones aceptables para el buen conversador.

Reiarc Astravelior, presidiendo la mesa, con su tosca musculatura y capa de piel de lobo parecía no caber en la silla. El grupo aguardó las nuevas comentando lo justo y sin entrar en mucha disquisición. Pese a que Gresdia fuera hija del capitán, no tenía ni la menor idea de cuál era la preocupación que atormentaba la mente de Reiarc. Así que el fundador de la compañía estuvo rumiando cuáles serían las formas apropiadas de exponer la cuestión, hasta decidirse.

—En fin, Pétreos míos —dijo, con voz grave a un volumen poco más alto que el susurro—, es dozava de aceptar las cosas. Veréis, esta compañía de mercenarios ha sido lo más importante de mi vida. No os descubriré nada que no se sepa. Me enseñaron a combatir desde mozalbete y, Madrina Origen es testigo, aprendí pronto y no he cesado de añadir nuevos talentos a la lucha. Soy un soldado. Y, a mis cuarenta y nueve, estimo que no me he mellado tanto como otros. Bien podría seguir cortando miembros a la gente y desviando todo el acero que viene a buscarme, por lo menos, otros diez años más. Pero yo no valgo para esto que se avecina. —Hizo una pausa para refrescarse el gaznate—. He luchado con honor, contra enemigos que valían la pena y saludaban antes de lanzarse contra mí. He perdonado vidas y se me ha perdonado la vida más de una y dos y tres veces. Sí. Esos tiempos en que nos dábamos de bruces con los norteños cuando era propicio han pasado a la historia. Los echo de menos. En los últimos, bueno, qué deciros, en estos años ha habido más acción que nunca. Pese a que ya no contra los mismos de antes, sino los propios. Y en este lustro han venido esos dûrakh y dicen que cerca del monte Olwyvern ha aparecido otro pueblo extraño. Y los pielesgrises, por supuesto, que son los peores.

»Demonios, no se lucha contra esos enemigos de la misma forma. Y el Siorhato parece más empeñado en enviar tropas más allá del océano, en esa campaña de conquista quimérica que… no puedo entender. Este mundo ha cambiado demasiado. Tan deprisa que no me adapto. Llamadme simple, y acertaréis, pero no me veo combatiendo mucho más en estas nuevas guerras. A mí dadme un pelethli que se acuerde de cómo me llamo si me mata, cuyo nombre jamás dejaré de honrar si es él quien muere a mis manos.

»Así que, mientras todavía me siento feroz, tengo un asunto personal que atender. No puedo decir más. Lo que os atañe es que —clavó la vista en el segundo al mando, que ya se olía la revelación final desde hacía lapsos— deposito el liderazgo y la responsabilidad en vuestro hermano Haldran. Que sabrá muy bien cómo guiaros cuando yo no esté.

Las voces de casi todos sonaron unas por encima de otras.

—¡No, capitán, no podéis dejarnos!

—¡Mi señor, no lo hagáis!

—¡No!

—¡Mi primero, no nos dejéis!

Reiarc les enseñó tanto los dientes como las palmas de las manos.

—¡Tranquilizaos, coño! ¡Está decidido! —El grupo guardó silencio de nuevo—. No es fácil para mí. Eso debéis entreverlo. Han sido tiempos gozosos. Todo el vino del reino. Todo el flujo del continente. Toda la sangre del mundo. No me quejo. Aunque para mí ha llegado el momento. No os lo puedo contar. Quizá lo entenderíais si lo hiciera; el problema es que no puedo. —Le plantó la mano sobre el hombro al teniente—. ¡Haldran lo hará bien! ¡Es un bellaco de cuidado! ¿Eh? Sí. Será un buen jefe. La Compañía Pétrea seguirá siendo el terror del campo de batalla. Quizá tengáis que apuntaros a esas conquistas del Siorhato en tierras extranjeras, quién sabe. Podría traeros más gloria de la que yo os pudiera otorgar. De cualquier forma —se le rompió un poco la voz y tuvo que carraspear para disimularlo—, la guerra seguirá. Y un grupito de guerreros libres capaces de todo siempre tendrá su hueco en el futuro que nos aguarda. Me habréis olvidado en cuestión de meses.

—Sabéis, mi señor —Haldran hablaba sin apartar la vista de la espuma de su cerveza—, que eso no es así.

—Más os vale, malnacidos. Me he dejado la piel por esta compañía. —Tosió un poco—. El resto de la unidad está desgajándose en Asgahlen. Haldran os lo puede decir, se nos han ido en torno a treinta o cuarenta hermanos. Se han enrolado en las filas agweri en la campaña de Drasmatar, si nos quedan setenta, ya podemos respirar tranquilos. Reunid a más tropas, si es menester. Y no bajéis el precio de los encargos. Somos caros porque hacemos bien lo que otros ni se atreven. —Alzó su jarra, aun sin brindar. Mantuvo la bebida en alto un par de latidos y luego bebió un sorbo—. No diré más. No responderé a preguntas ni atenderé ruegos. Es lo que hay. Aceptadlo. U os mataré, lo juro. Aún me sobran fuerzas para meteros las cabezas en esos culos peludos vuestros. Hoy se bebe y se calla. ¡O se muere, joder!

Y se respetó su voluntad, a regañadientes, pues a nadie le satisfacía perder al mejor cabecilla al que habían servido en sus vidas.

Un poco antes de irse a dormir en su propia habitación, pagada por adelantado en la propia taberna, Gresdia Astravelior le interceptó en el pasillo y habló por primera vez en toda la noche.

—Iré contigo. Esto también está decidido. Eres mi padre y te ayudaré en esta empresa, sea la que sea. A los demás puedes apartarlos de tu lado, pero si lo intentas conmigo te cortaré los cojones y punto.

Él la veía capaz de eso y alguna cosa más. Como estaba agotado, no discutió.

Se fue a dormir inquieto.