Relatos Orbitales 1
83%

1

El célebre líder de la Compañía Pétrea tuvo que apoyar la suela de su enorme bota en la cabeza del rival caído, hundiéndola en el barro, para extraer por fin el hacha que se había atascado en la caja torácica. Le hizo falta un fuerte tirón. El sonido viscoso estuvo acompañado de una salpicadura de sangre casi negra que le manchó aún más los faldones de la sobreveste.

Sus ropajes estaban llenos de sangre roja, sangre negra, estofado derramado (los muy truhanes los habían sorprendido comiendo) y ese lodo pegajoso propio de la región. Que las botas y el filo de la capa tuvieran un dedo de porquería le traía sin cuidado, pero que las calzas de cuero se le ensuciaran le irritaba sobremanera. Había sido la última prenda que Reiarc Astravelior había comprado, hacía sólo siete meses, y le había costado sus buenas valías de oro.

—Putos gurlugs hijos de la gran puta —maldijo, comprobando que una de las hojas de acero estaba recubierta de ese líquido arterial que parecía tinta—. Que Cuidadora Tierra os reciba a escupitajos y mastique vuestros huevos mientras os hierven a todos, malditos cabrones.

Echó un vistazo al resto del grupo.

Su segundo, Haldran, se apañaba con dos enemigos a la vez. Su espadón se movía de un lado para otro con determinación. No tenía prisa, por lo que se apreciaba. Cuando veía el fin de una trifulca, el teniente jugaba más que un felino con la comida.

Norvanc se defendía de otro par con precisión, con su escudo redondo de madera interceptando cada embate y su espada apareciendo, letal, cuando se requería, sin dejar de tararear una musiquilla que se le había pegado. Para ser un Naurlendar no era mal tipo.

Varkis el Marrón tardaba lo suyo en obrar sus trucos, pero ya había conjurado su famoso artificio de congelación sobre cuatro gurlugs, para que Fenk y Loco Melhoc los asaetearan a placer. Un trío bien avenido. Formaban buen equipo en combate, entre fogones y también entre las sábanas. Dichosos depravados. Mataban tan bien como cocinaban. Eso seguro. Del fornicio, por no saber, mejor no jurar.

Y su hija, Gresdia, caminaba con tranquilidad hacia él, con sus puñales de hojas curvas bañadas en aquel sucio aceite vital. Era la más rápida y sigilosa del grupo. Lo suyo era apuñalar a destajo y seguir. Sin enfrentamientos directos o arrogancias. Era el miembro de la compañía a la que los enemigos no veían, hasta que era demasiado tarde.

Se colocó a su lado y observó a los compañeros, matando duro y con mucho oficio.

—¿Los ayudo?

—¿Tú ves que les haga falta?

Se encogió de hombros.

—No.

—Pues entonces no.

La mujer, de unos veinte años, se colgó de su cuello.

—No me dejas hacer nada, padre —bromeó, poniendo esa vocecilla de niña que al capitán de la compañía tanto le irritaba—. Es por abreviar.

—No les falta mucho.

Reiarc se acercó a la fogata y comprobó que el puchero volcado había vertido todo el contenido. Pasó un dedo por el fondo y se lo metió en la boca. Lo hizo un par de veces más, saboreando lo que quedaba de caldo.

Pensó que, con la suerte de los últimos tiempos, no les podían haber asaltado en otra dozava, no, tenía que ser cuando empezaban a comer. No obstante, él no era un hombre que recordara si alguna vez había gozado de suerte. Y acostumbrarse a la desdicha y el infortunio era buena filosofía, si no quedaba otra, mas era injusto.

Si el buen Ihnoq reparaba en él, lo hacía con el ceño fruncido, votaba por ello.

Reiarc Astravelior había fundado la compañía mercenaria después de veinticinco años de servicio en el destacamento de Tesehlen, tras comprobar que su apellido no era ilustre en la medida idónea para ascender más allá de capitán. Si bien luchó y sangró por el rey Howkmack otras tantas veces, fue por dinero. Y no poco.

Se le tenía por un guerrero libre cumplidor y pertinaz. De los que, si aceptaban un encargo, lo remataba.

Guerreros libres; la nueva denominación agweri para los mercenarios de toda la vida. En el continente, el concepto de guerra había cambiado bastante. Los grandes imperios habían fundado una alianza férrea y desplazado su ardor de conquista al continente vecino, océanos de por medio. A la maldita Drasmatar. Ya no había reinos enfrentándose entre sí, a no ser que subieras a uno de esos barcos de las expediciones anuales y mataras en nombre del Pacto de Agweron en tierras desconocidas. Dejando como único entretenimiento por aquí las viejas especies subversivas, como los gurlugs, y las nuevas aún por rebelarse, como los dûrakh o los aelthi que, según se contaba, pronto habían empezado a ponerse nerviosos. Aunque, en teoría, dichas especies eran más viejas que la humana.

En esa ocasión, con muy poco oro de por medio, el encargo no había pasado de ser rutinario. Hacer de exploradores paras las tropas del Siorhato, ver e informar. Nada de intervenir y dejar que los chicos del blasón asgahli hicieran luego limpieza.

Porquería de trabajo, en opinión de Reiarc.

De los cien miembros que conformaban la Compañía Pétrea, el capitán sólo se había traído a sus seis mejores efectivos. Habían cobrado la misión y ya estaban de regreso, cuando los gurlugs los habían atacado.

A medida que los Pétreos iban fulminando a los contrincantes que quedaban, se sentaban o cruzaban de brazos a observar cómo se desenvolvía Haldran, segundo de la compañía, con esos dos pielesgrises, que ya empezaban a agotarse. Cómo le gustaba al teniente de la compañía alargar lo inevitable. Lucirse. La espada larga fintaba y se movía a veces más rápida que la vista, otras clavándose en el aire, antes de volver a agitarse como la pluma de un escribiente apresurado. Los gurlugs parecían confusos ante la situación, quizá ansiosos porque el inevitable final no les llegaba como esperaban, con un esgrimista que, sin burlarse de ellos, les daba vergonzosa tregua en vez de puntual muerte. Al punto de que uno de ellos, desesperado, se clavó su cuchillo oxidado en la barbilla y lo hundió hasta atravesarse el cerebro, lo que llevó al último a hincar sendas rodillas y pedir clemencia.

—¡Lo nunca visto! —aseveró Haldran, con el ancho de la espada por detrás de su cabeza y la otra mano apoyada en la punta—. ¡Un gurlug rindiéndose!

Después de las risas se escucharon comentarios de lo más crudos.

—¡Que sea doloroso, teniente, no merece más!

—¡Troceadle, mi señor!

Loco Melhoc tenía su ballesta preparada, por si acaso el bribón cambiaba de idea, y le apuntaba a la cabeza casi a quemarropa, que siempre inspiraba respeto. Si hacía un movimiento extraño, lo mataría en el acto.

Haldran caminó hasta el gurlug y se colocó delante, cuan alto era. Quizá exponiéndose mucho a una puñalada traicionera.

—¿Sabes hablar, despojo?

—Algo hablar. Sí. Vida pedir. Gurg. Hacer todo por vida.

Reiarc decidió intervenir, desembarazándose de su pegajosa hija y hablando con dureza desde su posición.

—Ponedle fin, segundo. Ya.

La diversión tenía que terminarse. Las patrullas gurlugs no se alejaban más allá de dos laderas de la horda. Aquello implicaba ponerse en marcha y salir de la zona o tentar al destino. Haldran obedeció al instante. La cabeza rodó por ahí y, sin más dilación, todo el mundo se puso a recoger el campamento.

Habían matado a diecisiete de aquellas bestias antropomórficas. Siete contra diecisiete. No estaba nada mal. La próxima vez, no los subestimarían.

Los gurlugs era mezquinos, caníbales y habían multiplicado su número. Cabía señalar que no habían reducido su población al ser inmunes a los efectos oscuros de la plaga de transmutaciones caliginosas de hacía un lustro. Seguro que fue cosa suya, le daba a Reiarc por pensar cuando el tema le sobrevenía, horribles bestias cabronas.

El capitán seguía ordenando a voz en grito mientras ayudaba en las labores.

—Fenk, recobrad los proyectiles que aún sean de utilidad. Loco, echad una mano. Norvanc, vos encargaos de apaciguar a los caballos, llevan nerviosos desde el ataque. ¿Cómo van vuestras reservas de Poder, Varkis?

—Hay para un día y medio, estimo. Si no nos emboscan más criaturas.

—Ayudad a Norvanc.

—Sí, mi señor.

Reparó el jefe de la compañía que Gresdia olisqueaba el aire en derredor. Muy tensa. Su hija tenía un olfato preternatural, lo que combinado con su instinto la convertía en la mejor vigía que había conocido.

—¿Problemas?

—Lejos, pero no tardarán en acercarse.

—¡Muy bien, damas y caballeros, movámonos prestos y veloces, o cascaremos en esta puta mierda de sitio!

~

Antes de que anocheciera, la Compañía Pétrea había entrado en los límites meridionales de Vjorend. Los árboles que los rodeaban pasaron de ser gruesos y retorcidos, con copas frondosas que apenas dejaban pasar la luz, a ser rectos y bien separados entre sí, dotados de ramajes que no soportaban mucho peso, lo que ofrecía mayor seguridad ante encerronas. Y pronto se toparon con el camino principal, que conectaba aquel reino con el de Bjethlend, protegido por la guarnición local y de uso continuo por mercaderes y trotamundos.

Si bien, como tuvo que recordarse Reiarc, esas tierras habían dejado de ser reinos como tal para convertirse en ducados, cuando el joven Siorh degradó a todos los reyes asgahli a simples señores feudales tras la traición masiva de hacía cinco años.

Los mercenarios no estaban bien mirados en general dentro de las zonas pobladas, por mucho que ahora se les llamara guerreros libres y se dedicaran otras labores menos viles. Sin embargo, viviendo tan cerca de la cordillera de Marnas, la tensión creciente con la reaparecida civilización dûrakh había obligado a las gentes de pueblos y ciudades a ser más permisivos con los hombres de armas venidos de fuera. Cosa que la gran proliferación gurlug en todo el continente agravaba. Cualquier rostro que no fuera gris verdoso o cubierto de pelo color arcilla era bien recibido.