EL RENEGADO #5
Cerró la puerta y se volvió.
—Mamá —dijo Laura—. ¿Por qué papá ha dicho esas cosas?
Elena se puso de rodillas para estar a su altura.
—No lo sé, cariño —mintió—. Pero seguro que no pretendía haceros daño. No os pongáis tristes —añadió en lo que era más una petición que una orden, pues cuando los niños estaban tristes o asustados siempre se desataba el horror—. ¿Qué os parece si hoy dormimos en mi cama los tres juntos? Nos tomamos un cola cao y terminamos de ver la peli en mi cuarto, ¿vale?
Marcos y Laura se pusieron a dar saltitos de alegría y corrieron al baño para prepararse.
Elena apagó la tele, las luces del salón y recogió la pizza, intacta. Después fue a su habitación y sacó del neceser las tres cajas de somníferos que había acumulado desde que empezó a tratarse con la doctora García, y que por supuesto tampoco había tomado.
Le llevó un buen rato machacar todas las pastillas y al final tuvo que recurrir al mortero. Sonrió con ironía pensando en lo fácil que parecía todo en las películas. Fue paciente y metódica. No tenía miedo a la muerte: era vivir lo que le aterrorizaba.
Preparó tres vasos de leche con cola cao y vertió el contenido del mortero en uno de ellos, removiendo para asegurarse que el polvo se disolviera por completo. Puso pajitas en los de los niños para no confundirse, los colocó en una bandeja y se dirigió al dormitorio.
En la cama, los niños esperaban sonrientes, Laura con sus peluches, Marcos con el mando de la tele en la mano, deseoso de retomar la película. Habían dormido juntos muchas veces a lo largo de los años, pero para ellos era siempre tan emocionante como el primer día.
Elena se puso el pijama, se desmaquilló, se aplicó la crema de noche y se lavó los dientes, como si fuese un día cualquiera. Se dejó llevar por la costumbre como una hoja al viento, como si cada uno de los pasos que estaba dando fuese algo natural.
«No puedes vivir así» resonó la voz de Rafa en su cabeza.
No, no podía.
Se metió en la cama, entre los dos, y se bebió todo el cola cao, segura de que cada trago la alejaba del sufrimiento que había padecido los últimos meses y le acercaba un poco más a sus hijos. Cuando hubo terminado apagó la luz de la mesilla y se hundió en la cama. Los niños se acurrucaron, uno a cada lado. Aspiró su aroma como había hecho tantas otras veces y se sintió tranquila y en paz. Laura y Marcos estaban con ella, a salvo. Ya nada podría separarles ni hacerles daño.
Su último pensamiento fue para Rafa. Esperaba que en el fondo de su corazón pudiese perdonarla y comprenderla. Notaba la respiración acompasada de los niños junto a ella y así, poco a poco, recordando los buenos momentos vividos en la casa del lago, se fue quedando dormida.
~
Rafa colgó el teléfono. La policía y la ambulancia estaban de camino, aunque sabía que no había nada que hacer. Los labios de Elena estaban lívidos, su piel pálida. Pero de no ser por esos matices, parecería estar durmiendo plácidamente, en paz.
Los peluches preferidos de Laura estaban sobre la cama. En la mesilla, tres vasos de cola cao, dos de ellos intactos.
No contuvo las lágrimas, no había necesidad. Lloró no sólo por lo que había perdido, también por no haber podido evitarlo.
Entonces notó un ruido a su espalda. Se volvió esperando encontrar un agente de policía, pero en cambio ahí estaba Elena, de pie, con un vestido de verano. Había recuperado el color en las mejillas y sonreía. A su lado, Laura y Marcos esperaban con los bañadores puestos y las gafas de bucear en la mano. Le miraban llenos de felicidad.
—¡Papá! —exclamó Laura, alargando la mano para agarrar la suya —¿Te quedas con nosotros?
CAMINA COMO ELLA
De Lord Pelayo
Género literario: Terror sobrenatural
Llamas al portero de casa de tu madre, y el portal se abre sin respuesta. Cuando subes, la puerta está entreabierta. Entras y saludas, pero no debe oírte. Desde el viejo sofá del salón ves el pasillo, bañado por esa luz amarillenta que siempre has odiado. Sabes que está en casa porque la has oído moverse desde hace un rato, cuando la ves pasar por delante de la puerta abierta, notas algo extraño. Camina igual, pero no del todo. La diferencia es sutil, casi imposible de explicar.
La observas más atentamente la siguiente vez que cruza el pasillo. Sus brazos no se mueven con naturalidad, permanecen pegados al cuerpo, demasiado rígidos. El cuello gira con una fluidez inquietante, y su rostro dibuja una sonrisa poco familiar. Te esfuerzas en recordar cómo camina normalmente, pero la duda te invade.
¿Cuándo fue la última vez que viste dormir a tu madre? ¿Recuerdas haber oído su respiración profunda, sus bostezos al amanecer? El silencio de esos recuerdos ahora te resulta insoportable. ¿Cómo no lo advertiste antes? ¿Cómo no viste que algo había cambiado?
Ahora vuelve a pasar frente a ti, pero esta vez se detiene. Te está mirando fijamente desde el umbral del pasillo. Aún sonríe, pero no parpadea. Y aunque quieres decir algo, el miedo te paraliza.
Porque acaba de dar un paso hacia ti, y no reconoces esa manera de caminar.