EL RENEGADO #4
Intentaba infundirle confianza, pero Elena pudo intuir una pizca de terror escondido en sus esperanzadoras palabras. En el fondo, esas cosas pasaban, aunque la gente intentase vivir su vida como si el mundo no fuera un lugar cruel, peligroso y hostil. Fingiendo que las cosas terribles que veían en las noticias sólo les pasaban a otros. Pero en el fondo de sus corazones saben que eso también les puede suceder. Y cuando ocurre, deja de ser una estadística para convertirse en tu peor pesadilla. En algo que pone tu realidad patas arriba y te quita la venda de los ojos. Entonces puedes ver el mundo como lo que realmente eres: una criatura vulnerable. Una presa del destino, de la mala suerte o del caprichoso azar.
Algunos curiosos se habían acercado, otros se interesaban en los niños desaparecidos con el objetivo de ayudar en su búsqueda. Le ofrecieron agua a Elena, pero la rechazó. Los minutos pasaron en un angustioso goteo, con el agente de seguridad recibiendo actualizaciones del resto del equipo, que estaba buscando a los niños por todas partes y la dependiente intentando tranquilizar a Elena lo mejor que podía.
Entonces levantó levemente la vista y los vio. En medio del pasillo de los juguetes, alejados de la sección de bañadores. Se levantó de un salto.
—¡Están allí! —exclamó sintiendo cómo las cadenas que le aprisionaban el pecho se evaporaban—. Menos mal, ¡están bien!
Tanto la dependienta como el agente de seguridad se volvieron a mirar al punto que señalaba Elena.
—¿Dónde? —preguntó el guardia con el ceño fruncido.
—¡Allí! —insistió Elena—. Allí, en el pasillo de los juguetes.
—Pero… —dijo la dependiente estirando el cuello— No veo…
—No se preocupen, ya está —le cortó Elena, aliviada —. Muchísimas gracias por todo, de verdad— y, sin esperar respuesta, salió corriendo en dirección a donde se encontraban Marcos y Laura.
~
Entró en el camino de grava. La cabaña se divisaba al fondo y, en cuanto se dieron cuenta, los niños empezaron a gritar entusiasmados. De no tener el cierre de seguridad, Marcos habría abierto la puerta sin esperar a que Elena detuviese el vehículo.
El viaje se había hecho corto. Vieron una película y tomaron el almuerzo que Elena les había llevado en sus tuppers. Marcos pidió escuchar la banda sonora de su videojuego favorito, para desgracia de Laura y Elena, pues la música era repetitiva y machacona. Después se echaron una breve siesta, momento que Elena aprovechó para escuchar su propia música y disfrutar de la conducción. Había poco tráfico, poca gente se cogía vacaciones la última semana de junio, por eso a Elena le parecía la mejor. De vez en cuando echaba un vistazo por el espejo retrovisor para mirar a los niños dormir, con una expresión de paz que la contagiaba. Tras el susto del día anterior en el centro comercial, lo único que quería era pasar tiempo con ellos, porque mientras les tuviese cerca no necesitaba nada más.
Cuando por fin aparcó, Marcos se apresuró a bajar del coche y correr hasta el columpio que había frente a la puerta. Laura esperó junto al maletero para ayudar a su madre a descargar.
—Muchas gracias, cielo —dijo Elena abrazando a la niña—. Pero puedo ocuparme, no llevamos tantas cosas. Ve a jugar con tu hermano, ¡corre! —le apremió.
Cuando Elena entró, le sorprendió el estado de la casa. Lo esperaba peor, tenía la sensación de que no habían ido hacía siglos… pero tirando de memoria recordó que no. Habían intentado pasar las vacaciones de Navidad, en un desesperado intento para salvar su relación. No salió bien, y aguantaron menos de cuatro días, pero había sido suficiente para darle un repaso a la limpieza. Poco después de volver a la ciudad, Rafa se marchó de casa.
A diferencia de aquella última visita, en que la cabaña le había parecido deprimente, ahora lucía luminosa y alegre. Seguramente por las voces de los niños que llegaban desde el exterior. Su sola presencia lo curaba todo.
Deshizo las maletas y colocó en la nevera las cosas que habían traído para no tener que hacer la compra inmediatamente. Retiró las colchas que protegían las sábanas limpias, quitó un poco el polvo y repasó los baños. Cuando terminó, el sol ya decaía, y los niños estaban viendo la tele tranquilamente, agotados de tanta exploración por el jardín. Elena metió una pizza en el horno y se sentó con ellos a ver la película de animación de un estudio japonés que ya se sabían de memoria.
Justo cuando estaba a punto de hincarle el diente al primer trozo de pizza, llamaron a la puerta. Los tres se volvieron a mirar. No esperaban ninguna visita.
Elena se asomó a la mirilla y contuvo el aliento. El timbre sonó de nuevo, con una insistencia que le ponía los nervios de punta.
Sabiéndose sin escapatoria, finalmente abrió.
Rafa estaba en el umbral. El bastón en el que se apoyaba le hacía parecer mucho más mayor de lo que era en realidad, y daba la sensación de que las canas que salpicaban su cabello habían aumentado en los últimos meses. Pero sus ojos seguían siendo los mismos: nobles, profundos, compasivos. Un recordatorio de su vida anterior, doloroso de contemplar.
—Hola Elena —dijo con su habitual tono tranquilo, casi cauto—. ¿Puedo pasar? Elena negó con la cabeza. Rafa suspiró.
—¿A qué has venido? —preguntó. Le hubiese gustado que su voz sonase más cortante, para que el encuentro terminara lo antes posible. Pero era incapaz de hablar mal a Rafa, incluso estando enfadada con él.
—¿Y tú? —cambió la postura y se inclinó un poco más sobre el bastón.
Elena volvió la vista atrás. En el sofá, los niños habían dejado de ver la película y contemplaban la escena con los codos apoyados en el respaldo, mudos.
—Estamos de vacaciones —respondió arisca.
Rafa miró por encima de su hombro y después volvió a clavar sus ojos tristes en ella.
—La doctora García me ha dicho que te está costando tomarte la medicación. — Una rabia súbita la inundó. ¿Dónde había quedado el secreto profesional?
—No pienso volver a tomarla —dijo con firmeza—. Cuando me la tomo no puedo estar con los niños.
Rafa clavó la vista en el suelo. Permaneció así un instante, como si intentase coger fuerzas o reprimir el llanto. O ambas. Suspiró profundamente antes de volver a hablar.
—Elena —dijo mientras posaba una mano sobre su hombro y la miraba directamente a los ojos—. Los niños están muertos.
Un escalofrío le recorrió la espalda y de pronto todas las luces de la casa parpadearon, aunque Rafa no pareció darse cuenta. Notó una brisa helada, impropia de una noche de verano y los oscuros pensamientos le nublaron la vista.
«No digas eso» pensó Elena para sí. «Les vas a asustar».
«Mamá», oyó detrás.
Se volvió con cautela. Sus hijos, que hacía unos instantes sonreían por la llegada del gatobús, ahora estaban arqueados en una postura imposible, arrastrando sus miembros inertes hacia la entrada, Laura con el cuello roto, Marcos con la mitad del cráneo arrasado por los cristales y el asfalto, llamándole sin mover los labios y extendiendo los brazos en un intento por alcanzarla.
Elena se echó hacia atrás golpeando a Rafa y cerró los ojos, haciendo un esfuerzo por no gritar. Notó que un brazo fuerte la sujetaba y le ayudaba a mantenerse en pie.
—Elena, ¿qué pasa? —exclamó asustado—. ¡Tranquila! ¡Tranquila!
Elena respiró profundamente. Rafa no tendría que haber dicho eso, pero ella podía arreglarlo. Sólo tenía que recordar. Recordar los veranos en la cabaña, Laura con los manguitos de tucán, Marcos con el flotador del pato, cine de verano en el pueblo, el algodón de azúcar de la feria, despertarse y desayunar en la terraza en pijama.
El frío se fue atenuando, y el pitido de los oídos desapareció progresivamente.
Los dibujos de la nevera. Aprender a montar en bici. Juegos de mesa por la tarde.
Elena se atrevió a abrir los ojos poco a poco. Las luces del salón no parpadeaban. Frente a ella, los niños la miraban con tranquilidad vestidos con sus pijamas mientras la película seguía su curso normal en el televisor.
Se liberó con cuidado del brazo de Rafa, que había perdido todo rastro de calma y tenía los ojos humedecidos.
—Elena, por favor —suplicó con mucho pesar—. No puedes estar así. Vuelve conmigo a la ciudad, mañana te acompañaré a ver a la doctora. Volveré a casa, haré lo que quieras. Pero no puedes vivir así.
Elena meditó las palabras de Rafa un instante y tomó una decisión. Después miró a los niños y asintió.
—Tienes razón.
Rafa parecía aliviado.
—Pero no esta noche —añadió con decisión—. Es tarde y estoy cansada.
—De acuerdo —respondió Rafa, dándose por satisfecho—. Entonces vendré mañana y te ayudaré a recoger. Tengo una habitación en el hotel cerca del lago. Si necesitas algo puedes llamarme y estaré aquí en seguida. Si no, nos vemos mañana.
Elena asintió y se abrazaron. Había querido muchísimo a ese hombre. Con él había pasado los mejores años de su vida, y odiaba pensar que ella ahora era motivo de su infelicidad. Que le había llevado hasta el extremo de tener que marcharse de casa.
Y ella había elegido. Había elegido a los niños en lugar de a Rafa.
Aunque él tenía razón. No podía vivir así. Y tampoco quería.
Le vio alejarse cojeando por el camino de grava hasta su coche y sintió lástima. Él también había perdido mucho. Su familia, su matrimonio, su profesión. En secreto, le perdonó por haberle obligado a visitar a la doctora García y tomar la medicación. Siempre había sabido que lo hacía por su propio bien, pero estaba demasiado enfadada para aceptarlo.