EL RENEGADO #3
Elena asintió. De eso, no había duda. Debido a su trabajo, Rafa siempre había pasado muchos días y muchas noches fuera de casa, así que Elena estaba acostumbrada a ocuparse sola de los niños. Cuando eran más pequeños se le venía el mundo encima cada vez que él se marchaba. Le daba la sensación de que llegaba a todo con la lengua fuera, era estresante y agotador. Pero a medida que fueron haciéndose mayores todo se volvió más fácil. Y ahora, simplemente, estar los tres juntos le parecía algo natural.
—Bueno, no insisto, pero si necesitas algo, me llamas, ¿vale?
Sellaron el acuerdo con un par de besos, Cris pagó los desayunos y se despidieron en la puerta de la cafetería, prometiendo que se verían cuando volviesen de sus respectivas vacaciones.
Elena la vio alejarse con paso rápido y miró el reloj. Con el estómago encogido, se dirigió a casa. Texto final.
~
La llamada de Zoom llegó puntual, como siempre. Elena resistió la tentación de cerrar la pantalla del portátil y pinchó con el botón izquierdo del ratón en el icono verde que mostraba un teléfono descolgado.
El rostro sereno de la doctora García, con su pelo siempre recogido en una coleta y sus gafas rojas apareció en la pantalla.
—Hola Elena —saludó, esbozando una sonrisa perfectamente controlada, ni muy fría ni demasiado afectuosa—. ¿Cómo te encuentras?
—Bien —respondió. Siempre respondía lo mismo. La doctora asintió y escribió en su cuaderno.
—¿Quieres contarme qué has hecho estos días?
No quería. Pero lo hizo igualmente, como en todas las consultas. Omitió algunos detalles que no quería compartir con ella. En los seis meses que llevaba tratándole, la doctora no había conseguido ganarse su confianza. Y ella lo sabía.
La consulta transcurrió de la forma habitual, y llegaron a la gran pregunta.
—¿Te estás tomando la medicación?
Elena se tomó su tiempo para responder.
«¿Te estás tomando la medicación?» preguntó una voz en su cabeza.
Volvió a la noche del treinta y uno de octubre del año anterior. El recuerdo de las risas le escocía en el pecho. Aunque sabía que no debía, se recreó en la decoración de la casa y en los paquetes de chucherías que había por toda la mesa. Le llegó el olor de la pizza en el horno y de la tabla de quesos. Notó bajo los dedos el tacto de los disfraces.
Pudo ver con claridad las sonrisas de Marcos y de Laura mientras mostraban su botín. Cómo se les empezaron a cerrar los ojos después de todo un día de colegio y fiesta. Cómo les insistieron en que debían ponerse los pijamas, que habían llevado a propósito y hacer pis antes de marcharse. Cómo bajaron a Marcos hasta el coche en brazos, porque ya estaba muy cansado para caminar. Cómo se giró a mirarlos tras diez minutos de trayecto y cómo les vio en sus sillas, plácidamente dormidos, tranquilos, confiados.
—No me gusta la medicación —respondió al fin.
La doctora dejó de escribir, puso el bolígrafo sobre el cuaderno y la miró directamente a los ojos a través de la pantalla.
—Cuando me la tomo, no puedo cuidar de mis hijos —añadió Elena con absoluta honestidad. Acababa de decidir que estaba harta de contar medias verdades. Era una adulta. Se había ganado el derecho a vivir como le diese la gana. Ella no molestaba a nadie, y no quería seguir fingiendo delante de una mujer que ni la conocía ni la comprendía. Se había sentido como una chiquilla que le dice al dentista que no come caramelos para que no la regañe. Pero eso se acabó.
La doctora García exhaló un suspiro y se colocó las gafas. Cuando volvió a mirarle había lástima en sus ojos, pero también dureza.
—Pues esa es la cuestión, Elena.
La consulta terminó. A regañadientes, y tras las largas explicaciones de la doctora (salpicadas de alguna amenaza sobre el futuro de su salud mental), Elena fue al baño, sacó una de las pastillas del blíster y se la metió en la boca. A continuación miró el reloj. Las cuatro y veintidós.
Tenía que preparar las meriendas y marcharse al colegio o llegaría tarde.
Los niños salían de clase como auténticos salvajes. Y además, hambrientos. Cualquiera diría que les tenían ocho horas atados sin poder moverse ni comer. Elena observó cómo padres, madres, abuelos y alguna que otra niñera sacaban de los bolsos plátanos, bocadillos y dulces mientras caminaban con paso apresurado para que los pequeños en cuestión no se les escapasen. El griterío sólo era comparable al caos que colapsaba el tráfico. Desde hacía tiempo, Elena ya no entraba en el patio. Se limitaba a esperar dentro del coche hasta que Laura y Marcos aparecían.
Una niña se paró frente a la ventana del vehículo. Lucía el uniforme del colegio y el pelo recogido en dos trenzas. Le saludó con la mano, sonriente. Elena bajó la ventanilla del coche.
—Hola Lola —dijo Elena—. ¿Cómo estás?
Antes de que la niña pudiese decir nada, una mujer se paró a su lado y se agachó para mirar por la ventanilla también.
—Hola Elena, ¡cuánto tiempo! —saludó la madre de Lola. Sonreía, pero no como la niña. A diferencia de la de su hija, la mueca era temerosa, tensa. Dudó un instante antes de continuar—. Cómo… ¿cómo van las cosas en casa?
—Poco a poco —respondió Elena, escueta.
—Claro, claro… —se notaba que no tenían mucho más que decirse. En el pasado habían sido amigas, pero desde el accidente la relación se había enfriado mucho—. Bueno, tenemos que irnos… que no llegamos a la clase de natación. Me alegro de verte.
—Y yo —mintió Elena. Ni le alegraba ni le entristecía. Simplemente le daba igual—. Que tengáis buen verano. ¡Adiós, Lola!
—¡Adiós! —dijo la niña alegre. Dio un par de pasos, pero de pronto se volvió hacia ella, como si hubiese olvidado algo—. ¡Por cierto! Dígale a Laura que puede quedarse con la pulsera que le di el otro día en el patio, que no hace falta que me la devuelva. Es un regalo.
—Se lo diré —respondió Elena con una sonrisa. De todas las amigas de Laura, Lola era la única que seguía manteniendo con ella la misma relación de siempre, a pesar de sus padres, de las demás amigas y del resto del mundo. Lola era ruidosa y despistada, pero leal. Y por ello Elena le estaba muy agradecida.
La observó con cariño mientras se alejaba corriendo tras los pasos de su madre y le deseó de todo corazón una vida larga y feliz.
En ese momento, oyó cómo las puertas traseras se abrían y los niños entraban en el coche. Mientras intentaban ponerse los cinturones y colocar las aparatosas mochilas en el poco espacio que quedaba, pidieron agua, la merienda, poner música, bajar las ventanillas… todo a la vez. Elena rio con ganas. Era el último día de cole y se sentía llena de energía y de felicidad.
Como un pulpo, satisfizo todas las peticiones y puso rumbo al centro comercial para comprar algunas cosas que necesitarían ese verano.
~
La sección de bañadores estaba abarrotada y las dependientes brillaban por su ausencia. Elena tuvo que ingeniárselas para buscar las tallas al mismo tiempo que lidiaba con el aburrimiento de Marcos, aunque para ser honestos, la que más ayudó en ese asunto fue Laura, que en seguida propuso distintos juegos para distraer a su hermano. Cumplía con su papel de hermana mayor a la perfección, y tanto Elena como Marcos podían contar con ella siempre. Era tan buena niña…
—Mamá —preguntó con precaución— ¿Podemos corretear?
—Pero siempre donde yo os vea —advirtió Elena—. Y sin molestar a nadie.
Los ojos se les iluminaron.
—¡Vamos! —gritó Marcos antes de salir corriendo.
Elena encontró la talla que buscaba y la metió en la cesta. Se acordó entonces de que Laura había perdido las gafas de bucear el verano pasado, y necesitaría unas nuevas. Y quizá también un par de chanclas. Y Marcos también, el pie le había crecido mucho durante el curso.
De pronto levantó la cabeza y miró alrededor. ¿Dónde estaban los niños?
Intentando mantener la calma, se asomó detrás de un par de maniquís de burros con camisetas, pero no estaban allí. Se puso de puntillas y oteó por la sección infantil hasta donde alcanzaba su vista. Estaba repleto de gente, pero ni rastro de Laura y Marcos. Comenzó a caminar nerviosa mirando por todas partes. Había demasiadas luces, demasiados niños, demasiados estímulos. Empezó a notar un vacío que crecía en su estómago y soltó las prendas que llevaba en el primer mostrador que encontró. Llamó a sus hijos en voz alta y algunas personas se volvieron a mirarla para, acto seguido, echar un vistazo alrededor, en parte buscando a unos niños que no conocían, en parte para asegurarse de que los suyos estaban controlados.
Una dependiente se le acercó.
—¿Puedo ayudarle? —preguntó solícita.
Elena se volvió hacia ella, con los ojos desorbitados y el terror aferrándose a su garganta como una garra que apretaba sin piedad.
—No encuentro a mis hijos —dijo con la voz rota.
La dependiente reaccionó en seguida e hizo un gesto a un agente de seguridad que estaba junto a las escaleras mecánicas. El hombre se acercó corriendo.
—No encuentra a sus hijos —explicó la dependiente con empatía.
Comenzaron a hacerle preguntas. Elena intentaba escucharlos, pero un pitido insistente le atenazaba los oídos. Sacó su móvil y enseñó una foto de los niños, al tiempo que seguía mirando por todas partes. Les dijo sus nombres, su edad, describió los uniformes...
—¿Pueden cerrar las puertas del centro comercial? —preguntó angustiada. El empleado de seguridad usó su walkie-talkie para comunicarse con un superior e informar de la desaparición.
Se los podría haber llevado alguien. Si les habían metido en un coche a la fuerza, ahora podrían estar muy lejos de allí. Se los imaginó muertos de miedo en el asiento trasero del vehículo de un desconocido, Marcos llorando mientras le llamaba, Laura muda de terror. Quizá les haría daño, quizá abusase de ellos, quizá…
Cayó al suelo, derrumbada, hecha un mar de lágrimas. La dependiente se agachó y pidió a gritos una silla.
—Por favor, señora —dijo con preocupación—, ya verá como aparecen, estarán en algún probador, lo mismo se han perdido. Seguridad les está buscando, seguro que los encuentran…