Relatos Orbitales EL RENEGADO #2
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EL RENEGADO #2

—Sí —respondió—. Porque tengo que hacer cosas.

«Y porque no puedo dormir con vosotros». En una ocasión casi se quedó dormida con ellos y no fue agradable. Por suerte, los niños ya sabían que cuando su día terminaba, el de Elena comenzaba. Lavadoras, plancha, preparar la comida del día siguiente, recoger la cocina y, si tenía tiempo, quizá leer un libro o ver una serie. Nada sesudo ni importante. La cuestión era vaciar el cerebro, en lugar de llenarlo.

Esperó los cinco minutos de rigor, dio un beso a cada uno y salió de la habitación. Cuando los niños se dormían, la casa se quedaba en completo silencio. Ya no tenía marido ni perro, así que normalmente escuchaba podcast mientras hacía las tareas, porque la ausencia de ruido le pesaba más profundamente en las últimas semanas. Además, todas las esquinas, estanterías y recovecos tenían sombras que su cerebro se encargaba de llenar con las imágenes más espantosas, si no lo distraía con otros estímulos.

La alarma del móvil sonó y se sobresaltó, quedándose petrificada en mitad del pasillo iluminado por la luz mortecina que llegaba de la cocina. El corazón acelerado, un cosquilleo en la espalda, las piernas ausentes. No quería que los niños se despertasen. Era muy importante que continuaran dormidos.

Se quitó los auriculares y aguzó el oído. Nada.

Con cuidado, fue hasta el salón y levantó el aparato.

«Cita Dra. García», rezaba el mensaje de la pantalla.

El nerviosismo dio paso al hastío. No se acordaba de que tenía cita al día siguiente, pero eso le estropeó lo que quedaba de noche. Nunca le había gustado la doctora García, por muy recomendada que estuviese. Sentía que no la comprendía, y si no la comprendía, ¿cómo iba a tratarla?

Es más, ¿por qué seguía con la terapia? Elena era feliz ahora, y no le importaba lo que pensasen los demás. No hacía daño a nadie.

Culpó a Rafa. Él había insistido en que fuese a su consulta cuando le contó todo. Pensó que se alegraría por ella, pero en cambio la traicionó. Con esos amargos pensamientos, terminó sus tareas y se acostó.

~

Elena notó el cuerpo frío. Ya no estaba en su cama, estaba en la carretera. Llovía con fuerza. Notaba cómo le caían las gotas por el pelo y resbalaban por toda su figura hasta sus pies descalzos. Estaba consciente, conocía el escenario. Era el mismo lugar que visitaba prácticamente todas las noches: el coche volcado que la miraba con el único faro que funcionaba encendido, como guiñándole un ojo; los diminutos trozos de cristal que bañaban el asfalto; las nubes de un cielo sin luna, iluminadas por un relámpago aquí y allá.

Se vio las manos cortadas, las ropas ensangrentadas. Un líquido caliente que conocía bien se derramaba por su frente.

El interior del coche estaba oscuro, pero la llamaba. No obstante, sabía que no podía ir. Ya había aprendido a controlar sus sueños, y había otro lugar que le encantaba visitar. Se dio la vuelta para marcharse, cuando una voz la llamó.

«¿Mamá?».

Elena paró en seco. Conocía bien ese tono. Pronto se le sumó otra, también muy conocida

«¡Mamá!».

Resistió el impulso de darse la vuelta.

Las voces sonaron entonces en un susurro, pero mucho más cerca.

«Mamá».

Noto el roce de una mano en la mejilla y abrió los ojos. Dio un respingo y se incorporó, pegando su cuerpo al cabecero.

Laura estaba al lado de su cama. Tenía el cuello completamente torcido, con la cabeza inclinada sobre el hombro. De la base del cuello sobresalía la punta del hueso de la columna vertebral, que atravesaba la carne como los dientes atraviesan las encías. Sus ojos estaban semiabiertos, pero sólo se veía la escle rótica. Los labios tenían un color violáceo y estaban ligeramente curvados hacia abajo.

Con el corazón palpitándole en las sienes, Elena divisó una segunda figura a los pies de la cama. Toda la parte derecha de la cabeza de Marcos era un amasijo de carne y sangre. La masa encefálica resbalaba perezosamente hasta el hombro. El único ojo que le quedaba permanecía cerrado. Estiró el brazo hacia ella y de su boca salió una única palabra.

—Mamá.

Elena cerró los ojos con fuerza. No podía ni gritar. Hizo un esfuerzo sobrehumano para llevar su mente al otro sitio. A la cabaña de madera en el bosque, donde siempre era otoño, siempre era de día y siempre olía a chimenea. Sentía cómo el miedo, pegajoso y atrayente, intentaba sacarla de allí, pero Elena se aferró a la imagen de sus hijos sentados en el sillón frente a la ventana, viendo caer las hojas doradas de los árboles. Cuando tuvo el escenario fijado en su mente, abrió de nuevo los ojos.

Laura seguía junto a su cama, pero volvía a ser la de siempre, con su mirada vivaracha y las mejillas sonrosadas. A los pies, Marcos parecía somnoliento, el cuerpecillo enfundado en el pijama y el pelo revuelto, porque nunca paraba quieto en la cama.

—¿Qué pasa cielo? —preguntó Elena haciendo acopio de toda la calma que pudo— ¿Os he despertado?

Laura asintió.

—No nos gusta ese sitio, mamá —respondió con voz quebrada—. Nos da mucho miedo. Queremos estar en la cabaña.

Elena asintió.

—A mí también me gusta la cabaña. Lo siento mucho, me he entretenido demasiado en ese otro sitio tan feo que no nos gusta a ninguno —se levantó de la cama, dispuesta a acompañarlos de vuelta a su habitación—. Pero cada vez lo hago mejor… Creo que pronto no tendré que pasar por allí nunca más.

Les condujo hasta su habitación y volvió a besarles en la frente.

—Dulces sueños —dijo antes de salir.

No volvió a dormirse.

~

«Un día más de cole y se acabó» pensó Elena mientras observaba cómo cerraban la verja del patio. Los niños rezagados se apresuraban a entrar por el lado que aún permanecía abierto, mientras los padres corrían de vuelta a sus vehículos para enfrentarse al tráfico matutino y llegar a tiempo a la oficina.

Caminó hasta la cafetería más próxima al colegio, disfrutando del aire fresco, que mecía las hojas de los árboles con suavidad. Todavía no había empezado a hacer calor de verdad y se podía pasear por las mañanas y al atardecer. En unos pocos días un sol asfixiante tomaría la ciudad, convirtiendo las aceras en planchas y el asfalto en un horno. Pero ella ya estaría lejos de allí.

Se sentó en una mesa y pidió un té. Tenía ganas de ver a Cris, era la única de sus amigas que seguía tratándole como una persona normal. Sacó un espejito para ponerse un poco de pintalabios. Observó su reflejo y le costó reconocerse. Tenía las ojeras muy marcadas por la falta de sueño, algo que ni siquiera el maquillaje podía disimular y ella ya ni se molestaba en ponérselo. Estaba más delgada y se le marcaban los pómulos. Pero sin duda lo más llamativo era la cicatriz que cruzaba su frente por completo, de izquierda a derecha. Elena la odiaba, no porque fuese fea o porque provocase que la gente mirara con disimulo en el metro, preguntándose qué le habría pasado, sino porque era un recordatorio constante de aquella noche.

Un golpecito en el cristal de la ventana la devolvió al presente. Cris sonreía desde el otro lado. Con paso resuelto, entró en la cafetería saludando a las camareras con una alegría casi contagiosa y se inclinó para darle un beso.

—Tía, esto está en el culo del mundo —resopló mientras se dejaba caer en la silla frente a Elena.

Se rio. Para Cris, cualquier cosa que se alejase más de un kilómetro de la calle Fuencarral era el culo del mundo.

—Lo digo en serio, no sé cómo podéis vivir los del extrarradio.

Elena se encogió de hombros.

—Tenemos todo lo que necesitamos.

—Para aburriros muchísimo —terció Cris con un guiño, y ambas volvieron a reír.

La camarera les tomó la comanda y volvió al rato con el café de Cris y un croissant a la plancha para cada una. Hablaron de cosas insustanciales, del viaje a Grecia que estaba organizando Cris para ese verano con el novio de ese verano, de que las niñas de Instagram cada vez se pinchaban ácido hialurónico antes y del último libro que ambas habían leído, y que había resultado ser un tostón.

No hablaron de los niños. Cris era soltera y Elena nunca fue una de esas madres pesadas que sólo hablan de sus hijos. Para ella era completamente natural que Laura y Marcos no formasen parte de la conversación cuando quedaba con Cris.

Un recordatorio saltó en el móvil de Elena y la pantalla se iluminó. Mostraba una foto de Rafa, ella y los niños, todos vestidos con ropas de nieve, posando bajo la línea azul que marca el Círculo Polar. Al verla, le pareció que había pasado un siglo desde que habían tomado la fotografía, pero no era así.

Cris bajó la mirada hacia la pantalla un instante y Elena bloqueó el dispositivo.

—¿Cómo llevas lo de Rafa? —preguntó al fin tras unos segundos de silencio.

—Bien —respondió tan rápido que le sonó antinatural—. Quiero decir…

¿Qué quería decir?

Echaba de menos a Rafa, pero al que había conocido hace años. Al Rafa que era leal, que la comprendía, que adivinaba sus pensamientos con solo mirarla. El Rafa que le sonreía cómplice cuando escuchaban a uno de sus hijos diciendo algo gracioso en el coche, o el que la abrazaba en momentos de absoluto agotamiento, cuando la vida de ambos se reducía a cambiar pañales, hacer purés, poner termómetros o intentar que ningún niño se tragase la plastilina.

Echaba de menos al Rafa de la foto.

—A veces estoy triste —reconoció con sinceridad. No necesitaba mentir a Cris—. Pero supongo que es normal.

Su amiga extendió el brazo apoyando la mano sobre la suya.

—Pues claro que sí —respondió contundente—. En esta sociedad nos venden que tenemos que estar siempre muy bien y, si no, al psicólogo. Como si experimentar la tristeza no fuese algo natural. Los chavales están que se les sale la dopamina por las orejas. Nadie se para a reflexionar sobre sus sentimientos y eso acaba pasando factura —terminó su disertación y apuró su café—. Pero en fin, ¿te apañas bien en casa sola?