EL RENEGADO
Del Coronel Kurtz
Género litario: Ciencia ficción humanista
Saltó del duro camastro, se arrojó al gélido suelo de metal y, como hacía cuando no quería pensar, comenzó a hacer flexiones.
Como ranger y francotirador de las Fuerzas de Autodefensa del Frente Norte, había matado a aquellos belicosos bípedos con las mismas ganas con las que un sediento bebe un vaso de agua fresca. Los esperaba en los alrededores de sus precarios campamentos, los seguía cuando salían a patrullar en grupos de ocho y, aprovechando su superior conocimiento del terreno, los emboscaba y liquidaba.
Eran seres organizados e inteligentes, aunque no mucho más que la fiel mascota que había dejado protegiendo a su mujer e hijas, y eso hacía que le resultase sencillo darles muerte. Centraba la mira sobre la cabeza de uno, apretaba el gatillo y, cuando se desplomaba sin vida, pasaba al siguiente. Así había sido desde que llegaron a su mundo desde otro, según se decía, también azul y hermoso. Pero todo cambió aquel aciago día.
La patrulla enemiga salió en mitad de la noche usando un sistema de camuflaje que ni había visto antes, ni figuraba en ningún informe. Era un dispositivo ingenioso y, si consiguió captar la casi imperceptible huella que dejaban, fue gracias a su novísimo visor RT7. Recopilar información para Inteligencia pasó a ser lo más importante, así que, en lugar de matarlos a las primeras de cambio, los siguió de cerca y estudió con sumo cuidado hasta que acamparon. Fue entonces cuando lo escuchó por primera vez y, en cuanto lo hizo, supo que ya no podría arrebatarles la vida.
A su regreso, afirmó que no daría muerte a más invasores y trató de explicar el motivo, pero ninguna de las lenguas de su mundo tenía palabras para definir aquel hipnótico sonido que solo se entendía escuchándolo. Se le acusó de cobardía y traición y lo encerraron en aquella celda hasta que se celebrase su juicio marcial.
Se levantó, pateó con furia la bandeja con comida que acababan de dejarle y maldijo a sus enemigos, los humanos, por crear ese conmovedor sonido al que habían llamado música.
«La música es el único camino hacia lo trascendente»
Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)
¿DÓNDE ESTÁN LOS NIÑOS?
De Elia Míriel
Género literario: Terror dramático
La puerta del garaje emitió un chirrido que sobresaltó a Elena. Aunque todavía estaban en junio, el calor afectaba a los cierres de hierro y tardó un par de minutos en echar la llave. Tendría que hablar con el presidente de la comunidad, el portón cada vez estaba peor y cualquier día no conseguirían cerrarlo, dejando los vehículos desprotegidos.
Entró en el portal y lo encontró vacío. ¿Dónde estaban los niños?
—¿Laura? —llamó—. ¿Marcos?
Silencio. Se asomó detrás de la escalera, pues a veces solían esconderse allí con el propósito de asustarla. Elena se asomaba, gritaban «¡buuuu!» al unísono, ella fingía sobresaltarse y se partían de risa.
La sonrisa se le congeló en la cara al ver el hueco vacío. Ni niños, ni mochilas. ¿Dónde estaban?
Salió a la calle mientras el estómago se le encogía. Se plantó en mitad de la acera. Notó el calor y el olor característico que flotaba en el aire cuando se acercaba el verano, pero no había rastro de sus hijos.
«No pueden haber salido, los habría visto» se dijo, cada vez más nerviosa. De pronto le pareció que el suelo se expandía, que los edificios se elevaban aún más hacia el cielo. Sintió que el mundo era muy grande y sus niños muy pequeños.
Volvió a entrar. No había hecho nada diferente: todas las tardes al volver del colegio, les dejaba dentro del portal esperando con sus mochilas, mientras ella metía el coche en el garaje. Se aseguraba de dejar la puerta cerrada para que no entrara nadie.
— ¡¿Laura?! —gritó esta vez—. ¡¿Marcos?!
«No pueden haber salido» se repitió, y un pensamiento tétrico comenzó a fraguarse en su mente. Antes de poder aludir al sentido común, la noticia de la niña que, mientras bajaba las escaleras de casa de sus abuelos fue secuestrada por un vecino, violada y asesinada, le golpeó en la boca del estómago, dejándole sin aliento.
Había ocurrido hacía más de diez años, pero la dejó trastocada para siempre, como cada cosa terrible que leía en los periódicos y que añadía un nuevo punto a su lista de cosas que tener en consideración para no morir antes de tiempo.
«Se los ha llevado algún vecino» dijo una voz en su cabeza mientras echaba a correr por las escaleras y continuaba gritando el nombre de sus hijos.
Oyó que Berta, la anciana del bajo, abría la puerta alertada por los gritos.
—Elena —dijo turbada, las cejas fruncidas en una expresión de preocupación—, Elena ¿estás bien?
Bajó los peldaños rápidamente, ya estaba casi en el primer piso.
— ¡Berta! —exclamó cuando llegó ante ella—. No encuentro a los niños. ¿Están en tu casa?
La anciana negó con la cabeza. Sus ojos estaban llenos de tristeza. Comprensible, puesto que Laura y Marcos habían desaparecido. Elena echó un vistazo con disimulo al interior de la vivienda, pero descartó la idea. Berta tenía más de setenta años, era improbable que hubiese podido retener a sus hijos a la fuerza. Si les tuviera encerrados en la habitación, los oiría.
«Pero qué digo. Berta es una buena mujer. Nunca haría daño a los niños».
¿Y si los tenía el vecino del primero? Levantó la vista hacia el hueco de la escalera. Ellos eran alquilados, aunque llevaban ya dos años allí. ¿Los conocía realmente?
¿Llegaba alguien a conocer realmente a sus vecinos?
Berta la sacó de sus pensamientos.
— Elena, ¿quieres que llame a alguien? —preguntó con dulzura mientras apoyaba la mano en su brazo—. ¿Te apetece un poco de agua?
Elena la miró sin comprender.
—Lo que quiero es encontrar a mis hijos —respondió confundida—. ¡Laura! —gritó de nuevo—. ¡Marcos!
—¡Aquí mamá! —llegó una voz infantil desde el segundo piso. Elena asomó la cabeza por el hueco de la escalera y vio sus caritas asomadas a la barandilla, con expresión culpable.
«Gracias a Dios» . Elena suspiró y los nervios dieron paso poco a poco al enfado.
¿Cómo se les ocurría asustarle de aquella manera? Les iba a caer una buena.
Se volvió hacia Berta, que seguía en el umbral, y le dirigió una sonrisa tranquilizadora.
—Perdona por haberte asustado —dijo mucho más tranquila y correspondiendo a su apretón de mano—. Muchas gracias por todo, Berta.
—De acuerdo —respondió la anciana, todavía con tristeza en la mirada—. Ya sabes que estoy aquí si necesitas algo.
Elena asintió y comenzó a subir los escalones de dos en dos hasta su casa. Cuando llegó al rellano, cuatro enormes ojos marrones la miraban con expresión culpable.
— ¿Se puede saber en qué estabais pensando? —rugió—. Me habéis dado un susto de muerte.
El pequeño Marcos, de tan solo seis años, se sujetó con fuerza la zona de la bragueta del pantalón y comenzó a dar saltitos.
—Es que tenía pis —se justificó.
—¡Pues vamos, vamos! —respondió Elena abriendo la puerta a toda velocidad y dejándole pasar primero. Marcos dejó la mochila tirada en el suelo y se dirigió al baño a toda velocidad. Elena le oyó abrir la tapa con gran estruendo y después escuchó el inconfundible sonido de cascada. Se volvió hacia Laura, muy seria—. Cariño, sabes que esas bromas no me gustan. Lo paso muy mal y además he asustado a Berta. Los vecinos van a pensar que estoy loca si me oyen dando voces por el portal.
—Lo siento, mamá —Laura bajó la vista al suelo y le abrazó la cintura. Era muy alta para tener ocho años. A Elena le impresionaba lo rápido que crecían.
«No han sido ellos» se dijo «Es esa estúpida medicación».
—Vale cariño, no pasa nada —la tranquilizó mientras le devolvía el abrazo, sintiéndose culpable. Eran buenos niños. Aspiró el aroma del pelo de su hija y el alivio que sintió en ese momento tras la angustia de no encontrarles le invadió por completo—. Ve a hacer los deberes y dile a Marcos que lea un cuento mientras yo pongo la lavadora y preparo la cena. Si lo hacéis todo rápido y os portáis bien, podemos ver la tele en mi cuarto antes de dormir.
Laura chilló entusiasmada y salió corriendo para contarle la buena noticia a su hermano. Elena sonrió. Quedaba muy poco para que acabase el colegio, y con eso el fin de los horarios, los deberes y las prisas. Cuando ellos terminaban el curso, Elena también se sentía un poco como de vacaciones. Y ese año, con el teletrabajo a tiempo completo, sería todo mucho más fácil.
La tarde siguió su rutina habitual: baños, pijama y cena. Elena se sentó con ellos en el comedor y escuchó sus historias del colegio. Eran siempre las mismas, pero no le importaba. Cuando terminaron, les mandó a lavarse los dientes y cenó las sobras. Últimamente ya no se preparaba nada para ella: con lo que dejaban los niños tenía suficiente. Cada vez comían menos, o tal vez calculaba mal las cantidades.
Cuando hubieron terminado todas sus tareas, los tres se metieron en la cama de Elena. A los niños les encantaba ver la tele en su habitación, disfrutando del ventilador de techo en verano y del calor del edredón en invierno. Como todos los niños, tenían una fascinación especial por meterse en la cama de sus padres, y ahora que Rafa se había marchado, los tres cabían perfectamente. Pero Elena tenía mucho cuidado de que no se durmiesen allí: era importante que pasaran la noche en su cama.
Dos episodios de su serie favorita más tarde, llegó la hora de dormir.
—¡Pero si aún es de día! —protestó Marcos señalando la ventana.
Laura sonrió mientras le cogía en brazos. Ya tenía seis años, pero seguía siendo muy mimoso.
—Eso es por el cambio de hora, pero son las nueve y media —explicó mientras le llevaba hasta su cama. Laura los siguió—. Y si no os acostáis ya, mañana estaréis… agotados.
Iba a decir otra cosa, pero se mordió la lengua.
—¿Y te vas a quedar un rato con nosotros? —preguntó esta vez Laura, mirándole con sus insondables ojos marrones mientras se acurrucaba con sus peluches.
Elena miró el reloj, indecisa.
—Me quedaré cinco minutos —dijo al fin —. Pero luego tengo que irme.
—¿Porque tienes que hacer cosas?