LA DERROTA #7
La estructura se agrietó de dentro hacia fuera, y la luz verdosa estalló en todas direcciones mientras el último nodo cedía al fin. Los conductos se vaciaron como venas abiertas, la energía dejó de fluir, y el latido… desapareció.
—…sistema desconectado…
La voz de Nyx llegó distorsionada, pero estable.
Lia no respondió.
A su espalda, un golpe seco rompió la quietud. Al girarse, lo vio: el robtot había caído de rodillas, con el cuerpo inclinado hacia un lado, como si una parte de él hubiera dejado de responder. Su visor parpadeaba de forma irregular, proyectando destellos débiles sobre la superficie viva que los rodeaba.
Pero no se había apagado.
—¡Nyx!
La chica corrió hacia él y se agachó a su lado.
—Aguanta.
A unos metros, los Antiguos permanecían inmóviles. Ya no había determinación en su postura ni control en sus movimientos. Algo en ellos se había quebrado de forma invisible. Sus cuerpos comenzaron a encorvarse, lentamente, como si el peso de los años que no habían vivido les cayera encima de golpe. Las manos, antes firmes, temblaban; la piel se tensaba y se hundía sobre los huesos.
Uno de ellos intentó avanzar, pero el gesto quedó incompleto, suspendido en mitad del movimiento. El tiempo, simplemente, lo había alcanzado. Sin violencia. Sin ruido.
Tras unos segundos de incertidumbre, el mundo se movió.
No fue un temblor, sino una corrección lenta, profunda, como si todo aquello hubiera estado mal colocado desde el principio y ahora, por fin, encontrara su posición real. La gravedad cambió de forma casi imperceptible, obligando a Lia a apoyar una mano en el suelo, que ya no se comportaba como suelo, mientras las paredes parecían deslizarse a su alrededor.
El latido regresó. Pero no era el mismo. Ya no marcaba un ritmo impuesto ni sostenía nada artificial. Era más lento, más profundo… y libre.
Arriba, muy por encima de ellos, la ciudad respondió. Las torres comenzaron a inclinarse, los conductos a romperse, y el vapor que durante años había cubierto cada rincón se detuvo poco a poco, como si alguien hubiera cerrado una válvula invisible.
En Alzado, las luces se apagaban una a una y los Antiguos dejaron de moverse. Algunos cayeron. Otros simplemente se quedaron quietos, incapaces de dar un paso más, atrapados en cuerpos que, de pronto, ya no les respondían. Su tiempo había vuelto.
Lia alzó la vista.
El espacio que la rodeaba ya no era el mismo. Se sentía más amplio, más abierto, como si por fin pudiera respirar.
—Nyx…
El autómata tardó en responder, y cuando lo hizo, su voz sonó más limpia que nunca… aunque más débil.
—…evento… iniciado…
La muchacha se acercó y lo sostuvo por el brazo que aún le quedaba. Notó la inestabilidad en su estructura, el peso mal compensado, el esfuerzo que le suponía mantenerse en pie.
—Vamos.
Nyx no respondió, pero se incorporó.
Algo se movía en lo más profundo. No era una sacudida, ni parecía una amenaza inmediata. Era un movimiento lento. Demasiado grande. Demasiado antiguo como para entenderlo en términos humanos.
—Está despertando…
El robot giró el visor hacia la oscuridad que se extendía bajo ellos.
—…no… está recordando…
El mundo volvió a inclinarse, esta vez con más claridad, como si algo enorme estuviera reajustando su posición bajo sus pies.
Llegó el primer paso. Enorme, lejano… y delicado. La ciudad no cayó. No se desmoronó ni se rompió como Lia habría esperado. En lugar de eso, se adaptó. Las estructuras cedieron donde tenían que ceder, resistieron donde podían hacerlo, y poco a poco se integraron en el movimiento, como si siempre hubieran formado parte de él.
La joven cerró los ojos un instante, sintiendo ese desplazamiento bajo sus pies, esa sensación imposible de estar avanzando sin moverse.
Cuando los abrió, el espacio a su alrededor había cambiado.
Se volvió hacia Nyx.
—Vámonos.
Pero no había huida en su voz. Solo… comienzo.
~
La metrópoli no cayó. Se movió sin rumbo. Un movimiento que se volvió constante, y, poco a poco, el mundo empezó a cambiar.
Lia se detuvo junto al androide en uno de los bordes elevados de la ciudad, ahora convertido en su lugar favorito. Un mirador improvisado desde donde se podía ver el horizonte que se abría ante ellos; el desierto, que durante toda su vida había parecido infinito, comenzaba a romperse en franjas de verde que se extendían como heridas que, por fin, estaban cicatrizando, y más allá, donde antes solo había vacío, se distinguían formas que no pertenecían a su mundo conocido: estructuras, otras ciudades, destellos de actividad, señales inequívocas de vida.
El aire era distinto allí arriba, más limpio, más amplio, como si también él hubiera sido liberado, y por un instante Lia comprendió que no solo habían despertado a la criatura, sino que habían devuelto algo al mundo que llevaba demasiado tiempo ausente. No dijo nada. No hacía falta.
A su lado, Nyx permaneció en silencio, mirando en la misma dirección, estable pese a los daños que la muchacha aún no había podido reparar.
Y mientras la urbe avanzaba sobre aquel cuerpo antiguo hacia un lugar que nunca habían imaginado, Lia tuvo la certeza de que, su mundo había cambiado para siempre.