Relatos Orbitales LA DERROTA #4
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LA DERROTA #4

Lia giró sobre sí misma alerta y miró hacia el otro extremo del pasillo. El sonido era tenue. Casi imperceptible.

Un ligero destello parpadeó al fondo del corredor. Una luz mortecina, irregular, que quebraba la oscuridad a intervalos.

No le gustaba la idea de pasar un minuto más en ese laberinto de pasillos. Pero si se marchaba ahora, nunca descubriría qué le había pasado a su padre

Se deslizó hacia ese lado, pegándose a la pared, como si en cualquier momento fueran a aparecer de nuevo los Antiguos.

El suelo cambió bajo sus pies. Dejó de ser perfectamente regular. Las superficies blancas, lisas, impecables se convirtieron en pequeñas imperfecciones, grietas finas, bordes que no encajaban del todo.

Aquella parte… no estaba mantenida. O había sido olvidada. Las paredes vibraban levemente como si ocultasen algo tras ellas.

El zumbido se convirtió en un chasquido intermitente.

Tic… tic… tic…

Lia frunció el ceño. Eso sí lo reconocía. Era mecánico. Familiar de alguna forma.

Avanzó unos pasos más, con el corazón golpeándole en el pecho.

El ruido provenía de una silueta a un lado del corredor. Al principio no lo entendió. Una forma encajada contra la pared, cubierta parcialmente por placas sueltas y polvo acumulado. Como si alguien hubiera intentado integrarla en la estructura… o esconderla.

Un soporte, un módulo, algunos restos. Pero algo no encajaba. Demasiado… articulado.

Lia se acercó despacio, agachándose hasta que lo tuvo a escasos centímetros.

Apartó con cuidado una de las placas desprendidas. Debajo había cables. No conductos. Cables. Y una estructura metálica con unas inscripciones y patrones grabados con delicadeza en la superficie.

No la reconoció inmediatamente, pero no tardó en fijarse en un logo muy parecido al que ella misma llevaba en su bolsa de herramientas.

Mantenimiento. Muy antiguo.

El tic se detuvo.

El silencio volvió de golpe.

Lia se quedó inmóvil, con la mano aún sobre la placa.

Durante un segundo pensó en marcharse. No tocar nada y salir de allí.

Pero entonces recordó el plano. Las anotaciones de su padre, y esa última frase.

«No queda tiempo».

Apretó los dientes y retiró la placa del todo.

El polvo cayó en pequeños fragmentos. Algo cedió en el interior con un chasquido.

Una chispa.

El visor se encendió. Una línea tenue de luz recorrió la superficie de un rostro mecánico.

Lia contuvo la respiración.

Otra chispa.

El zumbido regresó. Ahora más estable.

El autómata emitió un sonido seco, como si algo interno encajara en su sitio.

—…sis…tema…

La voz era irregular. Distorsionada.

—…re…ini…ciando…

Lia estaba paralizada por la emoción y el miedo.

El robot giró la cabeza con un movimiento lento, impreciso. Demasiado pesado. Como si cada gesto requiriera un esfuerzo enorme.

El visor parpadeó levemente y después se fijó en ella.

—…presencia… humana…

Un leve chasquido recorrió su estructura.

—…nivel… no autorizado…

El zumbido cambió de tono mientras estudiaba su alrededor.

—…inconsistencia…

Lia tragó saliva.

—Yo… —intentó decir, pero la voz no le salió.

La máquina inclinó ligeramente la cabeza. El gesto no era humano, pero tampoco era completamente mecánico.

—…no deberías… estar… aquí…

El visor se apagó momentáneamente. Luego, tras un pequeño chasquido interno, se volvió a encender.

—… ¿por qué… sigues… aquí? —dijo ladeando la cabeza.

Lia sintió un escalofrío. No por la pregunta. Sino por la forma en que la había expresado. Como si no fuera un protocolo. Como si… le importara.

Miró un instante hacia el pasillo por el que había venido.

Luego volvió a fijarse en el autómata.

—Yo… —respiró hondo—. Estoy buscando… Creo que mi padre descubrió algo. Y ahora… yo también lo he visto pero no sé qué es.

El visor emitió un leve destello.

—…confirmar…

—Hay algo abajo —dijo, casi en un susurro—. Algo vivo.

El zumbido se interrumpió.

Un silencio denso llenó el espacio entre ambos.

El autómata no respondió de inmediato.

—…dato… conocido…

Lia sintió que el mundo se detenía un segundo.

—¿Tu… lo sabes? ¿Sabes lo que es?

El autómata permaneció inmóvil.

Luego:

—…clasificado…

Un leve chasquido.

—…suprimiendo…

El visor parpadeó con más intensidad.

—…error… conflicto…

El sonido aumentó, irregular.

—…protocolo de contención…

—¿Contención? ¿De qué? —preguntó la chica dando un paso más, incapaz de reprimirse.

El autómata tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz era más grave.

—… de… entidad base…

El pulso de Lia se aceleró

—¿Te refieres a…?

—…estructura superior… la ciudad…

El latido volvió. Más fuerte. Más presente. Más cercano.

La muchacha miró allá del final del pasillo, como si pudiera intuir de donde procedía ese sonido. Después volvió su mirada al robot.

—Si lo sabes… —dijo, con la voz tensa—. Si sabes lo que es… tienes que ayudarme.

El visor emitió un destello tenue.

—…ayuda… no autorizada…

—No me importa —replicó Lia—. No debería estar aquí. Nadie debería…

Se interrumpió.

El autómata inclinó ligeramente la cabeza.

—…inconsistencia detectada…

El zumbido interno aumentó un instante. Luego descendió.

—…coincide…

Lia frunció el ceño.

—¿Con qué?

—…registro antiguo…intento de intervención…

El corazón de la joven dio un vuelco.

—¿Tú…?

—…fallido…

La luz volvió a parpadear.

—…protocolo de contención… prioridad máxima…

—¿Intentaste detenerlo?

El autómata se quedó estático. Como si todo en él se enfocara en contestar una pregunta tan simple.

—…sí…—dijo al cabo de un rato.

La palabra salió limpia. Sin interferencias. Con una tonalidad extrañamente triste.

La joven tardó en procesar toda la información.

—¿Y qué pasó?

El autómata no respondió de inmediato.

—…fui… desconectado…

—¿Porque lo descubriste? —pregunto horrorizada.

—…porque… no debía…

El visor se apagó un instante.

Cuando volvió a encenderse, había algo distinto en su luz.

Menos mecánico.

—…patrón repetido…

—¿Qué patrón?

—…tú…

El frío le trepó por la nuca.

—¿Yo qué?

—…misma variable…

—No entiendo.

El autómata la observó.

—…presencia… detectada… por la entidad…

El espacio pareció contraerse a su alrededor.

—…respuesta…

—¿Respuesta a qué?

Lia frunció el ceño. Nada encajaba. Cuanta más información recibía, menos sentido tenía todo. Y eso empezaba a inquietarla.

—…a ti…

El latido se intensificó.

La muchacha dio un paso atrás.

—Eso no puede ser…

—…puede…ya ocurrió…

Antes de que Lia pudiera responder, un sonido la devolvió a la realidad.

Seco. Metálico.

Ambos se giraron al mismo tiempo.

Al fondo del pasillo, una compuerta se abrió. Y aparecieron dos figuras altas.

—Sujeto localizado —dijo una de ellas.

Lia se quedó paralizada.

—No… —susurró.

—Nivel inferior comprometido —añadió la otra—. Comenzamos el traslado.

Se movieron al unísono, sin prisa, sin duda. Como si dispusieran de todo el tiempo del mundo.

El autómata no reaccionó.

—¡Haz algo! —suplicó Lia.

El robot la miró. La luz de su visor se intensificó un instante, como si algo luchara por salir a la superficie. Luego volvió a apagarse.

—…protocolo…

—¡No me hables de protocolos!

Los Antiguos estaban ya a pocos metros. Uno de ellos extendió la mano. No fue un gesto brusco, pero sí preciso.

Lia intentó retroceder. No llegó a dar dos pasos cuando un impulso seco la golpeó. Como un campo invisible.

Su cuerpo se tensó y cayó de rodillas.

—¡No!

El autómata intentó incorporarse. Torpe. Pesado. Como si la pared lo retuviera.

—…interferencia… no autorizada…

—Retírate —ordenó una de las figuras, sin mirarlo siquiera.

El visor parpadeó y se detuvo en seco.

—…conflicto…

—Es una unidad obsoleta —dijo la otra mientras se agachaba a observar el amasijo de cables y circuitos—. Nos la llevamos también.

Las manos de Lia temblaban sin control. El aire no le llegaba.

—El sujeto está preparado para el traslado a Alzado —dijo la primera voz, sin apartar la mirada de la chica.

—Bien. Androide, síguenos— ordenó mientras se ponían en marcha.

Lia fue arrastrada detrás de ellos sin tocar el suelo. El androide, en cambio, caminaba a su lado como si cada paso le costara un gran esfuerzo.

Todos los pasillos parecían iguales, pero los dos Antiguos se orientaban sin dudar.

Después de un rato, llegaron a una sala enorme. El espacio se abrió a su alrededor y el techo desapareció en la distancia. En el centro había un gran ascensor. Antiguo y nuevo a la vez, como todo en aquel lugar.

Las puertas se abrieron silenciosas.

—¡Soltadme! —gritó Lia mientras cruzaba el umbral de la cabina.

Nadie respondió.

Sus captores entraron tras ella, seguidos del autómata, que la observaba atentamente.

—…conflicto…

Los Antiguos miraron al robot sorprendidos. Este permaneció inmóvil como Lia le había visto hacer antes.

Un segundo.

Dos.

Entonces el robot se movió. No como antes. No torpe, ni lento. Decidido.

Un golpe seco lanzó a uno de los Antiguos contra la pared metálica.

El segundo se giró hacia él. Demasiado tarde.

Antes de poder reaccionar, el autómata lo había alzado del suelo estrellándolo contra el techo y dejándolo caer, aturdido.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Los brazos metálicos de la máquina se abrazaron a Lia, arrastrándola con un movimiento ágil fuera del ascensor.

Entonces, una mano surgió desde el interior. Uno de los Antiguos aún seguía en pie y no tenía intención de dejarles ir.

Sus dedos se clavaron en el hombro de Lia, que gimió de dolor.

El autómata no dudó. Se giró y le sujetó el antebrazo con fuerza, obligándole a soltarla. Avanzó unos pasos, forzándolo de vuelta al interior, e interpuso su propio brazo entre las puertas metálicas de la cabina.

—…bloqueo…

El Antiguo trato de zafarse en vano.

El metal crujió cuando encontró la resistencia del brazo articulado. Pero finalmente las hojas cedieron y se cerraron de golpe dejándolo atrapado entre ambas.

Un segundo después, el ascensor comenzó a ascender.

El impacto resonó en toda la sala y el cuerpo del autómata se sacudió con violencia cuando el brazo fue arrancado de cuajo, dejando un chorro de chispas y cables desgarrados.

Lia levantó la vista, aun temblando, viendo cómo la cabina atravesaba,ç lo que debía ser la base de Planta y desaparecía. Luego observó a su acompañante.