Relatos Orbitales LA DERROTA #3
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LA DERROTA #3

—No han dicho el motivo. Solo querían saber si habías vuelto al trabajo hoy.

Lia miró hacia el interior de la casa. La silla de la cocina seguía fuera de sitio.

—No —dijo al fin.

Volvió a mirar el plano colgado en la pared.

—Hoy no.

El vecino asintió, aliviado de tener una respuesta sencilla.

—Bueno… supongo que lo entenderán.

Se hizo un silencio breve. Marco dudó una vez más.

—Oye… —dijo azorado—. Si necesitas algo…

No terminó la frase. Nadie sabía muy bien qué se decía en esos casos.

—Lo sé. —Dijo distraída. —Gracias.

Ni siquiera recordaba haberse despedido cuando cerró la puerta.

El silencio regresó de inmediato.

Lia seguía concentrada en el plano. Lo descolgó de la pared y lo sacó del marco. Luego miró la bolsa de herramientas apoyada junto a la entrada.

La ciudad respiraba al otro lado de las paredes. Vapor. Metal. Sirenas.

Todo seguía funcionando como si nada hubiera cambiado. Pero algo sí había cambiado. Su padre había envejecido veinte años en una tarde.

Y antes de morir había dicho una cosa muy concreta.

El cráter.

Lia tomó la bolsa, guardó el plano dentro y se la colgó del hombro.

Al salir de casa, el vapor de la Planta la envolvió de inmediato, como un abrazo que no ofrecía consuelo.

Esta vez no tomó la pasarela principal. Giró hacia el corredor lateral. Hacia la compuerta oxidada. Hacia el lugar donde la ciudad parecía más antigua que el tiempo mismo.

Mientras empujaba el metal pesado, recordó la frase que había oído tantas veces en los talleres.

Míralo de perfil.

La compuerta se abrió con el mismo gemido metálico del día anterior.

La chica estuvo a punto de darse la vuelta y olvidarlo todo. Miró a ambos lados, luego de nuevo al pasillo. Respiró hondo.

Y descendió.

~

El aire cambió en cuanto dejó atrás la compuerta. Más frío. Más seco. El sonido de la ciudad se desvaneció poco a poco, sustituido por un silencio extraño, casi opresivo.

Bajó con cuidado, apoyando una mano en la pared. La superficie ya no estaba caliente. Tampoco vibraba como arriba.

Tras varios tramos de pasillos blancos y limpios, encontró unas rampas de escalones que bajaban. Las tomó y descendió durante largo rato. Finalmente, el espacio se abrió ante ella y le permitió ver el final de la escalera.

Una vez abajo, se detuvo en seco.

No era solo lo que veía. Era el suelo. Bajó la vista despacio. No había placas. Ni rejillas. Ni uniones de metal. Era… irregular.

Se agachó con cautela, como si aquello pudiera romperse o reaccionar a su contacto. Dudó un instante antes de apoyar la mano.

La superficie no era fría ni lisa. Era áspera, granulada, viva de una forma que no sabía explicar.

Apartó la mano un segundo, confundida, y volvió a tocar. Esta vez presionó un poco más. Notó pequeñas variaciones bajo la piel, imperfecciones, diminutas aristas que no seguían ningún patrón.

Aquello… estaba allí antes que la ciudad.

Se llevó los dedos a la yema del pulgar, como comprobando que seguían siendo suyos.

Había polvo. Polvo real. No hollín, ni grasa de maquinaria.

Tierra y roca.

Lia se quedó inmóvil, con la respiración contenida, como si aquel descubrimiento fuera incluso más inquietante que la oscuridad que la rodeaba.

Nunca había tocado algo así. Nunca había tocado nada que no perteneciera a la ciudad.

Alzó la vista lentamente.

Ante ella se extendía una cavidad inmensa, demasiado grande y demasiado oscura para distinguir nada más allá del umbral. La roca desaparecía en la negrura absoluta.

La joven no se atrevía a entrar. Miró hacia arriba buscando algo familiar que la reconfortara. La plataforma de metal que formaba la base de la metrópoli se extendía sobre su cabeza como una ciudad invertida, con pequeñas fugas de luz repartidas por la superficie.

Entonces algo llamó su atención. Un fulgor verdoso, muy débil, que surgía de lo más profundo de la caverna.

Armándose de valor, Lia dio un paso al frente. Luego otro.

La necesidad de encontrar respuestas era más poderosa que el miedo que atenazaba sus piernas.

El destello verde había desaparecido poco después de que ella empezara a caminar, pero estaba decidida. Debía descubrir de dónde venía.

Caminó a tientas durante lo que se le hizo una eternidad. El silencio y la falta total de luz eran asfixiantes.

Cuando al fin llegó al fondo y tocó la pared, se quedó paralizada.

No era roca. Estaba húmeda, viscosa y caliente. No reconocía el material, pero tampoco hubiera reconocido el suelo de roca si no lo hubiera visto con sus propios ojos. Era una masa curvada, irregular.

Entonces el fulgor volvió a iluminar la caverna. No había una fuente concreta. Era como si de la estructura que tenía delante emanara luz a lo largo de toda su superficie.

Demasiado grande para abarcarla con la vista, durante un segundo, su mente intentó encajarlo como una estructura más. Un depósito. Un núcleo. Algún tipo de maquinaria antigua.

Pero no había líneas rectas. No había juntas. No había lógica. Solo un terreno que parecía… vivo.

El pulso sonó de nuevo. Esta vez mucho más cerca. Lia dio un paso atrás. El suelo se tensó ligeramente. Un pliegue recorrió aquella masa colosal, como un músculo que se contrae bajo la piel. Muy despacio. Muy leve. Pero inconfundible.

Algo se abrió ante la muchacha, no del todo, solo una hendidura oscura y profunda.

Tardó un instante en comprender qué era. Entonces dejó de respirar.

Un ojo, descomunal y antiguo. Mirándola fijamente.

El mundo dejó de tener sentido.

Lia retrocedió de golpe, tropezó con un saliente de roca que casi le hace perder el equilibrio. No dudó un segundo más. Salió corriendo sin pensar. El aire le quemaba los pulmones, los pasos resonaban en los conductos y el pulso… el pulso parecía seguirla.

Giró sin mirar. Subió por escaleras que no recordaba haber visto. Cruzó pasillos estrechos, bifurcaciones, puertas entreabiertas.

Hasta que el silencio volvió de golpe.

Demasiado silencio.

Se detuvo.

Sus piernas le fallaron y se dejó caer al suelo. Su respiración era lo único que se oía. Se sentía mareada. Desorientada. Como si en cualquier momento fuera a despertar de una pesadilla.

Unas voces rompieron el silencio.

Lejanas. Pero claras. Acercándose.

—…no debería haber nadie en este nivel. —dijo una de ellas.

Se agachó instintivamente, buscando refugio tras una estructura metálica. Apenas se atrevía a respirar.

Los pasos eran firmes. Medidos.

No eran trabajadores de Planta.

—Revisad los accesos —dijo otra voz—. Si ha bajado alguien, hay que encontrarlo rápido.

—Antiguos. —Pensó Lia.

Cerró los ojos con fuerza. Notaba el latido en el pecho, descontrolado.

Los pasos se acercaron. Se detuvieron un instante eterno en el que Lia pensó que la habían descubierto. Tampoco estaba segura de qué pasaría si lo hicieran, pero algo le decía que no era bienvenida en ese lugar. Después, continuaron la marcha.

El eco se fue perdiendo poco a poco, hasta desaparecer.

La joven no se atrevió a moverse durante un rato. No sabía cuánto tiempo había pasado. El silencio seguía allí. Pesado. Inquietante.

Tenía que regresar. Se incorporó despacio y miró a su alrededor.

No reconocía nada. No había señales ni marcas que indicaran qué camino seguir ni ninguna salida cercana. Solo pasillos. Todos iguales.

El miedo volvió, más frío esta vez. Se llevó una mano al pecho, intentando calmarse.

—Piensa… Respira.

Entonces recordó el plano.

Se arrodilló y dejó la bolsa en el suelo. La abrió con manos temblorosas y sacó el papel doblado.

Lo extendió como pudo, buscando alguna referencia, algún punto reconocible.

Algo le llamó la atención. Unas marcas traspasaban el papel. Le dio la vuelta.

El reverso estaba lleno de anotaciones. Eran de su padre. Reconoció su letra al instante.

Se inclinó sobre el plano y empezó a leer.

No era un texto ordenado. Eran apuntes, escritos a distintas alturas, algunos tachados, otros rodeados varias veces.

Como si hubiera ido escribiendo a medida que entendía.

«Los conductos no son solo transporte (conectan con algo más abajo)».

«No aparece en planos oficiales. ¿Por qué lo ocultan?».

Más abajo:

«No es una máquina. Seguro».

Lia tragó saliva.

Siguió leyendo.

«Latido constante. No es mecánico».

«Responde a la presencia?? (Comprobar)».

Había un espacio, como si hubiera dudado antes de seguir.

Luego:

«La guerra contra los mágicos… no acabó con todo».

«Encontraron el modo de usar su poder».

«¿Criaturas? ¿Entidades? (No estoy seguro del término)».

La tinta se volvía más irregular en esa parte.

«No se pueden destruir (solo contener)».

«¿La ciudad = sistema de contención?»

Lia apretó el plano sin darse cuenta.

Su mirada cayó en una anotación más abajo, escrita con trazo más tembloroso:

«La energía… no viene de las máquinas».

«Sale de nosotros».

El aire se le quedó atrapado en el pecho.

Siguió leyendo, casi sin querer.

«Los Antiguos lo saben».

«Nos usan».

«Cada vez necesitan más».

Había una última frase, separada del resto.

Más grande. Más firme, a pesar del pulso inestable.

Como si hubiera sido lo último que escribió.

«No está dormido».

Debajo, casi añadido después, en un espacio más pequeño:

«No queda tiempo».

~

Lia levantó la vista lentamente. El silencio ya no era el mismo; lo sintió en la piel antes de entenderlo.

El espacio a su alrededor parecía tensarse, como si algo invisible la observara.

Se incorporó despacio, sin apartar la vista del pasillo. Decidió ponerse en marcha y salir de aquel lugar lo antes posible. Dio un último vistazo al plano. Dudó un instante. Luego lo dobló con manos torpes y lo guardó en la bolsa. Se la colgó del hombro y avanzó.

Cada paso resonaba demasiado. Continuó caminando mientras recordaba las líneas del plano de su padre. El pasillo terminaba en una intersección.

A la derecha, más de lo mismo: superficies limpias, uniformes, sin rastro de uso. Ese camino debía llevarle a una salida si su orientación no le fallaba. Parecía despejado.

A la izquierda, en cambio… La luz era más tenue. Y más inestable.

No le dio importancia y se dispuso a tomar el camino de la derecha cuando un leve zumbido detrás de ella la hizo detenerse en seco.