Relatos Orbitales LA DERROTA #2
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LA DERROTA #2

Era uno de los atajos antiguos en los que se había fijado en el plano viejo de casa. No figuraba en los recorridos oficiales y la mayoría de la gente ni siquiera sabía que existiera. La entrada estaba medio oculta tras una compuerta oxidada, con los sellos de advertencia tan gastados que ya no se leía nada. Lia lo había visto otras veces, pero nunca se había detenido a pensar que aquello pudiera llevar a alguna parte.

Hoy sí.

Empujó la compuerta con esfuerzo. Esta cedió con un gemido metálico que resonó más de lo esperado y cuyo eco rebotó a lo lejos, devolviéndole un sonido que no parecía pertenecer a la ciudad. Dentro, el aire era distinto. Más frío, más seco.

Avanzó unos pasos y se detuvo, sorprendida. No había grasa acumulada en las paredes. No había vapor escapando de válvulas cansadas. Los conductos estaban limpios, casi pulidos, y las superficies reflejaban la luz de las lámparas con una claridad extraña. Allí no se oía el latido constante de la ciudad.

Era como si aquel lugar hubiera sido abandonado antes de que Planta aprendiera a ensuciarlo todo.

Lia caminó despacio, con una sensación incómoda creciendo en el pecho. Al final de un largo corredor, que se le hizo eterno, y tras un par de tramos de escalera, entró en una pequeña sala con una cristalera. Se acercó despacio, apoyó las manos en el vidrio y vio algo que nunca había contemplado con tanta claridad: el fondo del cráter.

Se dio cuenta entonces de que estaba por debajo de la Planta.

Ante ella se abría una profundidad inquietante, inmensa, donde la roca parecía fundirse en luces y sombras. Bajo la ciudad se extendía un entramado de salas y conductos como aquel en el que se encontraba, repetidos una y otra vez, ocultos bajo los niveles que la gente recorría cada día sin sospecharlo.

Desde lo más hondo de esa red partían grandes conductos, gruesos como túneles, que ascendían en diagonal, perdiéndose hacia arriba. Hacia Alzado.

Sintió un escalofrío.

No sabía por qué aquello no aparecía en ningún plano de mantenimiento. No sabía por qué nadie hablaba de ello. Solo supo que no debería estar viéndolo.

Continuó el camino sin detenerse más. El atajo la dejó cerca de Planta 16, justo a tiempo.

La jornada transcurrió como tantas otras. Revisiones, ajustes, piezas que no encajaban del todo. La chica trabajó con la precisión automática de quien lleva años haciendo lo mismo. Aun así, su mente volvía una y otra vez al corredor limpio, al silencio, a los conductos ascendiendo desde lo hondo del cráter.

Cuando terminó su turno, el cansancio le pesaba más de lo habitual.

Regresó a casa sin prisa, con la bolsa de herramientas colgándole del hombro y los pensamientos desordenados. No levantó la vista hasta que estuvo casi en su puerta.

Había gente.

Un pequeño grupo se agolpaba frente a su porche. Voces bajas, miradas esquivas. Dos sanitarios discutían algo en voz contenida mientras un par de vecinos observaban desde cierta distancia, con esa mezcla de curiosidad y miedo que aparece cuando el problema es ajeno.

—Lia —la llamó alguien.

Reconoció la voz de Marco, su vecino de al lado, y el corazón le dio un vuelco.

—Es tu padre.

El ruido se apagó de pronto. El mundo se estrechó a su alrededor. No esperó a escuchar más. Se abrió paso entre la gente, apartando manos y palabras que no entendía. Entró en casa casi corriendo.

Su padre estaba sentado en la silla de la cocina.

O lo que quedaba de él.

Había envejecido de golpe. La piel, apagada y frágil, le colgaba en pliegues que no estaban allí esa mañana. Sus manos huesudas temblaban sin control y apenas lograba mantener la cabeza erguida. Cuando la vio, intentó sonreír.

—Chispita —susurró.

Lia cayó de rodillas a su lado.

—Papá… estoy aquí. Estoy aquí.

Los sanitarios se movían alrededor, murmurando términos que no significaban nada. Lia no les prestó atención. Solo le sostuvo la mano, ahora ligera, casi transparente.

—No te enfades —dijo él con esfuerzo.

—No hables —respondió ella, con la voz rota—. Descansa. Ya está. Todo va a ir bien.

Él negó muy despacio.

—No. Escúchame… —susurró—. Has hecho bien. Siempre. No dejes que te engañen.

Su respiración se volvió irregular. La muchacha apretó su mano con desesperación.

—Me prometiste que te cuidarías —dijo con la voz quebrada.

Él acercó un poco más la cabeza, como si temiera que alguien pudiera oírlo.

—No ha sido el trabajo —dijo en un hilo de voz—. Es… lo de abajo. El cráter.

Lia frunció el ceño.

—¿De qué hablas?

Él negó otra vez, agotado.

—No debería… haberme acercado tanto. No debería...

La miró con ternura, con una tristeza suave.

—Lo siento, Chispita.

Fue lo último que dijo.

Cuando el silencio llenó la cocina, Lia no gritó. No lloró. Se quedó allí, sosteniendo una mano que ya no respondía, mientras la ciudad seguía respirando al otro lado de las paredes. Una urbe que no se detenía por nadie. Ni siquiera por los muertos.

~

Lia permaneció allí hasta que el brazo empezó a dolerle. Hasta que dejó de sentir los dedos. Hasta que ya no supo si seguía sosteniéndole o si era él quien la retenía a ella.

A la mañana siguiente, el silbido grave recorrió las torres, el vapor llenó las calles con su aliento húmedo y las sirenas marcaron el inicio de una nueva jornada. La gente salió de sus hogares con la misma prisa de cada día.

Pero en la casa de Lia el ritmo había cambiado, como un reloj averiado que apenas puede mover sus agujas.

Los sanitarios se habían llevado el cuerpo de madrugada. Fueron correctos, incluso amables. Le explicaron que el proceso era sencillo: la ciudad se encargaría de todo. No hacía falta ningún trámite por su parte. Cuando alguien dejaba de aportar, la metrópoli lo recogía.

Era parte del equilibrio.

Nadie habló de entierros, como se hacía antes de la Gran Guerra Mágica. A fin de cuentas, no tenían tierra bajo sus pies donde enterrar nada.

Nadie habló de despedidas o ceremonias, como en las antiguas religiones.

Nadie habló siquiera, de su padre. De su bondad, su dedicación, o sus veinticinco años aportando a la urbe.

—Es mejor así —había dicho uno de los sanitarios, con voz profesional—. La ciudad reutiliza lo que puede. Nada se desperdicia.

Reutiliza.

La palabra había quedado flotando en la cocina mucho después de que se marcharan.

Lia seguía sentada en la misma silla cuando el brillo del amanecer comenzó a colarse por las rendijas de la ventana. Tenía la sensación de que todo había ocurrido en una habitación distinta, en otra casa, a otra persona.

Miró la mesa. Había dos platos, inacabados, con las setas del desayuno de la mañana anterior.

Se levantó lentamente.

Estaba perdida, confusa, no sabía qué se suponía que debía hacer ahora. Nadie enseñaba esas cosas en la escuela. En Planta, la muerte se trataba igual que una avería: algo inevitable que se resolvía sin demasiadas preguntas. Y si una máquina dejaba de funcionar permanentemente, se reutilizaban sus piezas.

Se acercó al fregadero y dejó correr el agua. El sonido era demasiado fuerte para la cocina silenciosa.

Mientras lavaba los platos, recordó las últimas palabras de su padre.

Es lo de abajo. El cráter.

El agua empezó a temblar en sus manos. Cerró el grifo. Durante unos segundos solo se oyó el murmullo lejano de la ciudad respirando. Entonces Lia se quebró.

Se dejó caer al suelo, llorando sin control. Su dolor por fin encontró salida, como una máquina incapaz de contener la presión.

Se quedó allí sentada en el suelo, y se apoyó en la encimera, incapaz de ahogar su llanto. Le temblaban los hombros. El aire entraba a sacudidas, y las lágrimas le nublaron la habitación hasta volverla irreconocible. Lloró en silencio al principio, con la boca apretada, como si incluso entonces intentara no molestar a nadie. Pero el dolor era demasiado grande, demasiado nuevo, y acabó doblándose sobre sus rodillas, derrotada.

Tras unos minutos interminables de sollozos, lo escuchó.

Un golpe sordo.

Lejano. Profundo. Como si algo inmenso hubiese latido bajo el suelo.

Lia alzó la cabeza de golpe. Se quedó inmóvil, tratando de recuperar el control de su cuerpo. Entonces colocó una mano sobre el suelo, conteniendo el aire. Durante un instante pensó que había sido una tubería, una de las viejas conducciones de vapor que recorrían Planta como venas enfermas. Pero no. Aquello no había sonado a metal.

Otro pulso, más débil, vibró en el suelo bajo sus pies.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

Se incorporó despacio y miró hacia el pasillo en silencio. Secó sus lágrimas y se encaminó hacia el recibidor.

El plano antiguo seguía colgado en la pared. Se quedó mirándolo durante un rato largo.

A la luz gris de la mañana, las líneas parecían más profundas. Los trazos gastados dibujaban conductos que no aparecían en ningún plano de mantenimiento moderno. Pasadizos que se perdían bajo la ciudad. Escaleras que descendían hacia zonas sin nombre.

Y en la esquina inferior, casi borrada por el tiempo, la palabra volvía a aparecer.

Perfil.

Lia se acercó un poco más.

Recorrió el plano con el dedo hasta encontrar la línea que representaba el pasillo que había seguido el día anterior.

El atajo. El corredor limpio. Los conductos que ascendían desde el fondo del cráter.

Sintió un nudo en el estómago. Si aquello no debía existir… si nadie hablaba de ello…

¿por qué su padre sí lo conocía?

Porque había estado ahí. Tenía que ser eso.

Un golpe seco sonó en la puerta. La joven se giró de inmediato.

—¿Lia?

Reconoció la voz de Marco desde el otro lado.

Cuando abrió, su vecino parecía incómodo. Tenía las manos en los bolsillos de su mono de trabajo y evitaba mirarla directamente.

—Lo siento mucho —dijo al fin.

La muchacha asintió.

No tenía energía para responder nada más.

Marco dudó un segundo antes de continuar.

—Han preguntado por ti en el taller.

—¿Por mí? ¿Quién? —dijo extrañada.

—Gente de arriba.

Lia frunció el ceño.

—¿De… Alzado?

Marco se encogió de hombros.

—No lo sé. No llevaban uniforme de mantenimiento.

Eso era raro. Muy raro. Los Antiguos casi nunca bajaban a Planta. Y cuando lo hacían se montaba un revuelo importante.

—¿Qué querían?