LA DERROTA
De Paco Garrido
Género literario: Comedia fantástica
Había llegado el momento. Semanas de trabajo, mejorando, practicando, culminaban aquí y ahora. El mago contra la bestia.
Podía escuchar los truenos amortiguados por el sonido de la lluvia. Le daba igual. Estaba completamente enfocado, en un estado de trance. Las escamas de su enemigo refulgían y prácticamente podía sentir el calor de sus llamas. Pero estaba preparado.
Comenzó la danza. Bloqueó el latigazo de la cola, podía permitírselo. La armadura comprada al herrero elfo aguantaba eso y más.
Esquivó la llamarada, rodando por el suelo. Notaba el sudor frío naciendo de su nuca, empapando su espalda. Sabía lo que tenía que hacer. Sentía la tensión en sus brazos, preparados para un último ataque. No pensaba, actuaba. Días y días de memoria muscular se acumulaban en sus dedos.
Solo un hechizo le separaba de la victoria, de la gloria. Corrió por el lomo de la bestia mientras preparaba el golpe final.
El destello iluminó todo su campo de visión y, tras el esperado rugido del trueno… oscuridad total.
—¡NOOOOOO! —gritó desesperado. Se escurrió desde el sofá cayendo de rodillas a la mullida alfombra. El mando se le cayó de las manos golpeando el suelo.
El sonido de la derrota.
CIUDAD CALDERA
De Tote Ojeda
Género literario: Ciencia ficción distópica
En Ciudad-Caldera no había amaneceres. En su lugar, un silbido grave recorría las torres desde abajo y ascendía por los conductos hasta las chimeneas de cobre. Luego llegaba el vapor: espeso y caliente, llenándolo todo de humedad, como el aliento de algo enorme que respirara bajo las calles. Cuando las válvulas empezaban a vibrar, la gente sabía que el día había comenzado.
Lia despertó con la sensación de no haber dormido lo suficiente. No era raro, pero lo odiaba. Desde hacía dos años, despertarse cansada se había vuelto lo normal. Se incorporó, aunque permaneció unos segundos con los ojos cerrados, escuchando el murmullo constante de la ciudad.
—Arriba —murmuró al fin.
Se levantó despacio. Las rodillas le crujieron levemente. A sus dieciséis años, su cuerpo ya no se movía como el de una niña, pero tampoco como el de una adulta. Era algo intermedio, incómodo, como si los días fueran demasiado largos y las noches demasiado cortas. Desde que había cumplido la Edad de Aportar, el cansancio se le había quedado dentro, adherido, igual que el olor a aceite que nunca terminaba de irse de la ropa.
En la cocina, su padre ya estaba despierto.
—Llegas tarde —dijo, sin girarse.
Lia sonrió apenas.
—Hoy revisamos Planta 16, aquí en el sector sur. Está cerca, así que he intentado descansar un poco más.
Él no respondió de inmediato. Estaba inclinado sobre la mesa, intentando hacer funcionar una cafetera antigua que llevaba años resistiéndose a morir del todo. Sus manos temblaban un poco mientras forzaba una válvula. Y por fin soltó una breve risa victoriosa.
—Entonces tendrás tiempo de desayunar con tu padre —dijo al fin—. Hoy es un día importante.
—Todos lo son —respondió Lia, automática, mientras se colgaba la chaqueta de trabajo.
—No. Hoy lo es de verdad.
Él se giró y la miró con una expresión que la chica conocía bien. Orgullo, sí… pero también algo más. Algo parecido a la culpa.
—Hace dieciséis años te tuve en brazos por primera vez. Y hace dos, empezaste a aportar. Mientras aportes, la ciudad cuidará de ti.
Lia percibió cierta desgana en la voz de su padre. Bajó la mirada. Aportar. La palabra estaba en todas partes. En la escuela, en el trabajo, en las conversaciones de los adultos. Desde pequeños les repetían que la ciudad cuida de quienes aportan, como si fuera una verdad tan simple que no necesitara explicación. Tampoco había muchas alternativas: a los catorce años todo el mundo recibía un oficio. Era el precio de vivir en la urbe que seguía en pie. Al menos, su trabajo se le daba bien.
—No hago nada especial —dijo la chica con modestia—. Solo arreglo máquinas.
—Mantienes la ciudad funcionando —corrigió él—. Los Antiguos lo saben.
El nombre cayó entre ellos como una losa suave. No imponía miedo, sino respeto. Los Antiguos estaban arriba, en Alzado, donde el vapor se disipaba y las torres parecían más limpias, más antiguas y más nuevas al mismo tiempo. La gente de Planta, por lo general, solo subía una vez, al cumplir los catorce, para recibir su función.
Lia estuvo a punto de decir algo. No sabía muy bien qué, solo que el comentario sobre Los Antiguos le había dejado un regusto extraño, como una frase mal encajada. Abrió la boca, pero en ese momento la tostadora saltó con un chasquido seco, demasiado fuerte para la silenciosa cocina.
Su padre se sobresaltó y se apresuró a sacar el pan. Colocó las tostadas en dos platos, añadió un par de tortillas de setas aún humeantes y las dejó sobre la mesa con cuidado. El olor llenó la estancia de inmediato.
—Hoy han llegado setas nuevas —dijo, con una sonrisa—. Del depósito húmedo.
Era un lujo, aunque ninguno de los dos lo nombró como tal.
Cuando tomó los platos, un mareo lo alcanzó de golpe. Se quedó inmóvil, con los brazos tensos, como si el suelo hubiera decidido inclinarse sin avisar. Uno de los platos tintineó ligeramente.
—Papá —dijo Lia, avanzando un paso.
Él respiró hondo y apoyó las tostadas en la mesa antes de que cayeran.
—Ya está. No ha sido nada.
No sonaba convencido.
Lia miró la bolsa de herramientas junto a la puerta. Llegaría justa si se iba en ese momento. El turno no se detenía por nadie. Aportar era importante. Siempre lo había sido. Aun así, se sentó.
—Desayunemos —dijo, más afirmación que pregunta.
Su padre la miró, sorprendido primero, aliviado después. Se puso frente a ella y comenzó a comer despacio, como si cada gesto requiriera un pequeño cálculo previo.
~
Durante unos segundos solo se oyó el murmullo lejano de la ciudad y el roce de los cubiertos. Lia pensó que aquel retraso no importaría. Que podía permitirse llegar tarde una vez.
—Papá —dijo al fin, con voz suave—. Tienes que descansar más. Ya casi cumples los cuarenta y…
—Estoy bien, Chispita —la interrumpió él, con una sonrisa débil—. No te preocupes por este anciano, aún me quedan unos cuantos años sanos. Mi padre casi llegó a los cincuenta. Tengo buenos genes —añadió, adoptando una postura más digna—. Además, ya sabes que es importante apor…
—Aportar —concluyó ella con desgana—. Ya lo sé. Pero tienes que cuidarte más. Prométeme que lo harás.
Su padre asintió, pero tras hacerlo, tardó un segundo de más en volver a enfocar la mirada.
—¿Estás bien? —preguntó ella, frunciendo el ceño.
—Sí —le respondió, demasiado rápido—. Solo… cansado. Ya sabes cómo es a partir de cierta edad.
A partir de cierta edad.
No dijo cuál. Nadie lo hacía.
Lia se acercó y le tomó la mano. Estaba fría. Más de lo normal.
—Si hoy no puedes ir… —empezó.
—No digas eso —la interrumpió con una sonrisa débil—. Todos aportamos mientras podemos. Es lo que mantiene viva a la ciudad.
Lia retiró la mano. No porque quisiera, sino porque sabía que no había nada más que discutir.
Se levantó y se dirigió a la entrada cargada de frustración.
—Voy a llegar tarde —dijo mientras se ajustaba la bolsa de herramientas—. Volveré al anochecer.
Antes de salir, sus ojos se detuvieron un segundo en un plano antiguo de la ciudad colgado en la pared del pasillo. Era un dibujo heredado, lleno de líneas gastadas y anotaciones que nadie leía ya. En una esquina, casi borrada, había una palabra que nunca aparecía en los manuales modernos.
Perfil.
Lia hizo memoria, recordó haberlo leído antes. No sabía qué significaba exactamente. Solo que, en los talleres, cuando algo no tenía explicación, a veces alguien murmuraba míralo de Perfil. Nunca le había encontrado el sentido a la frase.
Se fijó también en lo que parecían unos conductos o callejones que no reconocía. Pensó que, si tomaba uno de ellos, atajaría en su camino a Planta 16.
Abrió la puerta dispuesta a salir sin decir nada más, pero se detuvo en el umbral.
Echó un último vistazo a su padre, que la seguía con la mirada.
—No te esfuerces tanto papá —. Dijo preocupada— Aún te necesito.
Su padre sonrió y le hizo un gesto cariñoso. Cosa que no convenció del todo a la muchacha pero que no tuvo más remedio que aceptar como fin de la discusión.
~
Salir a la Planta siempre era como entrar en un pulmón cansado. Las torres exhalaban vapor, las sirenas marcaban los turnos y la gente caminaba con la cabeza baja, siguiendo rutas aprendidas de memoria. Nadie miraba hacia arriba. Nadie esperaba nada más allá del humo.
La ciudad se extendía sobre el cráter como una enorme plataforma circular, anclada a la roca por columnas y refuerzos que nadie recordaba haber visto construir. Desde ciertos puntos, entre las torres y las pasarelas, se intuían los muros de piedra viva alzándose alrededor, oscuros y curvados, demasiado altos para distinguir dónde terminaban. El vapor se acumulaba contra ellos y regresaba, atrapado, como si el aire tampoco encontrara salida.
Por encima de todo aquello, suspendido en una quietud imposible, estaba Alzado. No parecía apoyarse en nada. Sus estructuras claras flotaban sobre la Planta como una maqueta limpia, apenas visible a través de la nube de vapor y ceniza. Desde abajo, casi no se distinguían los detalles: solo líneas, planos y sombras ordenadas. Lia caminaba sin mirarlo directamente, pero sentía su presencia como se siente un peso en la espalda.
Tomó la pasarela sur y aceleró el paso. Iba justa de tiempo, pero no quería correr. Correr agotaba más de lo que compensaba. Su padre siempre le había dicho que aprender a medir el esfuerzo era casi una forma de supervivencia. Pensó, irritada, que ojalá hubiera seguido ese consejo él mismo.
A mitad de camino, se detuvo frente a un corredor lateral.