Relatos Orbitales EPÍLOGO #4
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EPÍLOGO #4

El pasillo de casa parece más largo que nunca. Cada paso resuena como tambor.

Frente a la puerta, duda: no sabe si prefiere encontrar la casa vacía o a su hija en el sofá, fingiendo normalidad.

Gira el picaporte.

El interior huele a polvo y a ropa recién lavada.

—¿Lucía? —La voz se le quiebra, demasiado alta para ser un susurro, demasiado baja para ser un grito.

No hay respuesta. Solo el zumbido eléctrico del frigorífico y el eco hueco de la entrada.

Deja la puerta abierta, cruza el recibidor, avanza por el pasillo.

Se detiene ante la habitación de Lucía. Da unos golpecitos: primero suaves, luego más duros.

—¿Lucía, estás ahí?​

Nada.

Después, el horror responde desde el baño, al fondo del pasillo.

—¿Ya has vuelto, cariño?

La voz llega desde el fondo del pasillo.

Guillermo siente una presión en la tráquea: la tentación de huir o de quedarse quieto hasta desaparecer.

Da el primer paso. El suelo cruje. Por un segundo espera que todo sea una broma, una muy pesada. La venganza de una adolescente que ha recibido demasiadas negativas a preguntas importantes. Pero el aire está inmóvil y la única luz viene de la rendija bajo la puerta del baño.

Avanza. Se detiene ante el marco, la palma sudada sobre la madera fría.

Gira el picaporte.

El olor lo golpea primero: una fragancia densa, dulzona, mezcla de ese perfume olvidado y humedad. El espejo, cubierto de vaho, sólo deja ver la silueta de alguien sentado en el borde de la bañera. El agua corre hasta el filo, a punto de desbordarse.

Lucía (¿es Lucía?) está sentada de espaldas, las piernas sumergidas hasta la rodilla. Su cuerpo desnudo. Delgada, pero ya no niña. El pelo suelto gotea sobre los hombros. Cuando Guillermo cruza el umbral, no se inmuta.

—¿Qué haces? —la voz se le escapa en un hilo.

La figura no gira. Sus dedos dibujan líneas lentas sobre la rodilla, como si tocase una melodía muda.

—Tengo calor —susurra, tan bajo que lo obliga a acercarse.

Traga saliva. El sonido del grifo le resulta intolerable. Da un paso y entonces la reconoce: la postura de la mano, la mirada seductora, el modo exacto de apretar los labios antes de hablar. Son los gestos de Beatriz, copiados con precisión de autómata.

Lucía le devuelve una sonrisa desde el espejo empañado.

—¿Quieres pasar?

—Estás… —empieza, pero no termina.

Lucía se levanta, y expone su joven desnudez por completo.

Da un paso hacia él, la piel dejando huellas húmedas en el suelo.

—¿Echas de menos esto? —pregunta.

Y la voz, esa cadencia, ese acento isleño tan particular, ya no es de su hija. Es de Beatriz.

Retrocede, pero la puerta le bloquea el escape. No sabe si mirar o cerrar los ojos.

Lucía se acerca con un movimiento extraño, de bisagra suelta en el cuello. Se detiene a un palmo. El perfume la envuelve: el mismo que él juró no volver a oler.

—No tienes que tener miedo —dice. Pero es Beatriz hablando a través de su hija.

Siente una oleada de rabia y de náusea. El vapor le cierra la garganta.

Lucía alarga una mano y le toma la muñeca. El contacto es helado, antinatural. Tira de él hacia la bañera con una fuerza imposible.

Se deja arrastrar. Tal vez por culpa. Tal vez para comprobar si todo esto es real. O por la esperanza absurda de que el agua le arranque de esta pesadilla.

Lucía se sienta de nuevo en el borde y le obliga a hacer lo mismo. El agua tiembla con la vibración de la cañería.

—¿Te acuerdas de la última vez? —Los ojos son los de Beatriz, incluso el parpadeo lento.

No responde. La escena es la misma, solo que entonces quien estaba en la bañera era otra, más pequeña, temblando. Y él repite el gesto de once años atrás: una mano en el borde, la otra sobre el hombro de Beatriz, esperando que la imagen se disuelva, que todo vuelva a ser padre e hija, no esto.

Pero ella no se resiste. Se deja sostener, incluso apoya la cabeza en su hombro, casi tierna. El silencio de la casa es total. Ni televisión, ni teléfono. Solo el chorro del grifo y su propio pulso.

—Nunca me entendiste —susurra—. El amor no se divide. Hay sitio para una sola.

La mira de reojo. Sus incipientes pechos le observan acusadores. Aparta la mirada.

Ella sonríe. Es la sonrisa de Beatriz en las fotos de la boda, cuando Lucía no formaba parte de la ecuación.

—No tienes que disculparte —como si leyera su pensamiento—. Ya está, amor. Lo entiendo.

Guillermo siente el ardor detrás de los ojos.

—No soy yo quien necesita perdón.

Ella inclina la cabeza. Parece a punto de llorar, pero empieza a reírse en silencio, los hombros sacudiéndose. La risa se vuelve sollozo, pero sin lágrimas.

—Esa usurpadora —mirando el reflejo empañado del espejo—. Esa niña de mierda que te apartó de mi lado…

Guillermo se queda sin peso.

—Pero no pasa nada. Ahora ya es toda una mujer —remata, con malicia.

Lucía se gira, y con una calma mecánica se mete en la bañera. El agua sube y se desborda, empapando las baldosas.

Guillermo se queda en el borde, mirando el cuerpo de su hija sumergirse. El agua le cubre las piernas, el vientre, el pecho, hasta el cuello. Solo la nariz y los ojos quedan fuera, fijos en él.

Por un instante, todo se detiene. Separa sus muslos y empieza a acariciar su sexo.

—Déjate llevar, amor —dice, la boca apenas fuera del agua.

Guillermo se arrodilla junto a la bañera, las rodillas clavadas en el suelo frío. Mete las manos, busca las suyas. El contacto es real, demasiado real. Siente el pulso, o quizá el suyo reverberando en el agua.

—No puedo —solloza.

—Sí puedes, Guille. Ya está.

El agua comienza a teñirse de un rojo pálido.

Guillermo cierra los ojos. Recuerda la última vez: el grito, el golpe seco contra el toallero, la sangre corriendo entre las baldosas, el cuerpo rígido, la niña vomitando agua...

Ahora la escena se repite.

Hunde sus manos bajo el agua.

Podría hundirla. Podría salvarla. Podría hacer ambas cosas.

La rabia que siente le hace ver todo a través de un velo carmesí.

La duda lo inmoviliza.

Se queda allí, de rodillas, las manos sumergidas hasta los antebrazos, la respiración suspendida.

—Toda una mujer —susurra.

UN SITIO BONITO

De Isabel Queipo

Género literario: Terror con humor negro

El hombre llevaba un rato contemplando a los niños que jugaban en el parque, descuidados y felices después de tantos meses de confinamiento. Unos pocos todavía llevaban las mascarillas, aunque estaban al aire libre. Él también ocultaba su rostro detrás de una.

La niña que eligió jugaba sola en una esquina. Cuando iba a ofrecerle un caramelo, se levantó de golpe y exclamó: «¡Papá! Me aburro. Vámonos».

Lo había tomado por su padre. ¿De verdad iba a ser tan fácil? ¡Y encima, después de ochenta y siete días de abstinencia! No podía desaprovechar la oportunidad. Sin decir nada, tomó la pequeña mano y guio a la niña al coche. Cuando esta le preguntó a dónde iban, contestó que «a un sitio bonito».

En el descampado, paró el motor y comprobó que no había nadie más por los alrededores. Entonces, apoyó la mano en la rodilla infantil, temblando de excitación.

—Quiero ver tu preciosa cara —dijo él. Y le bajó la mascarilla.

Descubrió una naricita respingona y, debajo, asomaron las mandíbulas. En forma de pinzas, idénticas a las de una enorme araña.

Se quedó tan asombrado que no pudo apartar la mano a tiempo.

No, la mordedura no lo convirtió en Spider-Man.