EPÍLOGO #3
Termina el penúltimo botón. El dedo índice se queda suspendido sobre el último. Escucha. El silencio es tan profundo que por un momento cree oír el eco de otra casa, la respiración de la vecina al otro lado del muro. Da un paso, se acomoda en la silla y estira el cuello.
Tras un segundo de respiro, frota sus ojos. Piensa en la comida con Mateo, en la conversación pendiente y en la más que probable batalla de miradas que va a suponer mantener la compostura durante todo el almuerzo. Inspira hondo. Solo después se anima a abotonar el último.
Coge la chaqueta del respaldo de la silla y se la echa al brazo, listo para salir con tiempo de sobra.
El ritual se interrumpe al escuchar el giro abrupto de la llave en la puerta. Es un sonido familiar —un clic metálico, seco—, pero esta vez lo pilla tan desprevenido que casi se le cae la chaqueta. Su primer impulso es comprobar la hora, pero ya sabe que no son ni las doce y media. El siguiente es apretar la mandíbula y encarar lo que venga del otro lado.
Es Lucía quien entra.
—¿No tenías clase hasta la una y media? —nota el temblor absurdo en su propia voz.
Lucía deja la mochila sobre la alfombra con una delicadeza casi ensayada. El cierre de la cremallera suena como un suspiro. Antes de contestar, se alisa la falda, tirando de la tela hacia las rodillas.
—Nos han dejado salir antes. Es el primer día, Guille.
«Guille»
El salón se encoge. Guillermo siente el sudor frío bajo la camisa. De pronto, tiene la sensación de que necesita inventar una excusa para ir a comer con su amigo.
—Oh. ¿Vas a salir sin mí?
Duda entre mentir o recurrir a la verdad mínima. Opta por la segunda, aunque no está seguro de cuál es.
—Tengo una comida con Mateo, por un tema del podcast. Será rápido. ¿Te quedas aquí o te vas con la tía?
Lucía arquea una ceja. Por un instante, la infancia regresa a sus facciones, pero la borra con un parpadeo lento. Tarda lo justo en contestar para que el silencio se haga incómodo.
—Me quedo. Tengo que estudiar. —Y ahí termina la negociación.
Guillermo asiente. La fuerza de la costumbre lo impulsa a darle un beso de despedida, pero se refrena y deja que la distancia sobreviva intacta.
Se queda un segundo más, esperando algo. Nada ocurre. Decide hablar:
—Vuelvo en un par de horas. Si necesitas algo, llámame, ¿vale?
Lucía asiente sin moverse, con la precisión de una marioneta bien enhebrada. Luego avanza hacia él con pasos cortos y medidos; la falda inmóvil, la camisa sin una arruga.
Él retrocede medio paso, pero no lo suficiente para llamar la atención. Hay algo en su manera de andar que le resulta vagamente hostil. O no hostil, exactamente, sino… distinta.
Lucía se detiene a dos palmos, lo examina de arriba abajo y frunce el ceño, cargando el gesto de ironía y de afecto. Le hace una seña para que se incline y extiende los dedos hacia su cuello.
Desabotona el último botón con una suavidad quirúrgica.
—Así te favorece mucho más —susurra. Y Guillermo siente como si le acabase de perdonar una ofensa grave.
Luego le acomoda el cuello y le ajusta el nudo de la corbata, que ni recordaba haberse puesto.
Durante toda la operación, él aguanta la respiración, notando el contraste entre el frío de los dedos de Lucía y el calor que le sube a la cara. El silencio es absoluto: sólo el roce mínimo de la yema sobre el botón y la respiración de ella, perfectamente acompasada. La suya va rápida y desigual, como si el cuerpo se hubiera adelantado a la incomodidad que la mente aún no procesa.
Se queda en cuclillas, sin saber si debe agradecer o reírse. El impulso de hacer una broma —algo sobre que ahora es él el niño y ella la madre— se disuelve antes de llegar a la boca. Balbucea:
—Gracias, Luci.
Al oír el diminutivo, la expresión de Lucía vacila una fracción de segundo. Apenas se nota, pero él percibe la tensión: una vibración mínima en el labio inferior, un parpadeo de más. Entonces, sin aviso, ella se inclina y le da un beso rápido en la mejilla, demasiado cerca de los labios.
Lucía se retira enseguida, recoge la mochila y se dirige hacia el pasillo. Antes de girar la esquina, se detiene.
—Tienes un poco de espuma en la barba —dice con media sonrisa. Hay ironía, pero también una ternura tan fina que casi no se sostiene.
Asiente, frotándose la cara como si quisiera borrar el error y el beso al mismo tiempo.
Lucía desaparece en su habitación. El portazo es suave, pero suficiente para marcar el final. Guillermo se incorpora despacio; nota las piernas entumecidas y el corazón agitado.
Recoge las llaves. Tantea la puerta. Al girar el picaporte, siente que la casa entera se detiene a observarlo.
El clic de la cerradura es lo único que suena al irse.
El aire de septiembre muerde al salir, más fresco de lo que esperaba. El barrio no ayuda: obras a una calle, un camión de mudanza frente al portal, un griterío lejano que lo persigue como mosquitos en la siesta. A Guillermo le cuesta enfocar: la luz le golpea los párpados a traición, el sudor de la nuca baja frío por la columna vertebral.
El trayecto al restaurante es largo y laberíntico. Camina en automático, el cuerpo doblado hacia delante, como si la boca del metro tirara de él.
La idea del restaurante se le antoja ahora remota, casi una broma. No recuerda por qué pensó que comer fuera hoy podía ser buena idea. Se baja en su parada y, al salir, busca su reflejo en la cristalera de una tienda de ropa.
El hombre que ve es una versión doblada de sí mismo: barbilla tensa, hombros caídos, la corbata torcida. Hay algo en los ojos, un brillo de susto crónico.
Avanza. Dos pasos más y el móvil vibra en el bolsillo. Es un temblor agudo, distinto al runrún de las notificaciones habituales. Se detiene en seco, saca el teléfono. La pantalla muestra: IES San Clemente.
El estómago se le pliega en origami.
Duda menos de un segundo y responde, la voz más neutra de la que es capaz.
—¿Sí?
La llamada arranca con un retardo extraño, como si al otro lado nadie supiera hablar primero. Por fin, una voz femenina, seca, burocrática:
—¿El señor Guillermo Vidal?
—Sí, soy yo.
—Llamo del Instituto San Clemente. Soy la tutora de Lucía. Disculpe la molestia, ¿puede hablar ahora?
Nota el pulso subiendo, como una alarma de coche que se activa sola. Traga saliva. Le sabe a metal.
—Sí, claro. Dígame.
—Verá, le llamo porque Lucía no se ha presentado hoy en clase. No la hemos visto ni a primera hora ni después. He intentado localizarla por los pasillos antes de llamar, por si acaso, pero… no está. ¿Se encuentra bien su hija?
Se apoya contra la pared. Mira alrededor, como si el aire pudiera acusarle. Parpadea. Repasa las últimas horas: la conversación del desayuno, el cuarto impecable, la trenza apretada. La sonrisa que ahora se le antoja distinta. ¿Cómo es posible?
—¿Está segura? —balbucea, consciente del cliché, incapaz de evitarlo—. Salió de casa puntual, con el uniforme. La he visto yo mismo.
—Pues no ha asistido —responde la tutora—. Lo sentimos, pero tenemos la obligación de notificarlo.
Cierra los ojos.
—Habrá sido un malentendido. Voy a localizarla ahora mismo. —silencio incómodo—. ¿Algo más?
—No, eso es todo —ya suena cansada de fingir interés—. Gracias por atenderme, y disculpe las molestias.
El silencio al colgar es violento. Mira la pantalla: llamada finalizada. La mano le tiembla. El teléfono parece pesar el doble.
Durante varios segundos se queda pegado a la pared, sin saber si seguir andando o desplomarse. Cada voz de niño que rebota en el asfalto suena a Lucía; cada colegiala que ve le da un vuelco al corazón.
Se obliga a respirar, pero el aire le entra fragmentado, a tirones.
En su cabeza, las posibilidades se alinean. Las desecha una a una, pero cada vez que intenta convencerse de que es solo un error administrativo, algo lo impide.
Porque Lucía nunca falta a clase.
Porque nunca le ha mentido con ese tono.
Porque la forma en que preparó el desayuno era idéntica a la de Beatriz.
La conexión es instantánea y repulsiva. El pulso se le acelera de nuevo.
El móvil le arde en la mano, pero no se atreve a llamar. Imagina el tono de Lucía al responder, el silencio posible, la confesión. Si es que responde.
De pronto, la posibilidad de que su hija no esté en ninguna parte se le antoja tan real que necesita apoyarse en la barandilla de la rampa para no caerse.
Se da la vuelta.
Olvida el almuerzo, olvida a Mateo.
Camina deprisa, cruza la calle sin mirar. Un coche frena en seco y el claxon le sacude el pecho.
Sigue sin pensar en el recorrido, avanzando hacia algo que no se atreve a nombrar.
Cada paso lleva el eco de la voz de la tutora: ¿Todo bien en casa?
Y él no sabe. No tiene ni idea.
Solo sabe que necesita volver y enfrentarse a lo que haya.
Saca el móvil antes de cruzar la siguiente calle. La pantalla le quema las retinas; pulsa el contacto de Lucía con el pulgar húmedo. Llama.
Tarda un latido en sonar.
Pitido seco. Uno. Dos. Tres tonos. Contestador.
La voz de Lucía, grabada meses atrás, limpia, neutra, como una nota de texto.
Corta antes de que termine la frase.
Vuelve a marcar.
Segundo intento: igual. Tercer tono. Contestador.
Tiene la tentación de dejar un mensaje, pero se arrepiente al oírse: la voz ridícula del adulto que no sabe qué decir si no es un reproche.
Acelera el paso. Al llegar al portal, las llaves se le resbalan. Golpea el llavero contra el metal, los nudillos rojos, y apenas consigue meter la llave en la cerradura. Empuja la puerta de cristal con el hombro. El vestíbulo está vacío; el ascensor, en el último piso. Decide subir por las escaleras.
Su mente se divide en dos: una parte racional repite que Lucía estará bien, que habrá una explicación lógica, que la encontrará mirando el móvil en la habitación.
Y otra parte, más grande y feroz, sólo puede imaginar una ausencia total, un abismo sin fondo al final del pasillo.
Al llegar a su planta, el corazón le late tan fuerte que debe detenerse para no vomitar. Respira hondo, pero el aire no entra. Se apoya en la pared y aprieta el móvil contra la frente, como si pudiera comunicarse por ósmosis.