Relatos Orbitales EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

Muerde el sándwich. El sabor lo desarma. No es jamón y queso común: hay algo más, un matiz de orégano, pimienta blanca y aceite de oliva que lo devuelve a otra época. Dolorosa.

La mano le tiembla. Deja el sándwich sobre el plato y levanta la vista. Lucía lo observa con la cabeza inclinada, igual que cuando escucha una canción nueva y la reconoce de algún lado.

—¿Te gusta? —pregunta casi en voz baja.

Asiente. Sabe, con una certeza que lo deja frío, que su hija no podía conocer esa forma de prepararle los sándwiches. No de él, al menos. Traga saliva, intenta sonreír, pero siente que el cuerpo entero lo delata.

Lucía le devuelve la sonrisa. Se lleva la tostada a la boca y mastica en silencio, mirando fijamente por la ventana.

El desayuno se estira como una goma vieja, tensa y a punto de romperse. Solo el tictac del reloj y el leve golpe de la cuchara en la taza se atreven a hablar. Guillermo mastica despacio, tragando de a poco la masa de pan, orégano y recuerdos. Frente a él, Lucía lo observa con una expresión esculpida en piedra.

Un minuto después, mientras lava el plato en la pileta, lanza la bomba:

—¿Cómo era mamá?

El plato resbala, choca apenas contra el borde. Agua caliente. Espuma. Silencio. Siente un nudo en la base del cráneo. Vuelve la vista al mosaico de la pared, evita la cara de su hija.

—Era buena. Muy creativa —musita con la garganta cerrada—. Le gustaba cocinar.

Lucía no parpadea. Espera. No hay ampliación, ninguna anécdota, ningún recuerdo amable.

—¿Y… cómo murió?

Traga saliva. El aire se espesa, casi irrespirable.

—Ya lo sabes, cariño —dice al fin—. Fue un accidente.

Lucía asiente, recoge la mochila y se la ajusta al hombro. Antes de salir, se detiene en el marco de la puerta y gira la cabeza. Por un instante parece que va a decir algo, pero solo asiente con la barbilla, un gesto mínimo de rendición. Sale al pasillo. Guillermo escucha el ruido de las llaves, el clic del portero, los pasos deslizándose hacia la calle.

Se queda solo en la cocina. El café se ha enfriado, pero toma el último sorbo de un trago.

Al cruzar el salón, algo lo detiene: el reflejo del sol en el cristal de la vitrina. Detrás del brillo, un retrato de los tres. Beatriz sostiene a Lucía, apenas un bebé, y mira a cámara con esa sonrisa que nunca supo si era real o impostada.

El vidrio ha amarilleado un poco, o quizá sea la luz.

Guillermo se acerca. Apoya los dedos sobre el marco, deja que el polvo le manche la yema.

—¿Cómo pudiste?

El insomnio le clava las garras detrás de los ojos. El estudio huele a sudor y a plástico recalentado. Abre la pequeña ventana. Su vieja silla lo recibe con una descarga punzante en el coxis, pero Guillermo la ignora; pues una idea le muerde por dentro desde hace rato.

Tiene una tarea por delante.

Abre el programa: las pistas flotan, separadas, cada una con su color asignado: azul pálido para su propia voz, verde para Mateo, naranja para los invitados. Una línea roja corta el proyecto en el punto exacto donde anoche se rindió. Abre el navegador de archivos, y busca el audio viejo: aquel episodio con Beatriz, grabado hace once años. Lo encuentra enseguida, porque nunca ha tenido el valor de borrar ni renombrar ese archivo, el único que conserva en su disco duro de aquella época.

Arrastra el audio al timeline. El nombre aparece completo: “Ep003_hist_bea_preedit.wav”. Al verlo, siente una leve punzada en el pecho.

El siguiente paso es traer el fragmento capturado anoche. Lo ubica en una pista aparte, la oscurece para distinguirlo mejor. Un susurro anómalo, apenas perceptible para un oído menos entrenado.

Ajusta el volumen. Repite el mismo gesto de siempre: levanta la mano, toca el micro, y respira hondo antes de darle al play.

El ritual lo tranquiliza. Durante dos minutos, solo escucha, sin manipular nada. La voz de Beatriz sale limpia, cálida, con esa cadencia inimitable que parecía diseñada para narrar cuentos a medianoche. La otra pista —la sospechosa— espera en silencio, un murmullo digital en la sombra.

Comienza la disección: ecualiza, limpia, elimina el fondo. Guillermo aísla las sílabas en que Beatriz se ríe: las corta y pega en una pista nueva, las etiqueta “risa”. Luego hace lo mismo con las pausas largas, los suspiros, los finales de frase en que la voz se deshace en susurros. El software permite analizar cada frecuencia, cada timbre. Guillermo amplía la escala: examina el espectro, busca patrones.

No tarda en notarlo. El fragmento capturado anoche —ese susurro casi accidental— contiene una inflexión idéntica a la que Beatriz usaba al llamarle por su nombre. Un eco que atraviesa el tiempo y la lógica. Guillermo no lo procesa de inmediato; el cerebro, en negación, busca explicaciones técnicas, pero el espectrograma es implacable. Incluso el silencio residual, ese limbo entre palabras, tiene la misma forma de onda.

Se detiene. El cursor titila sobre la pantalla. El cuerpo entero se le tensa: la mano del ratón deja de moverse, la mandíbula se bloquea, la lengua presiona contra el paladar. El sudor le brota por encima del labio, frío y metálico.

Repite el proceso, como si al repetir la rutina pudiera cambiar el resultado. Aísla las dos muestras, las hace sonar juntas, luego alternadas. Imposible… Es la misma voz. El «Guille» de Beatriz, calcado sobre sí mismo once años después, en una noche en que la casa debía estar vacía salvo por su hija y él.

Durante unos segundos la habitación se contrae. El espacio, antes refugio, se vuelve claustrofóbico. Guillermo siente que el cable de los auriculares le ata la cabeza al ordenador.

Traga saliva y se obliga a respirar, la garganta le rasca como una verja oxidada. Mira hacia la puerta del estudio: la dejó entreabierta, por costumbre. Un hilo de silencio se cuela del pasillo, tenso y expectante.

Durante media hora, Guillermo alterna entre la voz real y la voz imposible, buscando fallos, artefactos, cualquier fisura. Al final, se limita a mirar la forma de onda, hipnótica, perfecta.

Se gira en la silla, mira de reojo la puerta. Nada. Un segundo más de atención, y el silencio de la casa lo golpea en la espalda. Se le ocurre que la voz pudo filtrarse por la ventilación, o venir de la calle, pero el archivo está limpio: no hay sonidos de fondo, ni ecos, ni rebotes. Solo la voz.

Por primera vez en mucho tiempo siente miedo de verdad. No del archivo. No de la voz. De sí mismo, y de lo que todavía no es capaz de admitir.

Deja la sesión abierta, se levanta a lavarse la cara. El agua fría lo sacude, pero al cerrar los ojos, la voz de Beatriz sigue vibrando, idéntica, inmutable. Viva.

El móvil vibra sobre la mesa y lo arranca de su estupor. Guillermo apenas se seca las manos en la camiseta cuando ve el nombre en la pantalla: «Clara». Vuelve a vibrar. Él espera un segundo y responde al tercer tono.

La voz de su hermana, siempre con ese entusiasmo forzado que precede a un tema incómodo, llega por el auricular.

—¿Sí?

—¿Guille? ¿Te pillo mal?

—No, dime.

—Nada, quería saber cómo le ha quedado el uniforme a la niña con el arreglo que le hice.

Se incorpora para estirar la espalda. No hay motivo para colgar.

—Ah, claro. Le queda perfecto. Gracias por el arreglo, de verdad.

—Nada, tonto. ¿Y tú? ¿Has dormido hoy?

—Hoy sí —miente.

Silencio. Un clic: las uñas de Clara contra el micro, una manía que comparten.

—Guille, una cosa —la voz ahora más baja—. ¿Se lo has contado ya? Dijiste que…

No responde. Un pitido le zumba en el oído. Abre la boca, pero no sale nada.

—¿Guille? —insiste ella.

Entonces habla, y es como si alguien le hubiera roto un dique por dentro.

—¿Y qué quieres que le cuente? ¿Que la odiaba? ¿Que la intentó ahogar?

—Sabes que no es eso lo que…

—No, claro; mejor empiezo por lo de que su propia madre intentó ahogarla en la misma bañera en la que cada día se enjabona el pelo. ¿Eso quieres? Te quitaría un peso enorme de encima, ¿no?

—Esto no es por mí, Guille.

—Quizá se lo diga así: Yo maté a tu madre. No fue mi intención. Forcejeamos y se desnucó contra el toallero. El mismo donde colgabas tu bolso de las Bratz.

Unos segundos de silencio en la línea. Guillermo no se da tiempo para arrepentirse de sus palabras.

—Si eso es lo que necesitas, dímelo y se lo cuento hoy mismo. Así dormimos todos mejor —remata.

La respiración de su hermana regresa, desacompasada, como si acabara de correr. Tarda varios segundos en responder.

—¡Que te jodan! —rompe en sollozos; la llamada se corta.

Ahora se arrepiente.

El estudio queda en silencio. Guillermo deja el móvil sobre la mesa, pero la mano sigue temblando. El pulgar busca el botón de colgar aunque ya no hay llamada. El sudor le arde en la palma.

Solo entonces se atreve a pensar que, quizá, la supuesta voz de Beatriz no es más que su salud mental yéndose poco a poco por el desagüe.

~

Diez minutos después, el móvil vuelve a vibrar, rompiendo el silencio como un vaso al caer. Esta vez el nombre que parpadea es «Mateo». Guillermo siente la tentación de silenciarlo, pero su dedo actúa solo.

La voz de su amigo llega como un torrente a sus cansados oídos.

—Despeja la agenda, que te invito a comer. En serio, tenemos que hablar del próximo episodio. Y —baja la voz a ese tono confidencial de tertulia de bar—, traigo material top. ¿Te vale a la una y media o tienes lío con la cría?

Mira el reloj, duda un segundo.

—Va, venga. Dime el sitio.

—En el italiano de la semana pasada. Pido mesa arriba.

—Nos vemos.

—Eso es, tío. Y no llegues tarde, que tengo hambre de verdad.

Cuelgan. El silencio que sigue ya no pesa tanto. Relaja los hombros, mueve los dedos para comprobar que siguen vivos. Mira el reloj: tiene dos horas para ser persona.

Al mirarse en el espejo, ve a un hombre que finge normalidad con pericia de cirujano. Los ojos, rojos y hundidos, le devuelven otra cosa.

Un rato más tarde, ya aseado y listo para enfrentarse a la calle, Guillermo se abotona la camisa frente al ventanal del salón. El pelo aún le gotea en la nuca.