EPÍLOGO
Las crónicas del desierto llamarían a aquel día, el día del sacrificio.
El día en el que el gran Sahr Magn dio su vida para que su familia pudiese estar a salvo.
El día en el que la Sahrtiya Cheatradi clamó venganza por la muerte de su marido.
El día en el que se alzó el Sahr Magn II, primer emperador del Imperio Dúnico.
Aquel día, el sueño de un idealista quedó enterrado y la utopía de organización y progreso que construyó se convirtió en la mayor maquinaria de guerra de la historia conocida.
Para Olliwadi fue el día en el que perdió a un amigo.
LOS DE SIEMPRE
De Tote Ojeda
Género literario: Comedia metaliteraria
Todo iba bien hasta que llegaron ellos. Lo supe en cuanto entraron: eran de esos. Aventureros. Se les nota en la manera de mirar, como si todo ocultara un secreto antiguo, y en el barro, que no es de este valle y que costará limpiar después.
El primero, una montaña de músculos que rompió varios tablones al apoyar su martillo en el suelo. Abrió la boca para hablar, pero la llenó con una cerveza que no era suya. Detrás, como avergonzados, venían la elfa que juraría haber visto hablando con su arco, y el Paladín que caminaba como si el suelo le bendijera con cada paso. La dracónida se quedó en el umbral desconfiando de todo.
Preguntaron por La Runa Arcana y Los portales dimensionales. Yo les ofrecí sopa y pan de centeno. Se miraron entre ellos con entusiasmo, parecía que acabara de darles información crucial. El bárbaro murmuró algo incomprensible, como con la boca llena, aunque no había comido nada aún. La elfa asintió y dijo algo de tirar para «averiguar intenciones», pero la voz no salía de su boca. Escuché también algo de una tal pifia. La carcajada de la dracónida me asustó, aunque ninguno de ellos había movido un musculo desde hacía rato. ¿De dónde venían las voces?
Las conversaciones divagaron y duraron más de lo que a ¿Master?, le hubiera gustado, que les animó a centrarse con tono impaciente. Luego salieron, rumbo a ningún sitio, con el mismo aire urgente de quien cree que el mundo le está hablando.
Miré la cuchara. Luego la sopa. ¿Qué le había echado?
TODA UNA MUJER
De Lord Pelayo
Género literario: Terror psicológico
Lucía se despertó en medio de la noche dando una bocanada de aire. De nuevo esa pesadilla.
Esperaba, por Dios santísimo, no haber mojado las sábanas otra vez… ¡Ya era mayor para eso! ¡Joder, ese día empezaba el instituto!
El colchón estaba húmedo, pero no de orina. Una mancha oscura se extendía bajo sus muslos, aún tibia, con un olor denso, como a monedas viejas mojadas.
Tardó unos segundos en entenderlo. Salió al baño en silencio; si su padre la pillaba, se moriría de vergüenza.
Al sentarse, el agua del váter se tiñó de un rojo pálido. Por un instante pensó que algo dentro de ella se estaba vaciando.
El grifo goteaba: uno, dos, tres plops huecos.
Entre ellos juraría haber oído otra cosa.
Una voz bajísima, como un murmullo que venía de las cañerías.
Un susurro que le sonó extrañamente familiar: «Lu-ci…».
~
El ventilador de la CPU zumba. Son las tres y cuarto. Guillermo Vidal lo sabe sin mirar el reloj. Su estudio es una isla en la casa dormida: dos luces, el monitor y el flexo. En la pantalla, las ondas de sonido laten como un electrocardiograma que solo él entiende.
Cada noche repite el ritual. Sube la ganancia. La baja. Respira siguiendo un patrón aprendido sin querer. Contiene el aire al ajustar el micro. El silencio total no existe: siempre queda el roce del aire, un labio seco, la ropa moviéndose. Guillermo los caza uno por uno.
Reproduce. Amplía. Ecualiza. Reproduce otra vez. Se sujeta la frente, la mandíbula le cruje de la tensión acumulada.
El móvil vibra en silencio: en la pantalla aparece «Mateo». Duda un segundo antes de aceptar. La voz de su compañero del podcast llega medio apagada, como si hablara desde el fondo de un túnel. Escucha con la mitad del cerebro; la otra sigue clavada en la forma de onda. Mateo divaga, se disculpa por la hora. Parece entusiasmado con su nuevo «Expediente Vallecas» de turno, pero Guillermo apenas asiente a cada frase de su amigo.
Un sonido llega del pasillo: somier, sábanas, alguien moviéndose. El móvil se le resbala de la mano. Mateo sigue hablando solo.
En el fondo de pantalla, Lucía lo mira. La foto del verano pasado: su hija en la playa, escuchando música con media sonrisa forzada. Esa mirada contiene todas las preguntas que él ha evitado responder. Bloquea la pantalla. Queda su reflejo: gris, sudado, con terribles ojeras.
—Te tengo que dejar, Mateo —murmura—. Mañana hablamos.
El silencio vuelve, más espeso que antes.
Avanza por el pasillo. Oscuridad de trinchera. Una línea de luz se filtra bajo la puerta de Lucía. Pisa despacio, su mirada esquiva los retratos familiares, como si uno de los rostros fuera a devolverle la mirada. Se detiene junto a la puerta. Escucha. Bostezo. Respiración irregular. Dos segundos. Tres. Luego nada. Cuatro segundos después, Lucia emite un suspiro largo.
El reloj del pasillo marca los segundos con un tic tac que parece una cuenta atrás. Cuando por fin se convence de que todo está bien, vuelve al estudio. Esta vez deja la puerta entreabierta para escuchar mejor.
El aire parece más cargado en su estudio tras haber respirado el fresco del pasillo. Se sienta, los auriculares le devuelven su propio pulso. Reproduce el archivo. Para. Reproduce. Mira al pasillo. Nada. Repite. Cada vez más convencido de que hay algo que respira con él, fuera del sonido y dentro de su cabeza.
Edita toda la noche, cazando respiraciones infiltradas en la grabación. Ninguna suya.
Reproduce otra vez. Retrocede dos segundos. El ruido está ahí, agazapado entre el silencio. No es posible… ¿Por qué le resulta familiar?
Se promete escucharlo una última vez, pero los párpados le pesan, persianas de hierro a medio bajar.
El cursor parpadea sobre la línea de tiempo mientras su cabeza se inclina, apenas un segundo, y el zumbido del ordenador se mezcla con su propia respiración.
Cuando el sueño por fin lo vence, la pista sigue en bucle.
Un chasquido seco: el cuello de Guillermo protesta. La silla del estudio no fue hecha para dormir, y mucho menos para sostener el peso torcido de un hombre adulto. El ventilador del PC sigue girando, fiel, igual que cuando se dejó caer, rendido, tres horas antes.
El cuerpo tarda en obedecer. Una pierna dormida. Hormigueo eléctrico que trepa por el muslo. Se incorpora con un gruñido sordo y se palpa la barbilla: la barba raspa, áspera, nada que ver con la línea limpia de la mañana anterior. Unas gotas de saliva seca le manchan la camiseta.
El móvil parpadea sobre la mesa: 9:52 a. m. Lo mira un segundo de más, como si pudiera borrar la hora solo con mirarla.
El estudio huele a noche atascada: plástico caliente, sudor rancio, café oxidado.
Guillermo parpadea hacia la pantalla. La onda de audio sigue ahí, congelada a mitad de un suspiro espectral. Por un instante, duda si cerrar el archivo, como si temiera perder algo valioso al hacerlo. Da un toque suave al ratón. Guarda. Apaga la pantalla. Por reflejo, pasa la mano por encima del micro, una de esas manías que no consigue quitarse.
Al levantarse, la espalda le tira: una cuerda tensa desde la escápula hasta el costado. Un mareo breve lo obliga a apoyarse en la mesa. Cuando el vértigo se disuelve, camina despacio hacia la puerta, recoge la bata gris de la percha y se la echa encima sin abrochar.
~
El pasillo parece más estrecho a la luz del día. Las fotos familiares alineadas a la izquierda: la boda, la luna de miel, Lucía en la bañera. Todas enmarcadas con cuidado. Todas evitadas con precisión.
Baja la vista. Avanza arrastrando las pantuflas a ritmo de hospital.
Al llegar a la puerta de Lucía, pone la mano en el picaporte. Escucha. Ningún murmullo de series o el repiqueteo de la pantalla del móvil. Siente el impulso de tocar, de anunciar su presencia, pero lo reprime.
Gira el picaporte.
La puerta cede sin resistencia.
La habitación de Lucía lo recibe con una atmósfera de quirófano. El sol se cuela apenas por la persiana, dejando franjas pálidas sobre la colcha impecable. Guillermo se detiene: la cama está hecha con un perfeccionismo inédito. No solo estirada —no—, sino tensa en las esquinas, las almohadas alineadas como soldados en fila, el nórdico liso, sin una sola arruga. La visión lo inquieta más de lo que quiere admitir.
Un primer barrido revela que la mochila escolar no está bajo el escritorio. El perchero del armario, ayer ocupado por el uniforme azul, ahora cuelga vacío. En el aire flota un leve rastro de champú frutal.
Retrocede un paso. Observa de nuevo la cama, ese orden meticuloso. No sabe si sentirse orgulloso o alarmado. A veces teme que Lucía esté creciendo demasiado rápido.
Sale de la habitación y avanza hacia la cocina, donde el rumor de vajilla y el olor a pan tostado comienzan a llenar la casa de algo parecido a la vida.
La luz entra blanca y oblicua en la cocina. Lucía se mueve entre la cafetera y la tostadora con una soltura precisa. Lleva el uniforme nuevo: falda hasta la rodilla, camisa de algodón perfectamente planchada. El cabello, recogido en una trenza tirante, le afila la mandíbula y la hace parecer mayor. Apenas lo ve entrar, le lanza un vistazo de control de daños, como si esperara encontrarlo en peor estado.
—Te he hecho café —dice sin aspavientos, señalando la taza humeante junto al plato.
El vapor le empaña las gafas cuando se acerca. Huele a café colombiano, un punto más amargo de lo que suele preparar él mismo. Junto a la taza, una servilleta doblada como origami sostiene un sándwich: pan de molde blanco, corte diagonal exacto. No recuerda haberle enseñado a Lucía esa manía.
—Gracias, peque —murmura, sentándose despacio.
Ella sigue de pie, untando mermelada en una tostada. Hay una energía tensa en el aire. Se obliga a dar el primer sorbo. El calor lo zarandea despierto, lo ancla al presente.
—¿Qué haces con el uniforme puesto? ¿Las clases no empiezan mañana?
—Empiezan hoy, pero más tarde por ser el primer día —dice con voz coqueta.