Capítulo 8
Se adentraron en la torre. Sus pensamientos estaban con Olliwadi. Una de sus ampollas vibró. Suficiente.
Cada peldaño que bajaban aumentaba las quejas y lamentos del Sahr. Avanzaba espoleado por el miedo y los empujones de Kwart.
—¿A dónde… a dónde vamos? —preguntó. El soldado encontró su tono lastimoso indigno.
¿Dónde había quedado el gran guerrero? ¿El general idealista? No era el momento de dudar.
Un zumbido sordo fue el presagio de una nueva ráfaga. Kwart y el Sahr acabaron en el suelo, rodando. Cada peldaño un nuevo golpe. Cada golpe un quejido. Tras arrastrarse de forma patética, el soldado alzó las protecciones antes de ponerse en pie. No podrían mantener la distancia mucho tiempo.
Los ataques se sucedían cada vez con más frecuencia. La única ventaja que poseían era la arquitectura en espiral y la oscuridad. El Sahr apenas estaba consciente. La herida no paraba de sangrar y el accidentado descenso empeoraba la situación.
Kwart pasó un brazo bajo los hombros de su monarca sin detenerse. Otra carga más. Solo su determinación podía mantenerle en pie.
—¡Vamos, mi Sahr! ¡Aguante!
Las palabras devolvieron las fuerzas al dirigente. Demasiado tarde. Los peldaños fueron perdiendo consistencia. La arena suelta se escurría bajo las sandalias. Kwart dio de bruces en el suelo, dejando escapar al Sahr que comenzó a descender. Notaba su cuerpo en carne viva a medida que se deslizaba por la irregular rampa.
La caída duró un instante, el dolor que la sucedió una eternidad. Había perdido la noción de lo que estaba arriba o abajo. Su visión se difuminaba y oscurecía. Unos pasos sordos le devolvieron el foco. El grito ahogado, su atención. Notó un dolor agónico en su consciencia.
El Sahr ascendía. Una masa disforme de arena le rodeaba el cuerpo. El grito del monarca se tornó en estertor. Un rumor sibilante y aspirado. El sonido de la muerte.
Kwart arañó el suelo mientras cerraba el puño. Notó las partículas incrustándose bajo las uñas. Y una vez más, se puso en pie.
—Has… has cometido un error, sucia áspide —escupió el veterano.
Se levantó frente a la mujer. Sus ropajes blancos, ahora manchados de grana, reflejaban la escueta luz que llegaba desde las aspilleras. Una profunda respiración rompió la tensión. Las ligaduras del Sahr retrocedieron y le depositaron suavemente en el suelo.
—¡Ahora estás a mi merced! —estalló el soldado.
Una avalancha surgida del suelo enroscó a la asesina. Lo frenó. Kwart leyó el esfuerzo en el rostro de la atacante. El suelo comenzó a hundirse bajo los pies de la mujer.
Kwart podía notar cómo ella intentaba apoderarse de su arena. Su fuerza era apabullante. Pero él tenía el control.
En un movimiento desesperado, tras un estallido de furia, lanzó un latigazo de su arena propia. Un disco de lumetita se interpuso entre el ataque, iluminando la estancia.
—¿Malgomaj?
Las palabras del Sahr detuvieron el tiempo. La asesina soltó su arena. Kwart seguía apretando, intentando envolverla.
—Así que no te has olvidado de mí, maldito traidor —espetó la mujer.
—¡Deberías estar muerta! —el tinte de terror rebosaba en las palabras del Sahr.
—Oh, por supuesto… si un mercader no me hubiese encontrado, ahogándome en un charco de sangre… —De un movimiento, se quitó el pañuelo. Su cuello estaba rodeado por una irregular cicatriz que reflejó la luz de la lumetita—. Ahora estaría muerta… ¡Al igual que mis hermanas!
La furia que impregnó aquellas palabras reforzó su sustentación, alejando la arena a varios codos de distancia. Kwart reforzó su ataque.
—¡No dejaré que asesines al Sahr! —sus palabras sonaron infantiles. Se sintió como un niño intentando entender asuntos de sus padres.
—¡Cállate, maldita res! ¿Crees que estás haciendo algo honorable? ¿¡Crees que el gran Sahr Magn es un héroe!? ¡Toda esta nación es una mentira, edificada sobre los huesos de mi familia!
—¡Hice lo que debía hacerse! —exclamó el Sahr—. ¡No hay progreso sin sacrificio!
—¿¡De qué estáis hablando!? —Aquella incertidumbre le hacía titubear. Había dedicado su vida a seguir a aquel hombre.
—¡Cuéntaselo, oh mi Sahr! ¡Explícale como la gran hazaña de Magn el gran arquitecto de la civilización es una farsa!
Un silencio tenso, roto por el rumor de la arena friccionando, inundó la sala. Kwart se encontró con los ojos de su monarca y éste le retiró la mirada.
—Yo… yo tenía una visión. Un sueño —comenzó a relatar, ajeno al duelo de voluntades que se estaba librando por su vida—. Una nación de progreso, donde todo hombre fuera libre. Donde cualquier persona, aunque fuera incapaz de sustentarse, tendría un propósito.
—¡¿Cómo tú, verdad?! —bramó Malgomaj.
—Si… como yo.
Las palabras del Sahr se sintieron como una puñalada. Su arena perdió fuerza y ella comenzó a moverse.
—Sabía que era lo correcto —prosiguió Magn con la mirada perdida—. Pero también sabía… que éramos un pueblo belicoso. Un pueblo que sólo seguiría al más fuerte. Así que… así…
Magn rompió en lágrimas.
—¡Tuve que hacerlo! Si se hubiese sabido… todo…
—No… no entiendo…
—Un joven idealista se presentó en la aldea de Karangan. Mi aldea —continuó relatando Malgomaj. Sus susurros rasgados acrecentaban el dolor de su relato—. Nos contó su plan. Nos habló de lo que pretendía. Una nación de progreso. El fin de las guerras… Nadie lo tomó en serio. Salvo mi familia. Y tú… ¡Tú las mataste! —escupió al suelo con desdén—. La famosa muralla del Sahr… no la levantó él. Fueron sus criadas. Sus sirvientes. Siempre ocultas, siempre discretas. ¡Fuimos nosotras!
Kwart dejó de empujar. La arena cayó alrededor de Malgomaj formando un círculo casi perfecto. El antiguo soldado dio la espalda al Sahr.
—Yo… yo creía en usted. Compartía su visión… —Cada palabra se arrastraba para salir de su garganta.
—¡Por eso nadie podía saberlo! —gritó Magn con los ojos desorbitados—. ¡Si se conoce la verdad todo se desmoronará! Como… como un castillo de arena a merced del viento.
—Tienes razón…
Con aquellas palabras, liberó todo el peso que sustentaba.
La verdad quedó sepultada bajo el cadáver de aquella torre.