Capítulo 7
Sentía el cansancio como si llevase jornadas atravesando dunas. Cruzó varias estancias vacías. Estaba ascendiendo. La pendiente era sutil pero el dolor en sus pantorrillas lo evidenciaba.
Maldijo en voz alta. El pasillo se acababa ante una escalera titánica. Sin tiempo para recobrar el aliento, acometió su nueva cruzada.
Cada escalón le supuso una montaña. El sudor emborronaba su vista, transformando las vetas de lumetita en manchas luminosas.
El eco de voces reavivó su ánimo. Estaban cerca. Una discusión. Y llegó el último peldaño. Se dejó caer de rodillas. Tosió y se puso en pie.
—¡Soltadme de una vez! —una voz conocida, irritante y querida llegó a través del portal.
Jadeando, cruzó el umbral. La sala estaba tan iluminada que por un momento pensó que volvía a ser de día. No se dejó amedrentar por la inmensidad del salón. Atravesó decenas de columnas mientras una multitud de miradas le seguían. Él sólo tenía ojos para Olliwadi, arrodillada en el suelo con dos cimitarras descansando en su cuello.
—¡Soltadla! —gritó Kwart.
—¡¿Otro intruso?! —exclamó una imperiosa voz—. ¡Apresadle!
Titubeó al reconocer al dueño de aquellas palabras. Era el Sahr Magn. Los años habían sido crueles con él, pero su aura regia seguía intacta.
—¡Mi Sahr! ¡Está en peligro! ¡Debe escapar!
—¡Sandeces! ¡El palacio es inexpugnable! —rugió el mandatario.
—Me he enfrentado…
El suelo se sacudió violentamente, interrumpiéndole. Una tormenta de arena arremetió con la violencia de un ejército. Kwart reaccionó frenando la embestida. La fortaleza mental del veterano era lo único que había entre el Sahr y aquella avalancha de muerte y arena. La sala se desmoronaba por momentos incorporando más fuerza a la salvaje ola. Aquel sonido era familiar. La cacofonía de la guerra. Gritos de dolor y de angustia se mezclaban con truenos de destrucción. Tenía que resistir.
—¡Sal Magn y afronta tus pecados! —gritó la sibilina voz de la asesina.
La inesperada lanza disforme atravesó la avalancha. Imparable.
Uno de los guardias se interpuso entre su señor y la muerte. El Sahr se quedó en el suelo, parapetado con el cuerpo del héroe caído.
Kwart retrocedía por la fuerza de la acometida, dejando profundos surcos en el suelo. Una muralla creciente marcaba el punto donde las consciencias de los dos guerreros chocaban. Avanzando. Arrasando a su paso.
El frente de tormenta se detuvo. Un rugido de esfuerzo anunció la llegada de Olliwadi.
—¡Protege… al Sahr! —gruñó Kwart entre dientes—. ¡Yo la detengo!
—¡No hay salida!
Un chispazo. Una ligera voluta de lumetita surcó el salón hasta perderse en la noche. A través de la pared derruida, la luz de la luna recortaba la silueta de las torres exteriores.
—Es… brillante —susurró el veterano con mucho esfuerzo.
—¡CORRE!
Kwart cortó la conexión. En dos zancadas alcanzó al Sahr, que seguía ovillado en el suelo y tiró de su túnica. El muro de arena que les separaba de la asesina se fue desplazando, cubriéndoles. El Sahr se frenó al llegar al precipicio. Con el impulso de la carrera, el veterano soldado empujó al hombre al vacío.
Tras caer decenas de pies, del arenero de Kwart salió su arena propia formando una superficie que les detuvo. La plataforma sobrevoló el patio interior hasta llegar a la balconada de una de las torres. Su torre.
Antes de poder rebasar la entrada, un silbido rasgó el aire y un alarido de dolor lo acompañó. La sangre tiñó el suelo de rojo. No había sido suficientemente rápido.
El Sahr se llevó la mano al hombro herido.
Kwart miró hacia atrás y la vio.
La asesina iba tras ellos.