Relatos Orbitales Capítulo 6
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Capítulo 6

La oscuridad era su aliada. Su conexión con la arena le guiaba. Sin distracciones. Sólo él y las partículas. Los ligeros cambios de forma y peso eran evidentes. Esbozó un pequeño mapa mental. Estaba forzando su capacidad hasta el límite.

Nuevos muros de consciencia salieron a su paso. Pero Kwart era un alud. Imparable. Algo había cambiado en él. Un propósito lo espoleaba.

Estaba cerca.

Y finalmente, rebasó la superficie.

Sin tiempo para acostumbrarse al estallido sensorial de la tenue lumetita, por instinto, rodó por el suelo evitando que una violenta ráfaga de arena le golpease.

Al final del pasillo, atisbó una figura alta y delgada. Alzó un muro para protegerse de dos nuevas acometidas. Sí, este es el pasillo correcto, pensó con amargura. Unos pasos casi imperceptibles se acercaban.

Sin tiempo de analizar la situación, desintegró el escudo y saltó al frente.

Cerrando los ojos y sintiendo la arena, avanzó.

Los proyectiles silbaban en el aire. Él esquivaba, saltaba o se deslizaba por el suelo. Cuando estuvo a su alcance, se abalanzó sobre su adversario.

Un fuerte tirón le hizo retroceder dejándole colgado de pies y brazos. Notó la familiar abrasión de la arena que le rodeaba. No había sentido aquel ataque. Arena propia, se dijo a sí mismo.

Abrió los ojos.

Su atacante le devolvió la mirada con fría indiferencia. Era una mujer. Su piel, negra como la noche, contrastaba con el faldillón y el pañuelo blancos que portaba.

—No te entrometas, soldado. Demasiada sangre se ha vertido ya —su voz estremeció a Kwart. Un susurro rasgado, apenas audible. Antinatural—. Sólo el Sahr debe morir.

La soga de arena le lanzó hacia el techo antes de impactar contra el suelo. Un terrorífico crujido fue la antesala del profundo dolor que le atravesó el costado.

El zumbido desbocado de sus pulsaciones martilleaba en sus sienes. Se levantó con miedo de que, con el esfuerzo, la torre que sustentaba se desmoronase. Sólo tenía una certeza: no podía derrotarla.

La mujer se frenó y le miró con un deje de curiosidad. Una espiral de arena le rodeaba el cuerpo. Durante diez latidos, una quietud inundó el pasillo. Tenía una oportunidad. Sólo una.

Un latigazo restalló en el aire. La orden mental de Kwart fue más rápida que su cuerpo. Se levantó una gran polvareda que cegó a los contendientes.

Sin pensar, se abalanzó de nuevo sobre la asesina. Ésta lo esquivó con facilidad. No paró. Siguió corriendo. Un grito de furia retumbó por el corredor. Miró por encima del hombro. A cada paso, los pies de la mujer se hundían en la arena.

Ya no miró atrás.

Levantó dos débiles barreras a su paso, esperando que la ventaja que había obtenido fuese suficiente.