Relatos Orbitales Capítulo 5
60%

Capítulo 5

Bajó al trote las escaleras. Era la primera vez que visitaba el interior del edificio. Tal y como supuso, la estructura era igual a la que él tenía memorizada de su sector.

No le costó encontrar el puente que unía las torres exteriores con el cuerpo central. Los trabes seguían en sus posiciones, sustentando el armazón interior. Pudo ver el miedo en sus ojos.

Al rebasar el arco que separaba el puente de la torre del Sahr, comprobó que no había sufrido ningún daño. Se sorprendió al encontrarse con un largo pasillo circular iluminado por una fina e intrincada línea de lumetita. Aquel lujo equivalía al salario de todo el equipo de hacedores de palacio. No lo aprobaba a pesar de entenderlo.

Finalmente llegó a una sala de maestres. La tensión era palpable. Sólo quedaban aquellos sustentadores imprescindibles. No se detuvo. Atravesó la puerta central ignorando las exclamaciones y murmullos a su espalda.

El camino serpenteaba. Izquierda, derecha, derecha de nuevo. Era un condenado laberinto. Los hacedores sólo tenían permitido conocer sus sectores. Estaba a ciegas. Su impaciencia le impulsó a acelerar el ritmo. Tras doblar varios recodos encontró otra sala de control.

Imposible.

Había vuelto a la misma habitación.

En un vistazo localizó al maestre gracias al faldillón marrón propio de su clase.

—¡Necesito acceder a las estancias del Sahr! —gritó el veterano, dejando de lado cualquier tipo de modales.

—No puedo dejarle acceder, mi señor—le contestó. Evitaba mantener contacto visual.

—¿No lo entiende? ¡El palacio se está desmoronando! ¡La vida del Sahr podría estar en peligro!

—Lo… lo entiendo —su voz tembló. Kwart solía causar ese efecto—. Pero no puedo dejarle acceder. No hay paso hacia los aposentos reales.

—¡¿Cómo?!

—Mi camarilla no tiene la autorización para sustentar una entrada a las zonas del Sahr. Sólo el maestre Rukh tiene esa autorización.

—¡Khasmin! ¡No tengo tiempo para tonterías! —dijo Kwart, el maestre dio un paso atrás, temeroso.

Una de sus ampollas de magnetita vibró al tiempo que una sacudida en el edificio hizo gritar de forma muy poco digna al maestre.

Aceleró el paso y la nube de magnetita salió de su ampolla. Era Olliwadi. «Guardias de palacio muertos. Al menos un asesino. No ha accedido a la cámara del Sahr.»

Todavía quedaba tiempo.

—¿Cuál es su nombre, maestre? —preguntó Kwart intentando mantener la calma.

—Grus, mi señor.

—No soy señor de nada ni de nadie, Grus. Y me disculpo por la brusquedad con la que le he hablado —su tono intentaba ser tranquilizador, no ganaba nada vertiendo su furia ante un asustado trabajador— ¿Quién está sustentando el pasillo principal?

El funcionario tragó saliva e inconscientemente miró a uno de los trabes que se encontraban al otro lado del pasillo.

—Je… Jechati —indicó el maestre.

La única mujer de la camarilla dio un paso hacia delante. Tras un breve saludo de cortesía, el soldado habló sin tapujos.

—Tal y como habéis escuchado, estamos ante una emergencia. Y no me queda más remedio que atravesar el muro que sustentas.

Jechati abrió mucho los ojos alarmada.

—¿Perdone?

—Es imprescindible que no pierdas la concentración —continuó diciendo Kwart haciendo caso omiso de las dudas de la trabe—. No puedes dejar de sustentar a pesar de la intromisión.

Sin esperar respuesta, se internó de nuevo en el pasillo principal. Tocó el muro de arena suavemente. Cerró los ojos y extendió su capacidad de sustentación. Sentía el grosor de aquella pared. Cada una de sus partículas. Tenía que ir más allá. Encontró consciencia de Jechati. Presionó. Escuchó un lamento agudo a su espalda. Apretó más.

El muro se combó hasta formar una burbuja y con paso firme, Kwart se introdujo en ella.