Capítulo 4
Olliwadi actuó con rapidez materializando un muro instantes antes de que la avalancha de arena les golpease.
Kwart había cometido un error de novato. La culpa fue eclipsada por un orgullo casi paternal.
Antes de que la plataforma llegase al suelo, saltó sobre su estera y rodeó el palacio a toda velocidad. No hizo falta mirar atrás. Olliwadi seguía sus pasos.
Al llegar al sector del alba, lo que debía ser la torre septentrional había quedado reducida a una duna. Decenas de vidas habrían quedado sepultadas bajo millares de cargas de arena.
Kwart cerró los puños. Los ojos de su compañera estaban empañados en lágrimas. Su intuición le decía que esto no había acabado.
Pasaron de largo. No había nada que hacer. Desde el interior, los guardias corrían para rescatar posibles supervivientes. Estaban tan ocupados que no se habían percatado de que la torre contigua estaba perdiendo consistencia.
Olliwadi paró en seco. Sus manos temblaban.
—Kwart… no, no puedo alejarme más. No creo que pueda mantener mi sector a más distancia.
—¿Estás segura? —preguntó tras detenerse.
—Nunca… nunca lo he probado.
—De acuerdo. Quiero que entres en palacio. Esto no es un accidente. Hay que asegurar a la familia real, ponerla a salvo —sus palabras eran amables, pero imperativas. El soldado había resurgido.
—No, no puedo acceder a…
—Sí puedes. Como Daz del ejército de Sahrad, invoco la orden Anub. A partir de ahora eres una leva del ejército en crisis. Sólo el Sahr y su familia pueden revertir la orden.
Olliwadi se irguió con orgullo y asintió. Dio la vuelta a su estera y emprendió la marcha.
Kwart siguió las grietas que surcaban la fachada. Todavía sentía su sector. Estaba en el punto más alejado de su propia torre y aun así la sustentaba sin dificultad. En ese instante lo vio. Un faldillón granate. Enterrado, otro pilar.
Saltó de la estera y corrió con dificultad sobre la arena. No conocía al muchacho. No debía ser mucho mayor que Olliwadi. Tenía la mirada desenfocada. Su cuerpo estaba abrasado por la tormenta de arena. Un alarido de dolor recondujo su atención.
En la balconada de la torre, a contraluz, había otro pilar. La torre se sacudía. Kwart tanteó con su mente. Una única consciencia sostenía la edificación al completo. Con premura, se impulsó levantando un poderoso chorro de arena.
Conocía a ese muchacho. Era Kalst. Había combatido junto a su padre.
—¡Aguanta, aguanta! —exclamó intentando infundirle ánimo.
Durante un instante, el peso que recaía sobre Kwart se multiplicó. Cayó de rodillas junto al muchacho. Sus músculos gritaron de dolor.
—No… no puedo… —susurró el joven haciendo un esfuerzo inhumano.
—¡Claro que puedes! —gritó el veterano— ¿Conoces… conoces la historia de la muralla de palacio?
Kalst, con los dientes apretados, negó levemente. La arena se deslizaba por el muro de la fachada. A pesar de la ayuda que le estaba ofreciendo Kwart, seguía sustentando la mayoría del peso.
—¡Tu… tu padre estaba ahí! ¡Conmigo! Zvyras había reunido a un millar de hombres… ¡Un millar! Tenían paquidermos de batalla y montaban cefaloqueros. ¡Sus cuernos eran tan largos como mi pierna!
El peso que sustentaba seguía en aumento.
—Entonces llegó Magn, el Sahr. ¡Íbamos a morir todos! Pero él solo… ¡él solo! Alzó los brazos y levantó la muralla. ¡Un centenar de codos de altura!
—¡No… no puedo! —gritó Kalst desesperado.
—¡Claro que puedes! ¡Deja caer lo innecesario! ¡Ensancha ventanas! ¡Mantén los muros de carga, escaleras y suelos!
Partes de la torre comenzaron a desprenderse, bañando los pasillos interiores con la luz de la luna. Guardias y trabajadores del palacio corrían por sus vidas.
Al tiempo que la multitud salía del edificio, el peso se redujo. Muchos de ellos apenas sustentaban su peso en arena. Antes de las guerras dúnicas se habrían considerado poco más que inválidos. Ahora eran artesanos, maestres o vigías.
Y estaban sosteniendo el palacio. Salvando vidas.
Poco a poco, Kwart fue liberándose hasta que no hizo falta. Kalst, por su parte, había roto su máscara de dolor y sólo quedaba concentración.
Ya no era necesario.
Sin un ápice de dudas, se adentró en la torre.