Capítulo 1
Kwart se despertó sobresaltado. Aquel sonido metálico era inconfundible. Por el lucernario se filtraba el resplandor mortecino de la tercera luna. Extendió su brazo hasta encontrar la redoma de arcilla. A tientas quitó el tapón y una nube amorfa de lumetita iluminó la estancia circular.
Se incorporó con dificultad. Todos sus músculos se quejaron. No recordaba la última vez que se había despertado sin dolor. En dos pasos, se acercó a la repisa donde dos ampollas metálicas reposaban en silencio al tiempo que una tercera vibraba con una cadencia particular.
El tapón saltó cuando sustentó el contenido del recipiente. «Dravt no ha acudido a su puesto. Necesitamos sustituto. Urgente.»
—¡Khasmin! —exclamó en voz alta. La magnetita regresó a su ampolla con un repiqueteo metálico.
Kwart se pasó las manos por el incipiente cabello. No tenía tiempo de afeitarse.
Debería haberse licenciado del servicio tal y como le habían propuesto sus superiores. A su treintena y siendo veterano de las guerras dúnicas, podría estar disfrutando de un retiro en algún pequeño oasis a las afueras de la ciudad. Muchos compañeros habían aceptado esa oferta de buen grado. Pero él no.
Desde que nació había vivido día a día, sobreviviendo. A sus diez órbitas todo cambió. El sueño de un loco idealista se convirtió en el suyo propio. Jamás imaginó que llegaría a vivirlo.
Pero un soldado sin guerra es como un pozo sin agua: un agujero oscuro e inútil. Así que cuando le ofrecieron la posibilidad de convertirse en pilar del palacio real, no dudó.
Se calzó las sandalias y se anudó el faldillón granate. Colgó en su cinturón las tres ampollas de magnetita y la redoma para la lumetita. Quizá por cansancio, quizá por instinto, cogió su desgastada arenera de cuero. Apenas se veían en aquellos tiempos. Guardó el resto de pertenencias en la despensa del suelo, la única estructura perdurable que se podía permitir.
Extendió su estera e inició su viaje deslizándose a través del mar de arena. A su espalda, la casa se desmoronó a medida que se alejaba.