Capítulo 6 – HAMBRE #3
Y te agachaste para pasar la mano por mi lomo empapado. Dejé que me tomaras en brazos, tus amorosos y fuertes brazos, y por fin conseguí contemplarte de cerca. Tenías muy mala cara, pálida y ojerosa, pero en cuanto empecé a ronronear te arranqué una sonrisa, la primera desde la tragedia.
—Ven conmigo —susurraste, invitador—. Dentro se está más caliente.
Emití un maullido de aprobación y me froté contra tu pecho, aspirando tu olor a hombre, mientras cerrabas la puerta con un pie y me llevabas al centro de tu hogar, del que acababa de entrar a formar parte, como debía ser.
EL ENCARGO
De Elia Míriel
Género literario: Comedia fantástica
Gabriel recorrió los impolutos pasillos de la oficina central. Estaba agotado y sabía que su presencia no sería bien recibida, pero eran órdenes directas del jefe y no podía negarse.
Encontró la sala vacía, a excepción de una única funcionaria que nada más verle enarcó las cejas, visiblemente molesta. Cómo odiaba hacer siempre de mensajero.
—Será una broma —le espetó la burócrata cuando llegó a su mesa—Llevamos seis días trabajando a destajo. ¿Qué quiere ahora?
—Todo lo que te quede —respondió Gabriel, que sólo deseaba terminar el encargo lo antes posible. Soñaba con un baño de espuma— Todos los sobrantes.
La funcionaria soltó un bufido y empezó a rebuscar en los cajones.
—Pelaje marrón —dijo mientras iba metiendo los atributos en un cofre tan blanco como su atuendo—. Patas palmeadas. Sistema reproductor a base de huevos. Espolones. Veneno… y un pico. Es todo lo que tengo —concluyó irritada —. Con esto no se puede hacer nada, Gabriel. Lo sabes tan bien como yo.
—Ya veremos —respondió encogiéndose de hombros—. Dios tiene mucho sentido del humor.
YA SABES LO QUE ME GUSTA, MAMI
Del Coronel Kurtz
Género literario: Terror psicológico con elementos sobrenaturales
Para la amazona de Mordor, por regalarme
su amistad y aceptarme en su familia.
La tarde había sido tan pacífica como la de cualquier otro día, pero volvía a ser treinta y uno de octubre y eso hacía que Sara estuviese más tensa que las amarras de un barco en día de tormenta. Diego, su pequeño de siete años, estaba tirado sobre la alfombra del salón, jugando con sus figuritas de Star Wars y poniendo voces diferentes a cada personaje.
—No dejaré que te lleves a la princesa —fue lo último que le escuchó decir cuando regresó a la cocina para rematar la cena.
Desde que su marido falleciera en un absurdo accidente de tráfico y el maldito COVID-19 le arrebatara a su madre, el pequeño Diego era la única familia que le quedaba. Sara estaba a punto de cumplir cuarenta años, pero su recorrido vital, como le dijo un día una de sus adustas compañeras de trabajo, era más propio de una mujer de sesenta. Su vida giraba solo en torno a dos cosas: un trabajo que odiaba y cuidar a un hijo al que, ella misma lo reconocía, malcriaba y sobreprotegía. Solo tenía a aquel rubio retoño que tanto le recordaba a su marido y, por eso, cuando la idea de perderlo aparecía, sentía una intensa opresión en el pecho y le flaqueaban las piernas.
Tras el cambio de hora, oscurecía demasiado pronto y, aunque encendió todas las luces de la casa, sentía que eran pocas. Sabía que en el mundo real la luz no frenaba la llegada del mal, ni debilitaba su poder, pero ver con nitidez evitaba que se sobresaltase con casi cualquier sombra. Y es que, aunque nunca había sido una mujer miedosa, tras lo que había pasado el año anterior nada era lo mismo.
La mesa, decorada con un divertido mantel de sonrientes calabazas y un par de esqueletos que daban más risa que miedo, aguardaba en el salón a que se sirviese la cena. Habían colocado telarañas falsas en las esquinas, y un par de fantasmas, hechos con globos y gasa blanca, flanqueaban el televisor. Una de las ventanas estaba decorada con la vidriera de cartulina y papel de seda de colores que su hijo había hecho en el colegio. Tenía un marco de estilo gótico, la silueta de un gato negro y, cómo no, una calabaza desdentada y sonriente.
Tras lo ocurrido el último Halloween odiaba aquella maldita fiesta, pero a Diego le apasionaba y, por eso, haciendo de tripas corazón, incluso le había ayudado a vaciar y tallar una calabaza. La compró en el mercado central, en un puesto llamado “La dama de las calabazas”, y el resultado había sido sorprendente. Buscaron juntos una expresión divertida en Internet, con un diente saltón y una sonrisa bobalicona y, una vez terminada, la colocaron en el aparador con una vela en su interior.
—La cena está lista, cielo, siéntate a la mesa —llamó.
Cogió la tortilla de patatas y fue al salón, rezando para que la pesadilla del año anterior no se repitiese o que, de hacerlo, fuese en cualquier hogar menos en el suyo.
—Que Dios me perdone por semejante pensamiento —murmuró, sintiéndose culpable por aquel rastrero deseo.
Nada más entrar en el salón experimentó un frío intenso y, al mirar hacia el enorme balcón, contempló horrorizada que estaba abierto, con su hijo subido a una silla que había pegado contra el pretil.
—La tortilla no me gusta, mami, ya deberías saberlo —dijo Diego con una voz que ni era la suya, ni se le parecía.
—Es solo para mí, para ti tengo otra cosa —mintió Sara con la voz quebrada y desviando la mirada de la sonrisa diabólica y los ojos de loco que habían colonizado el angelical rostro de su hijo.
Dejó la tortilla sobre la mesa y, agarrándose al mobiliario porque las piernas no la sostenían, regresó, como pudo, hasta la cocina. Había rezado para que aquel ser no regresase nunca más, pero allí estaba, controlando de nuevo el frágil cuerpo de su hijo y esperando su excéntrica y macabra cena.
Aunque sabía que las posibilidades de éxito eran muy escasas, había trazado un plan por si aquel ser regresaba, y lo puso en práctica. Sacó de la nevera un enorme y sanguinolento trozo de carne de ternera que se había sacrificado esa misma mañana y lo colocó sobre una bandeja. Metió en el microondas el pudín de sangre de cerdo fresca para que se licuase y lo vertió sobre la pieza de carne.
—Por Dios, que funcione —murmuró, y lo llevó al salón.
—Eso tiene una pinta asquerosa —dijo el ser que poseía a su pequeño. Apoyó el abdomen sobre la barandilla y se asomó al vacío hasta casi caerse—. Ya sabes lo que me gusta, mami.
—¡Está bien, está bien, no lo hagas, te lo traeré! —gritó Sara, y regresó a la cocina mientras dos enormes lagrimones resbalaban por sus mejillas.
Dejó la bandeja en la encimera y, entre sollozos, sacó la tabla de cerezo sobre la que cortaba los alimentos y la puso en la mesa. Abrió un cajón, sacó una larga tira de tela y se la ató, tan fuerte como pudo, bajo la falange media del dedo corazón de la mano izquierda.
«Recuerda que lo haces por él», se dijo. Cogió un cuchillo, apoyó la punta en la tabla, lo hizo descender con fuerza y se amputó el dedo justo por encima del borde de la tela.
Se vendó y comprimió el corte como pudo, tomó dos nolotiles aun a sabiendas de que tardarían en hacer efecto y puso el dedo sobre un plato de postre. Se miró la mano, en la que ahora faltaban dos dedos, y regresó al salón esperando que en esta segunda visita el ser que poseía a Diego la noche de Halloween se conformase, también, con un solo dedo.
—¿Solo uno, mami? Hoy tengo mucha hambre —dijo aquel demonio al ver la ofrenda que traía la desdichada Sara—. Y me gustaría probar algo nuevo.
«Los niños son las anclas de la vida de una madre»
Sófocles (496-406 a. C.)
CASTILLOS DE ARENA
De Paco Garrido
Género literario: Fantasía épica