Relatos Orbitales Capítulo 6 – HAMBRE #2
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Capítulo 6 – HAMBRE #2

Eres el chico que necesito. Lo sé. Soy muy buena calando a la gente. Tengo que serlo. Mi vida no siempre ha sido fácil ni agradable. Cuando te echan de casa aprendes a juzgar a las personas por las malas.

Pero aparquemos el drama. El momento actual es mucho más excitante.

Te seguí, lo confieso. Tuve que hacerlo. Fue cuando todo empezó.

Quería ver dónde pasabas las horas, con quién estabas, dónde vivías. Quería saberlo todo sobre ti. No fue complicado. Soy mucho mejor que tú confundiéndome con el paisaje de fondo.

Desde entonces, espero todos los días en la esquina de tu calle, hasta que sales del bajo en el que vives, y te acompaño a la facultad. Afortunadamente para mí, eres deportista y vas andando a todas partes siempre que puedes (¡como yo!). Me oculto entre la gente, los árboles de la calle o los vehículos cuando te paras a comprar café y bollos.

A mediodía almuerzo con Rita en el refugio (tomando el sol en el patio si hace buen tiempo, refugiadas en uno de los despachos si no es el caso) hasta que apareces. Te veo alimentar a los animales, cepillarlos, curarlos, consolarlos. A veces, te toca orientar a los recién llegados, cosa que haces con humor y paciencia. Andas siempre bromeando con Rita cuando no estás explicándole a Mara, la nueva, dónde está cada cosa; juegas con los cachorros como si fueras un crío y dedicas tiempo a los perros ancianos, para los que reservas las mejores chucherías.

Después, vuelves a tu hogar mientras te sigo como una sombra.

Tienes una auténtica superespía personal controlándote, nene.

A veces espero un ratito por si vuelves a salir y me regalo los ojos con tu visión, acicalado para irte de fiesta. Informal, pero de una manera estudiada. Cuando dejas atrás los efluvios de tu colonia deduzco que vas a ver a alguna chica. Y rezo para que sea algo pasajero. Suele serlo, porque, muchacho, las eliges fatal. Mira que te gustan las tías superficiales. Muy monas y todo lo que tú quieras, pero pánfilas como ellas solas.

En cambio, yo soy muy diferente. Lo sabrás en cuanto te aborde y me presente. Me niego a aparecer ante ti de cualquier manera. Por eso, aguardo el momento perfecto para irrumpir en tu vida como una bola de demolición.

~

Ayer entré en tu casa mientras estabas fuera.

Te dejaste una ventana entreabierta cuando te fuiste a la facultad y la tentación fue demasiado grande como para resistirme. Era tan temprano que aún estaba oscuro y la luz amarillenta y mortecina de la entrada apenas iluminaba los escalones que llevan a tu casa. La calle estaba desierta y aproveché para colarme.

El bajo en el que vives es pequeño y modesto, pero has conseguido hacerlo acogedor. Me he paseado entre tus muebles, he chequeado tus libros y cedés (¡tienes cedés!) y, por supuesto, he penetrado en tu dormitorio.

Tu templo. El lugar donde, algún día, tú y yo nos acurrucaremos juntos y yo podré llamar hogar.

Tu cama es blanda y la colcha huele a ti. Igual que tu ropa, tanto la que estaba colgada en el armario como la que se amontonaba en una silla. Hoy habías salido a correr. El aroma del desodorante no podía ocultar del todo un olor picante, más orgánico, más… hum, sí, animal. Tu sudor. No me desagrada, de hecho, qué demonios, me encanta, es tu olor natural. Ahora sé a qué huele tu piel desnuda cuando se humedece.

Vale, sí, me he imaginado un montón de cosas y me he recreado en ellas. He fantaseado con el momento en que mi piel entre en contacto con la tuya por primera vez. ¿He mencionado ya mi espectacular flexibilidad? Tumbada en tu cama, me he frotado con tus prendas usadas para dejarte algo de mí y llevarme algo de ti. Como anticipo.

Qué quieres, la espera se me está haciendo larga. Pero me digo y me repito que vas a ser mío. Sólo que aún no lo sabes.

~

Ha ocurrido algo con lo que no contaba.

Esa chica nueva, Mara. La que recurre a ti para solventar absolutamente todas sus dudas, como si Rita no existiera. La dulce, trabajadora y titubeante Mara, que se desvive por hacerlo todo bien (especialmente cuando tú estás delante). Con sus manos de largos dedos, su redonda cara pálida y ese pelazo castaño, siempre recogido de cualquier forma. Ella, sencilla y casual, sus ojos transparentes siempre bajos y su delicada figura, que no se molesta en lucir bajo la bata y los vaqueros anchos. Siempre en medio, dispuesta a ayudar, a hacerse la imprescindible.

No parecía tu tipo: no es bulliciosa, coqueta ni llamativa. Nadie se para a mirarla dos veces. Pero, si te molestas en hacerlo, si la observas detenidamente, te das cuenta de que posee un encanto especial, una suerte de belleza oculta. Como si tuviera una lucecita interior. Hasta yo lo reconozco.

Y se ha esforzado en mostrarse ante ti todos los días, mientras yo urdía mis planes guardando las distancias. Tonta de mí. He sido lenta y descuidada, preparando mi deslumbrante irrupción en escena… mientras esta mosquita muerta me tomaba la delantera, llegando al refugio antes de tiempo, ordenando y limpiando el material, acarreando sacos de pienso sin quejarse para que tú corras a ayudarla, manejando a los animales con paciencia y cariño, aceptando tus consejos…

Nunca la vi reírse hasta que empezaste a charlar con ella de esto y de lo otro, entre bromas. Luego vinieron los momentos de descanso en el patio, café en mano. Y lo siguiente fue quedar fuera del trabajo.

Cogisteis el autobús y no pude seguiros para no delatarme. Permanecí de pie en la acera, impotente, viendo como te alejabas. Regresaste tarde, silbando, con una ligera sonrisa en los labios.

No te haces una idea de la angustia que me atenazó esos días, mientras se producía el acercamiento entre tú y esa advenediza. Disimulabais en el trabajo, pero a mí no se me escapaban las miradas de complicidad, el modo en que vuestras manos se rozaban en una caricia cuando os cruzabais.

—Yo creo que esos dos tienen algo —me comentó un día Rita, en un susurro malicioso, mientras jugueteaba con una de esas pelotas pequeñas de goma con las que los cachorros se entretienen. Me la lanzó a traición—. ¿A ti qué te parece?

Me quedé tan anonadada que el juguete me rebotó en el pecho. Mi amiga acababa de corroborar mis peores sospechas.

Ella misma se encargó de tirarle de la lengua a Mara poco después, mientras limpiaban las jaulas. La chica enrojeció y confesó con una risa nerviosa. Delante de mí. Sí, estamos saliendo.

Lo vi todo rojo. Hubiera podido sacarle los ojos en ese mismo instante.

A partir de ahí todo se aceleró. Al admitir vuestra relación, ésta se hizo más sólida, más real. Ya no había necesidad de fingir. Los encuentros eran menos furtivos. Los besos en público, más frecuentes y prolongados.

Diste un paso más. La trajiste a casa.

Si perderos de vista me desquiciaba, ahora que sabía que estabais juntos en tu piso, básicamente un dormitorio con un salón, perdí totalmente los estribos.

Era fácil ver que la intimidad que se había establecido entre Mara y tú no se parecía a la que habías tenido con las novias de tu pasado. Esto era más profundo. Había un entendimiento mutuo y una comunicación silenciosa completamente nuevas. Brillabas como nunca lo habías hecho antes. Vibrabas de felicidad. Por otra.

Todo había sido culpa mía, por no actuar a tiempo. Tenía que hacer algo.

En realidad, no resultó muy difícil. Me había aprendido vuestros horarios, vuestras idas y venidas. Ella se levantaba antes que tú, cuando aún estaba oscuro, y se iba a clase o a su apartamento. Se quejaba de que la luz de la entrada era muy pobre, de que apenas veía, medio dormida, los escalones que bajaban de la puerta principal a la calle. Le prometiste que ibas a cambiar la bombilla cualquier día de estos.

Pero no lo hiciste.

Todos dijeron que lo que le pasó fue un accidente tan estúpido como infortunado. Una tragedia absurda, una de esas jugadas que la vida te hace para ponerte a prueba. Así justificaron que, aquella madrugada, Mara no viera la pelota de goma diminuta, invisible, a la sombra del tercer escalón. Fue una fatalidad que la pisara y cayera de aquella manera. Se hubiera salvado de no haber sido por el golpe en la nuca.

~

Me apené mucho por ti. Estabas devastado. Te culpaste de su muerte. Habías perdido a tu novia en el mejor momento de vuestra relación, justo cuando ésta florecía entre proyectos y citas apasionadas. Ni siquiera habíais tenido tiempo de discutir por algo. Sólo te quedaba un puñado de buenos recuerdos que te dolían como si fueran malos.

Asistí al entierro de lejos, en una mañana fresca pero soleada, hermosa. El viento me trajo el perfume de mil flores cortadas en su honor. Cuando todo acabó, corriste a encerrarte en tu apartamento. Tu pérdida era de tal magnitud que te devoraba. No tenías ánimo para hablar ni soportar la visión del resto de los vivos.

Mi momento acababa de llegar. Yo sería tu gran consuelo, te acompañaría en los días más oscuros, guiándote hacia la luz en el camino a tu recuperación. Tenía una fe ciega en que conseguirías superarlo. Conmigo.

Me acicalé más que nunca y subí resueltamente los fatídicos escalones hasta tu puerta. Llamé.

Tardaste mucho en abrir y, mientras esperaba, entre llamada y llamada, el cielo se oscureció, el aire se cargó de humedad y empezó a llover. Se me empapó el pelo y me calé entera. Cuando el frío se me metió en los huesos y pensé en rendirme, la puerta se abrió.

Miraste al frente, a un lado y a otro. Y luego, abajo, hacia la alfombrilla en la que me encontraba sentada.

—¿Qué haces ahí? —preguntaste, con el ceño fruncido. Entonces, la sombra en tu rostro remitió—. Un momento, yo te he visto antes. ¿En el refugio, verdad?

Te ofrecí mi mejor sonrisa antes de saludarte con un suave maullido y un coqueto pestañeo. Eso te hizo suavizar tu tono de voz.

—Mírate, tienes todo el pelo mojado. No te quedes ahí. Pareces sociable. ¿Puedo?