Capítulo 6 – HAMBRE
Marek abre los ojos. Un entorno borroso y aséptico le rodea. No hay voces, ni pitidos, ni el susurro de los respiradores. Poco a poco sus sentidos se van recomponiendo. El techo es blanco, liso. Con luces brillantes y frías.
No hay barro, no hay lluvia, no hay sangre. Solo silencio… y una puerta abierta.
Parpadea. Sus muñecas están libres. No hay correas. Apenas la sensación punzante de una aguja recién retirada del brazo.
¿Qué estaba pasando? ¿Le estaría ayudando alguien?
No había tiempo para preguntas. Se incorpora con torpeza. Las piernas le tiemblan, pero le sostienen.
Mira alrededor. La sala está vacía. La puerta entreabierta.
Las sombras de la estancia se estiran como dedos en las paredes. Las luces del techo, pálidas y parpadeantes, revelan una habitación desordenada: una camilla metálica a un lado, correas sueltas colgando como serpientes muertas; una bandeja con instrumentos quirúrgicos secos, abandonados como si alguien hubiese salido con prisa; un monitor apagado, cubierto por una fina capa de polvo.
De pronto, un chasquido eléctrico sacude las luces del techo. Parpadean una vez más, pero esta vez no se apagan. Al contrario: se intensifican. Un resplandor blanco inunda la estancia, desdibujando las sombras y borrando las aristas del miedo. Cuando Marek parpadea y vuelve a mirar, la habitación ha cambiado. Ya no hay correas, ni sangre seca, ni instrumental oxidado. Lo que le rodea ahora es un cuarto pulcro, blanco como los huesos, con superficies lisas, sin polvo. Huele a antiséptico. A hospital. Las paredes, antes rugosas y sucias, son lisas y curvas, como si hubieran sido moldeadas por una voluntad más amable. Todo está en silencio, pero no es un silencio opresivo, sino clínico. Casi… familiar.
Marek se incorpora con esfuerzo. Cada músculo le duele, como si no hubiera usado su cuerpo en años. Nota la piel áspera y una ligera rigidez en las articulaciones.
Más allá de la puerta entreabierta, el pasillo está en penumbra. No hay guardias. No hay alarmas. Solo un zumbido eléctrico lejano, como el rumor de una máquina bien engrasada.
Entonces lo siente: algo no encaja. No es una fuga. Es… otra cosa.
Avanza, con el pulso acelerado. No entiende por qué está solo, ni cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que escuchó su nombre.
Podría huir. Y es lo que se dispone a hacer…
…hasta que una figura se recorta en el umbral.
—Papá…
La voz es grave. Humana. Conocida.
El hombre que tiene delante lleva un atuendo civil. Cabello gris, corto. Sus ojos oscuros le miran, no sorprendidos, ni asustados, sino aliviados. Pero hay algo más en su mirada. Una calma familiar, una lágrima contenida.
—¿Rián…? —susurra Marek, con temblor en la comisura de los labios, sin estar seguro.
El otro asiente despacio.
—Soy yo, papá.
El teniente da un paso atrás. No puede ser. Rián era un niño. Un niño con un dibujo plastificado.
—No… no es posible —murmura, llevándose la mano al pecho.
Entonces ve su reflejo en el cristal junto a la camilla. Y se detiene. La barba, canosa. La piel marcada por los años. Los ojos… los suyos, sí, pero más hundidos, más viejos.
Es él.
Pero no es el que recuerda.
Rián se acerca con lentitud.
—La guerra terminó hace más de veinte años. Estás en Kaorrh, en un hospital. Los Thaàl… nos están ayudando. A ti también. Has estado luchando contra tu propia mente, padre. Pero estás mejor. Cada día lo estás.
Marek se aferra al borde de una mesa. La sala gira a su alrededor.
—No… no puede ser. ¿Kaorrh? ¿Estoy en su planeta?
—Sí —responde una voz detrás.
Entran dos figuras:
Kaas Richter, con bata blanca, rostro sereno.
Y a su lado, el tánato que le había interrogado tantas veces, ahora sin visor ni máscara.
Lleva una placa médica colgada del pecho.
Habla con su vibración gutural, que se traduce por un implante en su hombro.
—Comandante Marek Solas. Ha superado las barreras psíquicas. La sustancia 7 ha facilitado el acceso a los recuerdos disociados. Es un avance importante.
—¿Una droga? —pregunta Marek.
Kaas asiente, sin culpa.
—Una terapia. No sabías lo que viste en Kinam. Ni cómo sobreviviste. Tenías que recordar. Ahora ya lo sabes.
El tánato da un paso adelante.
—La operación ha sido un éxito. El tercer Orbe ha sido extraído. Ya está aquí. En Kaorrh.
A Marek se le hiela la sangre. Pero se niega a creer lo que ha escuchado.
—¿Qué ha dicho? —dice en voz baja.
—Lo hemos traído para estudiarlo. Los avances que supondrá no tendrán precedentes. Y gran parte se lo debemos a usted.
—¡No! —grita Marek.
Sus ojos se desorbitan.
—¡No! ¡No! ¡No!... —se repite mientras camina en círculos por la habitación—. ¡No debieron traerlo!
—Puedes estar tranquilo. Está en cuarentena, en una base subterránea. Bajo observación.
—¡Tenéis que llevároslo de aquí! ¡No sabéis lo que hacéis!
—Papá… —intenta calmarlo Rián—. Escúchame. Estás confundido. No hay amenaza—
—¡Calla! ¡Es demasiado tarde! ¡No hay defensa contra eso! ¡¡Nadie puede entender el ham…!!...
Pero no termina la frase.
Algo cambia. No en la sala. Fuera.
La luz que entra por el ventanal empieza a apagarse, como si el sol estuviera siendo tragado. No es un atardecer. No hay tonos cálidos ni transiciones suaves. Solo una sombra creciente, abrupta, antinatural.
Marek frunce el ceño.
El aire parece espesarse. La presión en su pecho cambia.
No tiembla el suelo, pero su cuerpo siente una ligera torsión, como si el centro de gravedad estuviera desplazándose, tirando de él en una dirección que no sabe ubicar.
Las luces de la sala siguen encendidas, parpadeando de forma intermitente, pero ya no son suficientes para contrarrestar la oscuridad que se cuela desde el exterior.
Algo se cierne sobre Kaorrh.
Marek se acerca al ventanal.
Y entonces lo ve.
Como si una manta viviente descendiera desde la atmósfera.
Una sombra colosal cubre el horizonte. No una nave. No una tormenta.
Una criatura.
Solo se perciben partes de ella. Tentáculos flotando como columnas de humo líquido. Ojos que no parpadean y que todo lo ven. Bocas del tamaño de continentes enteros que parecen destinadas a un solo objetivo.
El aire vibra con su presencia.
—Ha venido —susurra Marek—. El Orbe lo llamó.
Nadie habla.
Rián se acerca a su padre. Le da la mano temblorosa.
Kaas activa una alarma.
El tánato emite una secuencia de clics rápidos en su comunicador. No hay respuesta.
Nada servirá.
La criatura abre una de sus fauces en el cielo.
Y entonces…
Devora.
El suelo se parte.
Las estructuras se deshacen.
La luz se pliega.
Kaorrh deja de ser un planeta.
Se convierte en un recuerdo.
En los ojos de Marek, solo queda una idea final:
Nadie puede entender el hambre.
COMO TIGRES CAUTOS
De Isabel Queipo
Género literario: Thriller con toque hilarante
Todas las mañanas sigo el mismo ritual.
Me despierto cuando aún no ha amanecido, me estiro a conciencia para que todos mis músculos estén preparados para cualquier imprevisto que el largo día pueda depararme. Jamás me salto mis ejercicios de flexibilidad. La mía es proverbial y entrenar nunca está de más.
Después, me aseguro de arreglarme bien antes de salir a la calle. Soy aseada por costumbre y siempre he mantenido mi pelo brillante y saludable. Todos dicen que es precioso. Pero ahora tengo otra razón para cuidarlo. Porque el día en que te aborde, lo primero que te robará el aliento será eso: mi espectacular pelo negro.
He visto el modo en que acaricias la cabellera de tus novias. Tus bonitas, patilargas, estúpidas novias. Cuánto las odio. Tanto como deseo que tus dedos acaricien mi piel con la misma devoción. Todo mi mundo se estremece con sólo pensarlo.
La forma en que las miras, el modo en que las tocas… No tienen ni idea de lo afortunadas que son. Desde luego, no te merecen. Por eso no duras con ellas. Y me alegro.
Quiero entrar en tu vida y quedarme a tu lado para siempre. Mi lealtad es algo que no concedo a cualquiera y quiero dártela a ti, junto con mi confianza, mi amor y mi tiempo. Quiero dártelo todo. Dudo que ninguna de esas frívolas mujeres con las que andas te haya hecho esta promesa. Y menos aún que esté dispuesta a cumplirla.
~
Después de ocuparme de mi aspecto, bajo a la calle y busco a mi amiga Rita, con la que me gusta quedar para comer. Trabaja, como tú, de voluntaria en Bicho Raro, el refugio de animales de la 109. Ahí fue donde empezó todo.
Ocurrió el día en que entré en el patio del refugio y me encontré a Rita con una chica nueva, ambas acorraladas por un mastín inmenso que había roto su correa y reaccionaba a todos los estímulos con aterradora agresividad. Entonces apareciste y te pusiste a calmar al perro con tu suave y firme tono de voz, tu energía tranquila, controlando la situación. Tu magnetismo... es irresistible. Me quedé paralizada ante el espectáculo de aquella bestia con las fauces babeantes deponiendo su actitud, fruto del miedo y del abandono, para convertirse en un cachorro necesitado de cariño en tus manos.
Me derretí al instante, no te voy a engañar, aunque mantuve la compostura en todo momento. Podría haberme ahorrado la molestia, ya que apenas fuiste consciente de mi presencia: me quedé muda y encogida en una esquina durante toda la escena.
Desde entonces, cada vez que visito a Rita aprovecho para espiarte. Ella no nos ha presentado pero lo prefiero así, porque me resulta más fácil pasar inadvertida y confirmar mis impresiones. Sentada en la habitación de al lado, haciendo compañía a mi amiga mientras trabaja, o en el patio, fingiendo que juego a tirarles una pelota a los perros más civilizados, he comprobado que tu sensibilidad con los animales no es tu único don. Te preocupas por los demás y siempre tienes un momento para escuchar a quien lo necesita. Te mueves sin hacer ruido y no levantas la voz. Prefieres mantenerte siempre en segundo término.
Pero te he descubierto y, a pesar de tus esfuerzos por rehuir la atención, te has convertido en un faro para mí.