Relatos Orbitales Capítulo 5 – Ecos
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Capítulo 5 – Ecos

Primero llega el olor: aceite quemado, tierra mojada, sangre seca, pastel recién horneado... Después, los sonidos: voces apagadas, pasos apresurados, una alarma en la distancia. No hay lógica ni orden, como si su mente barriera un suelo pegajoso tras una fiesta infantil, recogiendo lo que puede.

Está cojeando. El brazo, en cabestrillo. La pierna se arrastra para evitar una punzada de dolor ya previsible.

Delante de él, una colonia militar. Un refugio. Casas y edificios creados para fingir normalidad entre tanto caos. Es Néuma 7, su hogar, al menos desde que dejó la Tierra.

Alguien corre hacia él. Un niño. Rián. Le abraza sin decir nada, pero antes de llegar a rozarle, su hijo se funde con otro momento. Otra vida. Otra época.

Música, risas, voces superpuestas. Marek está en un bar. A su alrededor, tres cadetes. No son subordinados, son compañeros. Amigos. Solían ir al Larry’s cuando estaban de permiso en la academia militar.

Entonces la ve. Una mujer preciosa al otro lado del local. No era la primera vez que la veía, pero en esta ocasión se esfuerza por no rehuirle la mirada. Ella hace lo mismo y sonríe.

En ese instante comienza a sonar una canción de su grupo favorito, y él lo toma como una señal. Este sería el día en que hablaría con ella. Armado de valor, Marek apura su bebida y se levanta decidido… pero ya no está allí.

Un fogonazo. Otro compañero muere entre sus brazos.

Un convoy emboscado, voces gritando coordenadas, disparos... pero él sigue escuchando su canción, como si parte de sus sentidos funcionaran con retardo.

Una nave de transporte aliada cae del cielo, envuelta en una bola de fuego y humo negro, y se estrella a pocos metros de su posición.

La música cesa y da paso a un pitido sordo, causado por la colisión.

Cuando la lluvia de escombros y polvo se lo permite, Marek baja la mirada para despedirse de su compañero sin vida.

Pero ya no está.

En su lugar, sostiene una mano que le agarraba con fuerza. Gritos de dolor.

El pitido en sus oídos, ahora intermitente, proviene de un monitor.

La mujer le mira fijamente y le pide que no la suelte mientras lanza otro grito.

El llanto de un bebé los saca del trance.

Es Rián.

El médico se lo acerca para que lo coja en brazos, pero en su lugar, le entrega un fusil.

Otra guerra. Otro planeta. Un momento de su infancia... Enseñando a Rián a montar en deslizador…

Una neblina de imágenes superpuestas. Pero los recuerdos no llegan de forma lineal: son fragmentos que chocan entre sí, como restos varados tras un naufragio.

Otro hospital. Esta vez es él quien mira a su esposa desde la camilla. Ella llora, pero él le dice que todo irá bien.

El pequeño Rián, en brazos de su madre, ajeno a la gravedad de las heridas de su padre, juega con una nave de combate de juguete mientras imita los sonidos que, imagina, harían los cañones sónicos de esta.

Bastante realistas, piensa Marek… pero en realidad son cañones de verdad los que escucha.

Ya no está en la cama, sino en una trinchera. Los cazas sobrevuelan su posición, como mosquitos atraídos por la luz.

Ve cómo el cabo Jorraan sale de su vehículo y se dirige hacia él, pero queda atrapado por el fuego enemigo tras un bloque de cemento partido.

Marek se incorpora para ayudar a su compañero, que se funde con otra imagen… otra persona que le resulta familiar.

Está en una boda. Pero no es la suya.

—Cuánto ha crecido —le susurra su mujer, sujetando un pañuelo sobre el lagrimal.

Una figura que arde. Otra que grita. Un mapa manchado de sangre sobre una mesa. El tacto de unas manos temblorosas sobre su rostro. Un tren orbital. Una sala de descompresión. Una taza de café frío. El rostro de Rián dormido junto al cristal, con una manta hasta el cuello. Una promesa que no recuerda haber hecho.

El mundo gira sin eje. Marek cae. Se hunde.

La memoria no es un camino. Es un abismo. Y en ese abismo… un resplandor. Turquesa. Pulsante. Vivo.

Se abre ante él una cueva. Una grieta, como una herida en la roca. El aire vibra. El dolor se disuelve. La gravedad se curva.

Marek se acerca. Siente el metal de su rifle, aunque no recuerda haberlo cogido.

En ese instante, su mente se rasga. Ve algo más. Una visión. Una entidad cósmica, sin forma fija, una geometría imposible que flota en un vacío salpicado de restos planetarios.

No hay palabras para describirla, pero el miedo que provoca es ancestral, como si su existencia misma negara la lógica del universo.

Marek siente que está siendo observado. El Orbe le mira, pero no es el Orbe, es esa criatura.

No puede gritar. No puede cerrar los ojos.

Todo es luz, ira y HAMbrE. Un HAMbrE inabarcable.

Detrás suyo, gritos. Dos Tánatos corren hacia él, redes y garfios preparados. Otros dos se lanzan hacia el Orbe. No para estudiarlo. Parecen dispuestos a llevárselo. Como si supieran que ese hubiera sido su objetivo desde el principio.

Marek comprende. No puede permitirlo. No debe.

Dispara. El impacto alcanza al núcleo.

Durante un segundo, todo se detiene. No hay sonido. No hay luz. Solo una tensión insoportable, como si el universo contuviera la respiración.

Entonces, el Orbe se abre.

Una explosión sin fuego. Una fuga de energía pura que no quema ni empuja: borra.

Los dos tánatos que intentaban alcanzarlo no gritan. No tienen tiempo. Sus cuerpos se desintegran, reducidos a polvo suspendido en una luz imposible.

Los otros dos tánatos corren una suerte parecida.

Marek cae de rodillas. Su cabeza estalla de dolor. No hay sangre, pero algo dentro de él se rompe.

Su mente.

Imágenes. Voces. Recuerdos que no son suyos.

El llanto de un bebé. El rugido de un motor. El tacto de una mano que ya no existe.

Todo llega al mismo tiempo. Todo choca, se mezcla, se fractura. Pero en el fondo de ese abismo que empieza a abrirse en su mente, algo queda:

El hambre.

El Orbe lo mira una última vez, y luego... Silencio.

Marek se desploma, inconsciente, envuelto en la niebla turquesa.