Capítulo 4 – Sustancia 7
La luz cegadora da paso a una oscuridad opresora. Un zumbido apenas perceptible. El tacto de metal frío bajo su piel. El olor químico que ya no logra identificar: ni cloro, ni ozono, ni sangre. Algo más puro, más primitivo.
Marek abre los ojos, pero el mundo no cambia. Sigue inmóvil, sujeto a una camilla inclinada. Las correas no le duelen, pero están allí. Como si quisieran recordarle que no importa lo que crea: ya no tiene control.
Un rostro se perfila frente a él. Uno nuevo. No es el analista ni el de la túnica. Este lleva un delantal blanco translúcido y unos guantes llenos de una sustancia que parece moverse por sí sola, como filamentos de mercurio inquieto.
Pero lo que hace que Marek contenga el aliento no es la sustancia. Es el rostro.
Humano.
Ojos cansados. Pómulos marcados. Arrugas recientes, de las que no nacen del tiempo, sino del peso de las decisiones. Un rostro que podría haber visto en cualquier base terrestre durante la guerra. Alguien que podría haber sido su médico de campaña. O su compañero de escuadra.
—¿Tú…? —susurra Marek, incrédulo.
El hombre no responde. Solo asiente con leve incomodidad, como si supiera que lo habían reconocido.
—¿Eres humano? ¿Qué coño haces aquí?
—Trabajo aquí, Marek —responde el médico con tono bajo, casi paternal—. Estoy para ayudarte. Para entender qué te pasó con los Orbes.
—¿Ayudarme? —la voz de Marek se quiebra, pero enseguida se endurece—. Estás trabajando con ellos. ¡Con ellos! Les das lo que quieren, y dices que me estás ayudando. ¡Eres un maldito traidor!
El médico retrocede ligeramente, pero no se defiende. Baja la mirada.
—No lo entiendes, Marek. Estamos…
—¡Claro que lo entiendo! ¡Nos mataron! ¡Nos cazaron como ratas! Y tú estás aquí, poniéndote guantes y sonriendo como si todo esto fuera una jodida clínica de rehabilitación.
El otro humano reacciona a sus palabras y le mira esperanzado mientras unas figuras se le acercan.
—¿¡Cuánto te pagan por vendernos?! ¿¡Cuánto vale tu dignidad, cabrón!?
—Ya no tienes que luchar más, Marek. Se acabaron las guerras. Los Thaàl solo quieren…
—¿¡Thaàl!? —escupe tratando de pronunciar una palabra que jamás había oído—. ¿¡Qué coño…!?
El médico observa a sus acompañantes, que contemplan la escena con atención.
Marek forcejea con las correas.
—¡Para ti no hay guerra! Pero yo sigo allí cada noche. Cada vez que cierro los ojos. Y ahora resulta que tú… uno de los nuestros… estás del otro lado de la mesa.
Sus miradas se cruzan. El médico suspira. Sus ojos no son fríos. No son crueles. Solo rotos.
—No hay lados, Marek. Solo hay consecuencias.
Se hace un silencio incómodo, y luego, muy bajo, Marek susurra entre dientes:
—Tú no estuviste allí.
El médico no puede mantenerle la mirada y agacha la cabeza, como dándose por vencido.
—Sustancia 7 lista para inoculación —dice con tono apagado.
El comandante se relaja, cansado de luchar. Sabe lo que viene y prefiere guardar fuerzas.
—¿Otra droga? —susurra con desprecio—. No me van a sacar nada. Ya se lo dije a los otros.
Una figura en las sombras toma nota. Otra observa desde detrás de un cristal semitransparente. Todos son distintos, y, sin embargo, iguales. Estudian. Esperan. Nunca hablan entre ellos. Solo se dirigen a él cuando creen que pueden sonsacarle algún tipo de información.
Una aguja se acerca a su cuello. No duele. Pero al instante, algo cambia.
No es mareo. No es vértigo. Es algo nuevo. Es… desdoblamiento.
Su visión se rompe en fragmentos superpuestos. Siente su cuerpo, pero también otro. Recuerda, pero no sabe qué. Escucha voces que no están ahí. Un grito en una lengua que nunca aprendió, pero entiende.
El Orbe.
Lo ve. El primero. Suspendido entre ruinas, latiendo como un corazón alienígena.
Luego, el segundo, en la grieta. Rodeado de fuego. Brillando más que nunca cuando lo alcanzó el bombardeo orbital.
Y entonces, algo nuevo. Un lugar que no reconoce. Una cúpula translúcida bajo el océano, bañada en una luz pulsante. A su alrededor, naves de diferentes tamaños y formas. Algunas las reconoce: son humanas, aunque nunca había visto esos colores ni los símbolos que las identifican. Otras parecen tánatas. No puede estar seguro, algún modelo nuevo tal vez. Orbitan en silencio el tercer núcleo. Es aún más brillante. Aún más inestable. Parece que lo estudian. O lo vigilan.
Vuelve a la camilla con un espasmo. Jadea. Siente como si llevara horas sin respirar. La sala se ha vuelto más estrecha. El aire, más denso.
Una figura se acerca. Es la de la túnica azul oscuro, otra vez. Pero en esta ocasión no porta símbolos flotantes. Lleva algo en las manos. Un pequeño cilindro de cristal. Dentro, un fragmento traslúcido, como un trozo de cristal que emite una luz pálida, pero familiar.
—Lo has visto antes, ¿verdad?
Marek no responde. Pero su cuerpo sí. Su corazón se dispara. No forcejea, solo se revuelve. Como si un millar de hormigas le escarbaran en la piel.
—Está activo. Lo sabemos. —El alienígena le acerca el cilindro y el fragmento aumenta su brillo—. Reacciona cuando tú estás cerca. Igual que los otros.
El de la túnica camina en círculo, lento, como si hablara para sí mismo.
—Dos veces expuesto. Y aún respiras. Tus recuerdos están contaminados, sí… pero también adaptados. Eres un puente.
Se detiene.
—Sabes qué es, ¿verdad? Aunque no puedas decirlo en voz alta.
Marek cierra los ojos. La Sustancia 7 sigue actuando. Siente la vibración del fragmento incluso en su médula.
—Es lo poco que pudimos rescatar de la explosión de la grieta. Ningún Thaàl sobrevivió ese día, y muy pocos humanos. El doctor Kaas Richter y usted entre ellos.
Marek siente una punzada. Mira al humano que tiene delante de él.
—¿Kaas? —susurra, entre el asombro y la duda.
El hombre levanta lentamente la mirada. Tiene arrugas profundas marcando los bordes de los ojos y la comisura de los labios. La mandíbula que Marek recordaba fuerte y cuadrada ahora parece tensa, afilada por la edad. Su cabello, antes oscuro, ahora es una mezcla de gris y blanco, parece traslúcido bajo la luz del laboratorio.
—Sí —responde con voz baja, casi avergonzada—. Soy yo, Marek.
El silencio que sigue no es vacío. Está cargado de cosas que no se dicen: cadáveres enterrados en Kinam, promesas hechas en trincheras, gritos apagados por la onda expansiva de aquel día.
Marek parpadea, como si necesitara comprobar que no es otro truco, otra ilusión inducida por la sustancia. Pero no. Es él. Más viejo, más frágil… pero Kaas Richter.
—Has envejecido una vida entera… —murmura el comandante estudiando al médico.
—Tú también —replica Kaas, esbozando una sonrisa triste—, aunque no lo recuerdes aún.
Marek empieza a sentir náuseas, demasiada información. Nada tenía sentido. Observa a su excompañero, atónito. ¿Cómo puede haberse cambiado de bando? ¿Tanto tiempo ha pasado?
El alienígena no dejó de hablar en ese rato, pero nadie parecía prestarle atención. En cambio, los demás tánatos de la sala y el doctor Kaas parecen más interesados en el hecho de que Marek le haya recordado al fin.
Una palabra basta para romper el momento.
—…Orbe…
Marek siente un terror repentino. Fulmina a su captor con la mirada, pero no se atrevie a decir nada.
—Lo encontramos hace tres días —dice la criatura—. Un tercer Orbe. Enterrado bajo el hielo en uno de los polos de Kinam.
—Y queremos que nos ayudes a activarlo.
Marek no dice nada. Pero su mente… su mente ya no está aquí. Está en el hielo. Está en la esfera. Está en lo que viene. Y sabe que, si la abren… el silencio se acabará para siempre.
Algo dentro de él lucha para bloquear esa visión, y finalmente lo consigue. Marek se sumerge en una niebla de imágenes. No sueña, no delira: recuerda.