Relatos Orbitales Capítulo 3 – Tierra
48%

Capítulo 3 – Tierra

Llueve fuego del cielo.

Explosiones en la distancia, humo espeso, el zumbido intermitente de los cazas alienígenas atravesando el aire como cuchillas sónicas. La tierra está hecha trizas, salpicada de cráteres y miembros que ya no pertenecen a nadie. Es un infierno reseco, cubierto de polvo rojo y escombros.

—¡Jorraan! ¡Atrás, maldita sea! —grita Marek, lanzándose hacia un joven soldado que ha quedado atrapado tras una barricada improvisada de escombros y metal fundido.

Jorraan, más joven, de apenas 20 años, intenta moverse, pero las piernas no le responden. El acoso incesante de los proyectiles enemigos lo tiene paralizado.

Los rivales se acercan. Las balas de energía zumban alrededor. No hay tiempo para pensar. Con un rugido de esfuerzo, Marek se lanza entre el fuego y tira de él. Lo arrastra con una fuerza brutal, cubriéndolo con su cuerpo cuando una ráfaga pasa silbando. El brazo del chico queda atrás, pero su vida no.

—Tranquilo, te tengo. Vamos a salir de esta.

Llegan a una zanja medio cubierta, donde otros soldados esperan órdenes que ya no llegan. Las comunicaciones han muerto. El cielo está tan saturado que los satélites no sirven de nada. Solo se tienen unos a otros.

Jorraan respira entrecortadamente. Sus ojos, enormes, fijos en el rostro de su teniente, están llenos de gratitud… y miedo.

—Creí que iba a morir allí —dice, intentando bromear, pero su voz se quiebra.

—No eres tan fácil de matar, novato —responde Marek, forzando una sonrisa mientras hace un gesto al médico del pelotón—. Ahora, quédate aquí y descansa. El sargento Kaas cuidará de ti. Pronto estarás lejos de este infierno.

El silencio se cuela unos segundos entre los dos.

Marek siente un escalofrío recorrer su cuerpo. ¿Por qué había cesado el asalto?

—¡Capitán! —grita uno de los soldados—. ¡Parece que se retiran!

Marek se incorpora, jadeando. El rugido de los cazas se desvanece en la distancia como si alguien hubiese cerrado de golpe una puerta en mitad del combate. Solo queda el zumbido residual del silencio y los ecos de las llamas crepitando entre los restos de blindados calcinados.

—¿Se retiran? —murmura, desconfiado.

Se asoma por el borde de la zanja. Más allá del campo de batalla, los tánatos retroceden. No es una retirada desordenada. Se mueven con rapidez, pero en formación, como si supieran exactamente a dónde ir. Como si algo más importante los llamase.

Entonces lo siente. No lo oye. No lo ve. Lo siente.

Una vibración sorda, apenas perceptible, que le sube por los pies como un latido enterrado en la tierra misma. Sus ojos se clavan en la línea del horizonte, donde el humo se disuelve apenas un poco, revelando una grieta en el terreno. No estaba allí hacía una hora. La tierra se he abierto como una herida.

Y de esa herida... emerge una luz.

Un fulgor azulado, vibrante, casi líquido, que ondula como un corazón latiendo a cielo abierto. Recordaba esta sensación de años atrás.

—No… —susurra Marek, con la voz desgarrada.

Ya lo había visto antes. En la grieta de la colina donde perdió a medio escuadrón por intentar proteger lo que no comprendían.

Otro Orbe.

—¡Maldita sea! —gruñe, golpeando el borde de la trinchera con el puño cerrado.

Los tánatos no se retiraban. Iban hacia él.

—¡Todos en pie! —brama—. ¡Alto el fuego! ¡Cambio de objetivo! ¡Hay que arrasar esa grieta!

El pelotón, desorientado, comienza a moverse. Algunos no comprenden, otros asienten con ojos vidriosos. El miedo es un manto denso que lo cubre todo, pero Marek lo corta con su voz.

Corre cuesta arriba, empapado en barro, ceniza y sangre ajena. Cada paso duele. Pero tiene que llegar. Tiene que adelantarse. Si los tánatos consiguen acceder a un segundo Orbe…

El viento cambia. Se levanta polvo rojo en remolinos. Una energía invisible comienza a tensar el aire, como la electricidad antes de una tormenta.

Marek se detiene.

En ese instante, sabe que le queda poco tiempo. Alza la mirada y observa cómo el cielo comienza a despejarse. Las nubes densas de hollín se abren como cortinas desgarradas y, por primera vez en horas —quizá en días— una débil franja de azul pálido asoma en lo alto. Los satélites podrán volver a verlos. Podrán tener contacto.

—¡Silar! —ruge, girándose—. ¡Necesito las comunicaciones YA!

El ingeniero, un tipo enjuto de rostro apagado y manos temblorosas, sale corriendo desde detrás de un transportador calcinado, cargando con una mochila de transmisiones. La deja caer junto a la zanja y comienza a manipular la consola con una velocidad que solo da el miedo.

—¿Con quién intento enlace? —pregunta, sin alzar la vista.

—Estación orbital IRIS-3. Que pongan los ojos aquí arriba y me den apoyo aéreo inmediato. Y que escuchen bien —dijo, mientras se giraba de nuevo hacia la grieta brillante—. Quiero un bombardeo orbital sobre esas coordenadas. Nada preciso. Quiero fuego puro. ¡Que revienten la grieta antes de que ellos lleguen!

Silar asiente, tragando saliva. Los pitidos del enlace resuenan entre estática y fragmentos de voz. Finalmente, una conexión:

—IRIS-3, aquí Batallón OMEGA, situación crítica en superficie. Transmitimos coordenadas. Autorización Marek, código de campo Gamma-Ochenta. Solicito ataque orbital de contención, prioridad uno. Repito: prioridad uno. Transmitiendo coordenadas.

Unos segundos de silencio.

Luego:

—Autorización confirmada. Disparo orbital en curso. Impacto en treinta segundos.

Marek cierra los ojos. No hay vuelta atrás.

—¡Todos a cubierto! ¡Ahora! —brama.

El estruendo viene primero. Un sonido agudo, como el gemido de la atmósfera siendo desgarrada. Luego, la luz: un haz blanco descendiendo del cielo como la ira de un dios.

Impacta.

El suelo se alza. No tiembla: se levanta. La onda expansiva no es normal. Es como si el Orbe respondiera, amplificando el impacto, multiplicando su energía.

La zanja donde Marek se refugiaba vibra, se agrieta, se desmorona parcialmente. Un rugido de energía envuelve el terreno, arrasando a su paso, fundiendo metal, partiendo huesos.

Jorraan, que aún yacía junto al médico, no tiene tiempo de gritar. Es alcanzado por el pulso en el mismo instante en que abre los ojos para preguntar qué pasa. Su cuerpo se desintegra al contacto con la onda, reducido a ceniza que ni el viento se atreve a mover.

Lo mismo ocurre con media docena más de soldados que no habían logrado cubrirse del todo. Marek apenas los ve, solo sombras borradas por un resplandor cegador.

Pronto, solo había luz.