Capítulo 2 – Silencio
La habitación está iluminada por una luz blanca, demasiado blanca. Sin sombras. Sin refugio.
Él se encuentra sentado en una silla metálica, las muñecas atadas con un material frío y flexible que no reconoce. Lleva el uniforme grisáceo de los prisioneros, sin insignias. Ha perdido la cuenta de los días, meses, o puede que años que lleva retenido.
Del otro lado de la mesa hay una criatura de piel dura y ojos como pozos sin fondo. No grita. No golpea. Solo lo observa. A veces pulsa un dispositivo que proyecta imágenes suspendidas en el aire: mapas, grabaciones de combate, imágenes de soldados. A veces, los rostros de sus compañeros.
—¿Reconoces este lugar? —pregunta la criatura, con una voz que parece no provenir de su boca, sino vibrar en el aire.
Él no responde. Ni siquiera parpadea. Sabe que las respuestas no importan. Lo han interrogado muchas veces antes. En ocasiones con palabras. Otras con sueros que invaden la mente como tentáculos invisibles.
Pero esta vez es diferente.
—Tus recuerdos están desordenados —dice el alienígena—. Mezclas el tiempo. Saltas entre días, como si temieras recordar algo.
La criatura pulsa otra imagen. Un temblor recorre la espalda del humano. Apenas se nota, pero la criatura lo ve y ladea la cabeza.
Una explosión congelada en el instante justo después del impacto. No una explosión normal. Las partículas no salen despedidas, sino que parecen replegarse hacia un núcleo invisible, como si el espacio mismo colapsara en un punto de luz turquesa.
—Ese día. Cuéntame ese día.
Silencio. Solo el zumbido constante del generador de energía.
Él cierra los ojos. Intenta no pensar, pero la memoria no se puede callar.
La explosión. El grito ahogado. La sensación de caer al vacío. Luego, luz, frío, silencio. Y después, este lugar.
Lo interrumpen las puertas automáticas al abrirse con un siseo seco. Entra otra figura: más alta, más imponente. No lleva uniforme militar, sino una túnica azul oscuro y símbolos vivos que se mueven sobre su pecho como tinta en agua.
—Déjanos, analista —ordena. La criatura sale sin protestar.
La nueva figura se inclina hacia él.
—Sabemos lo que ocultas. No nos importa si fue por lealtad o por miedo. Solo queremos saber lo que sabes.
Él no responde. Pero algo en sus ojos cambia. Una chispa. Tal vez rabia. Tal vez culpa.
—¿No te cansas de fingir que no recuerdas? —pregunta la figura.
Y entonces, sin planearlo, sin quererlo, Marek susurra por primera vez en días:
—No finjo. Solo que… recordar duele más que el silencio.
El interrogador se detiene. Lo estudia.
—Eso… es útil —dice, haciendo un gesto que podría ser una sonrisa de satisfacción—. Muy útil.
Se marcha.
Y él se queda solo otra vez. Aunque no por mucho. Sabe que volverán. Y que esta vez, no será solo con preguntas.