Capítulo 1 – Ceniza
El aire olía a metal quemado y tierra abierta, pólvora y sangre. Las explosiones aún resonaban en la distancia, aunque la batalla había terminado hacía horas. El cielo del planeta Kinam estaba cubierto por una capa opaca de humo, y en el horizonte las columnas de fuego dibujaban siluetas como agujas negras clavadas en la superficie del mundo.
Marek se arrastró fuera del cráter, cubierto de barro y ceniza, con el brazo izquierdo colgando, inútil. A su alrededor, los cuerpos de soldados —humanos y tánatos— yacían esparcidos como marionetas rotas. El casco abollado le presionaba la frente, pero no se lo quitó. Aún quedaban drones de reconocimiento enemigos, y un rostro descubierto era una sentencia de muerte, por no mencionar la lluvia, que parecía no cesar nunca. No era abundante, ni traía consigo tormentas ni viento. Pero el contacto prolongado con la piel podía provocar quemaduras, y si una sola gota te entraba en el ojo, podías olvidarte de volver a apuntar tu rifle con él. Estos factores no parecían importarles a los tánatos, cuyo exoesqueleto natural debía protegerles esos órganos negruzcos y fétidos que, en cambio, sí desparramaban al contacto con un proyectil del calibre 20 mm con núcleo de plasma retardado.
—¿Por qué cojones luchamos por este planeta? —pensó, mientras se apoyaba con dificultad en lo que quedaba de un blindado tanatiano—. Aquí no hay nada, solo muerte.
Puede que la información que recibían de sus superiores fuera limitada, pero estaba claro que, si los tánatos estaban también allí, debía ser por algo que a él se le escapaba.
—Unidad brAVO-4, aquí Centinela, informe. Cambio. —La voz temblorosa en el comunicador lo sacó del letargo—. Repito. Unidad brAVO-4, informe. ¿Queda alguien?
Marek alcanzó su comunicador con la mano buena y presionó el botón con cierto esfuerzo.
—Aquí teniente Marek Solas. Con vida. Requiriendo evacuación. Coordenadas… —miró a su alrededor y soltó el aire de sus pulmones exhaustos. Dudó. Hacía tiempo que las tropas enemigas les obligaban a retroceder, más de lo que le habría gustado. Todo eran ruinas y cuerpos apilados.
—brAVO-4, confirme coordenadas.
—… Indeterminadas. Estoy en lo que queda de la Colina 7.
Hubo silencio. Luego, una voz más firme:
—Recibido, teniente. Mantenga posición. Vamos por usted.
Pero Marek sabía que eso no significaba nada. Había escuchado ese mensaje demasiadas veces. Con un suspiro, se dejó caer de espaldas contra la pared chamuscada del cráter. El casco parecía cada vez más pesado, y su brazo herido latía como carne sobre piedra caliente.
Entonces, con dedos entumecidos y temblorosos, buscó en el bolsillo interior de su chaqueta. La encontró: una pequeña lámina plastificada, arrugada en los bordes. No era una fotografía, sino un dibujo hecho a rotulador. Dos figuras de palotes: una más alta, con un rifle enorme y casco; otra pequeña, con una sonrisa que sobrepasaba los límites de la cara. En la parte superior, letras torcidas pero enérgicas:
«Papi, vuelve pronto».
Abajo, en una esquina, una firma infantil: Rián.
Marek apoyó la frente en el dibujo y cerró los ojos. La lluvia que le abrasaba las heridas dejó de importarle.
Por un instante, no estaba en Kinam.
Se obligó a incorporarse. Su pierna derecha fallaba, pero aún le sostenía. Caminó entre restos de exoesqueletos, casquillos humeantes y trozos de placas blindadas marcadas con símbolos humanos. Se detuvo frente a un cuerpo: el de un joven soldado con el rostro cubierto de hollín y los ojos abiertos al cielo.
Era Lior.
Marek cayó de rodillas. El chico era nuevo. Había hablado la noche anterior sobre su hermana menor y un campo de naranjos en la Tierra, que ya no existía. El teniente fingió ignorarlo, aunque en realidad le encantaba escuchar historias de la Tierra. Le ayudaban a distraerse y le traían a la mente recuerdos propios con los que rara vez se permitía el lujo de distraerse.
Un rugido atronador le hizo levantar la vista. Una nave tánato de transporte descendía al otro lado de la colina. No era una unidad de rescate. Era un equipo minero.
Marek levantó su rifle. Luego lo dejó caer.
No conseguiría nada así.
El zumbido grave de los propulsores se fue intensificando mientras el vehículo se posaba con lentitud, levantando una nube espesa de ceniza y residuos. Desde la distancia, Marek distinguió las figuras esbeltas de los tánatos descendiendo por la rampa trasera. No iban armados. Al menos no con rifles. Llevaban herramientas de extracción, sensores de superficie y un contenedor de almacenamiento presurizado. Uno de ellos, más alto que el resto, giró brevemente la cabeza en su dirección.
Marek contuvo el aliento.
Pasaron unos segundos eternos. Luego, el alienígena volvió a centrar la atención en su tarea, y el grupo siguió adelante, ignorándolo. No era una amenaza. Era solo otra sombra entre los escombros. Otro resto.
Apretó los dientes y bajó la mirada. Lior seguía allí, inmóvil. El humo de los incendios comenzaba a espesar el aire. Marek se quitó el guante derecho y cerró los ojos del joven que, debido a la lluvia corrosiva, ya apenas conservaban el color verdoso y brillante que lucían unas horas antes.
—Lo siento, soldado. No debiste estar aquí. Ninguno debimos.
Se levantó de nuevo. Sabía que, si se quedaba quieto demasiado tiempo, su cuerpo dejaría de responder. La adrenalina era lo único que lo mantenía en pie.
Comenzó a caminar colina abajo, siguiendo la misma ruta por la que los mineros tánatos se habían marchado. No por valor ni por honor, sino porque se había propuesto descubrir el motivo de que todo su pelotón hubiera sido masacrado. Si esos malditos autoproclamados líderes de Los Hijos de la Tierra no les daban información ni motivos para luchar, lo descubriría por su cuenta.
Cada paso era un esfuerzo. La lluvia ácida se deslizaba por su casco, silbando al tocar el metal caliente. A lo lejos, otro dron zumbó en el cielo, barriendo con su escáner infrarrojo. Marek se agachó tras una estructura derruida, respirando con dificultad.
De repente, un pitido corto y agudo sonó en su comunicador.
—Marek, aquí Centinela. Se aproxima una tormenta iónica. Tiempo estimado: doce minutos. El transporte no llegará a tiempo.
Silencio. Luego, la voz bajó un tono.
—Si tienes refugio cerca, entra. Si no… suerte, teniente.
Marek cerró los ojos, poco sorprendido. Se tocó el costado, donde sentía una quemadura subcutánea latente.
Doce minutos. Y ningún lugar al que ir.
Hacía rato que había perdido de vista a los tánatos. ¿Les habría adelantado de algún modo? Se dio media vuelta y observó la colina donde yacían sus compañeros. De estar más cerca, podría haberse refugiado en los restos de algún vehículo, pero en menos de doce minutos, y en su estado actual, era una distancia inabarcable.
De repente, algo captó su atención. En un pequeño saliente del suelo, lo que desde el lado opuesto habría pasado por una simple roca, divisó una especie de gruta. Pensó que quizás ahí era donde habían ido los mineros alienígenas. Dudó un momento: de entrar, quedaría totalmente expuesto al enemigo en lo que parecía la única vía de entrada y salida. Pero un resplandor súbito rajó el cielo como un metal incandescente siendo golpeado. Marek parpadeó, cegado. Luego llegó el retumbo.
No le quedaba tiempo.
La tormenta iónica estaba más cerca de lo previsto. El aire comenzaba a oler distinto: a ozono, electricidad y metal. No podía perder un instante. Marek se encaminó a la cueva y, sin pensárselo dos veces, entró justo cuando otro rayo iluminaba gran parte de la estancia.
La gruta era enorme y, por un momento, gracias al resplandor de un nuevo relámpago, pudo divisar en lo más profundo las siluetas del grupo de mineros adentrándose por una pequeña grieta en una pared del fondo. ¿Qué estaban buscando?
Cuando su vista se acostumbró a la oscuridad, se dio cuenta de que, de la grieta, emergía un fulgor turquesa. No era reflejo de ninguna linterna, ni de ningún tipo de fuego. Era otra cosa. Algo más antiguo. Más vivo.
El resplandor pulsaba con un ritmo casi orgánico, como si respirara.
Marek se acercó con cautela, arrastrando su pierna herida, mientras el aire a su alrededor comenzaba a cargarse de electricidad estática. El dolor en su costado se volvió punzante, pero no se detuvo.
La grieta no era natural. A su alrededor, la roca parecía derretida hacia afuera, como si algo hubiese empujado desde dentro con una presión inhumana. En su interior, flotando a pocos centímetros del suelo, un orbe luminoso giraba lentamente sobre sí mismo. No emitía calor, pero el ambiente se sentía más pesado, como si la gravedad se curvara a su alrededor.
Marek comprendió entonces por qué estaban allí. Humanos. Tánatos. Todos.
No por el planeta.
Por eso.
Absorto en la esfera, no se dio cuenta de que los mineros ya se habían percatado de su presencia y corrían hacia él, emitiendo sonidos en un idioma que Marek ya reconocía bastante bien, pero que no llegaba a entender. No hizo nada. No estaba seguro de si podía. La esfera brillaba cada vez más y parecía llamarle.
Pronto, solo había luz.