Relatos Orbitales Capítulo 6 #13
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Capítulo 6 #13

La cámara era una esfera de vacío, atravesada en su centro por una entidad sin forma ni volumen. Flotaban a su alrededor cubos, líneas, planos, fragmentos de memoria visual que no encajaban con nada concreto. En el centro, una sombra de geometría imposible giraba sobre sí misma, pulsando una oscuridad más densa que el propio vacío.

La criatura no se parecía a ninguna otra jamás vista. Esta reaccionó a su llegada: una onda de distorsión barrió la sala, y cada memoria de Elian se duplicó, reescribiéndose. Recordó a su padre, y a la vez se vio a sí mismo siendo padre. Recordó a Kiran, y a la vez fue Kiran viendo morir a Elian. La entidad los trituraba, no físicamente, sino a nivel sensorial. Elian apretó los dientes y enfocó la vista en el contorno del vacío, nunca en el corazón de la bestia.

Gracielle abrió los brazos y la luz de su traje se condensó en una esfera flotante frente a ella. Su respiración era audible, entrecortada, y Elian notó cómo el campo resonante lo protegía, aunque solo por momentos.

La entidad desplegó un tentáculo hecho de puro concepto: una serpiente de memorias rotas que se lanzó contra ellos, arrastrando consigo la sensación de vergüenza y culpa que Elian creía olvidada. Se tambaleó, perdiendo la noción de quién era o qué hacía allí. Pero el pulso violeta de Gracielle lo ancló, y la memoria de ella lo mantuvo unido.

—¡Ahora, Elian! —gritó Gracielle, y no necesitó más. Se adelantó, desenvainando la hoja resonante. El filo brillaba como si la realidad cediera a su paso.

La bestia proyectó nuevos tentáculos, hechos de miedo puro. Elian se vio a sí mismo morir mil veces, en todos los futuros posibles. Pero cada muerte le empujaba un paso más.

En la retaguardia, Gracielle reflejaba el campo emocional: por cada culpa, esperanza; por cada miedo, determinación.

Elian alcanzó el borde del núcleo. La gravedad desapareció. Flotó, sostenido solo por la energía compartida con ella. La hoja vibraba: un grito y una plegaria. No pensó. Solo actuó.

Asestó el golpe.

El filo encontró resistencia, pero no materia: era como cortar una idea en dos. La entidad se contrajo sobre sí misma y, por un instante, el contorno de la esfera del núcleo se iluminó. La grieta que dejó Elian en la criatura se expandió en patrones fractales, y el espacio se llenó de esquirlas de pensamiento, recuerdos sueltos y emociones puras.

Pero no fue suficiente.

La criatura absorbió los fragmentos y, desde la herida, lanzó otra onda expansiva. Elian sintió cómo el cerebro le hervía dentro del cráneo. No iba a resistir. Y sabía que Gracielle también lo notaba.

Ambos se miraron. En el instante antes de la aniquilación, la sincronización del vínculo fue absoluta. Dos mentes, un solo objetivo. La energía de los trajes se combinó, y Elian vio, a través de los ojos de Gracielle, el mismo terror y la misma determinación.

Ella no dudó. Saltó hacia la otra dimensión, y durante una fracción de segundo Gracielle y Elian ocuparon el mismo espacio.

Elian atravesó la criatura desde este mundo; Gracielle, desde el otro lado, donde la resonancia era pura. El impacto fue absoluto: la entidad no pudo diferenciar entre las dos presencias. Se partió en dos, luego en cuatro, luego en infinitas, hasta que solo quedó el vacío original.

La cámara del generador tembló. Elian y Gracielle cayeron al suelo, los trajes casi fundidos y sin energía. Pero seguían respirando, de alguna manera.

Elian se arrastró hasta quedar junto a ella. Gracielle apenas podía mover los dedos, pero la miró y, por primera vez en horas, ella sonrió. Una sonrisa tenue, de las que solo se regalan al final del mundo.

—¿Listo? —preguntó ella, como si quedara algo por hacer.

Elian no pudo responder. Solo asintió.

La esfera del núcleo se estabilizó. La luz de la sala se volvió normal, las paredes dejaron de retorcerse. Afuera, se escuchaba el eco de un motor—el del generador, volviendo a la vida.

Habían vencido. O al menos, sobrevivido lo suficiente como para contarlo.

Y, juntos, se pusieron en pie.

~

El pulso del generador recorrió la ciudad: primero una vibración leve, luego un latido que recompuso el aire y el suelo. Elian y Gracielle se refugiaron bajo el dintel justo antes de que la onda de estabilización barriera la cámara. No destruía: organizaba. Cada molécula encontraba su sitio; los defectos, su forma original. Las paredes se detuvieron. El techo se solidificó.

Elian miró el visor. Todas las alarmas en verde. La palabra ESTABLE se repetía en cada línea de estado, como si los sistemas no pudieran aceptar que el infierno había terminado.

Afuera, el cambio fue inmediato. El cielo, antes saturado de descargas, se aclaró en segundos. La gente empezó a salir: primero unos pocos, luego grupos enteros, con la mirada perdida, incapaces de entender el milagro, pero no por ello menos tranquilos.

A lo lejos, el rugido de motores pesados anunció la llegada de la Nave Mayor. Elian la vio romper el velo de nubes, la panza carmesí atravesando la barrera. Era un coloso de cientos de metros, tan vasto que empequeñecía todo a su paso.

Del casco se desplegaron rampas invisibles, delatadas solo por la distorsión del aire. Por ellas bajaban tropas blindadas de última generación, armadas y entrenadas para enfrentar anomalías sin dudar. Elian las vio tomar posiciones, flanquear el perímetro y asegurar el acceso al núcleo.

Sera fue la primera en llegar al umbral de la cámara. Traía el brazo vendado y el uniforme cubierto de hollín, pero la mirada viva.

—¡Estás loco! —exclamó, con el tono de quien no espera milagros.

—Te dije que lo conseguiríamos —dijo Elian, y Sera se permitió un instante de asombro. Luego se giró para dar órdenes a los suyos.

En segundos, la Guardia se reorganizó. Donde antes había caos, ahora reinaba un orden crispado, listo para resistir cualquier recaída.

Gracielle apoyó la espalda en la pared y cerró los ojos. Elian la miró de reojo, sabiendo que el desgaste era extremo. Pero la vio sonreír, apenas, mientras exhalaba el aire con lentitud.

—Una vez más, Kiran —dijo ella, su vista perdida en el horizonte—. Una vez más tenías razón —frunció un poco el ceño, sin perder la sonrisa—. Pero no me equivoqué al confiar en ti… Te echaré de menos.

Sobre sus cabezas, la Nave Mayor soltó una segunda oleada: tropas, ingenieros y personal de rescate. Sus uniformes relucían, pero el sudor y el miedo eran los mismos. Elian los vio avanzar entre escombros, levantar a los caídos y organizar la evacuación.

La ciudad aún sangraba, pero la hemorragia estaba contenida.

En las alturas, la Nave Mayor descendió más, proyectando un halo de luz sobre una gran plaza. La multitud, acorralada durante horas en los refugios, salió en bloque, siguiendo el resplandor como un faro. Todos avanzaban en silencio.

Sera regresó a donde estaban Elian y Gracielle. Miró a ambos, luego al cielo, luego otra vez a ellos. Se frotó la cara con la manga.

—¿Cómo estáis?

Gracielle respondió antes que Elian:

—Hechos polvo.

Sera asintió, satisfecha con la sinceridad.

Afuera, la ciudad alzaba la cabeza, y en las pantallas apareció al fin el rostro del Comandante Blasco, anunciando la fase de normalización.

Elian y Gracielle, hombro con hombro, contemplaban la reconstrucción desde la entrada de la cámara. Sabían que la guerra estaba lejos de terminar, pero los trajes armónicos inclinarían la balanza a su favor.

Ese día, por primera vez en mucho tiempo, no temían al mañana.

HAMbrE

De Tote Ojeda

Género literario: Ciencia ficción bélica