Relatos Orbitales Capítulo 6 #12
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Capítulo 6 #12

Unos segundos de retraso, luego otra voz, seca, mayor.

—Le habla el comandante de Nave Mayor Darius Blasco. Diríjase al punto Alfa-Diez. Deben reforzar la barrera de realidad principal o no podremos entrar. Máxima prioridad.

—En ruta —dijo, y cortó la comunicación.

Mientras ascendía, Elian notó cómo el cuerpo volvía a responder. Mejor de lo esperado.

La compuerta exterior cedió al código manual. Elian aceleró el paso. Afuera, todo había cambiado: la ciudad temblaba bajo una luz de emergencia azul, tan intensa que hería la retina. A través de la barrera debilitada, la silueta de la Nave Mayor asomaba a intervalos irregulares, como un espejismo.

En un acceso lateral, un furgón de la Guardia aguardaba con el motor encendido.

Elian subió al vehículo y arrancó. Las ruedas patinaron brevemente antes de ganar tracción.

A los pocos kilómetros, los primeros síntomas de la inminente fractura se hacían notar: el agua de una fuente ascendía en espiral antes de caer con lentitud, el aire interior del vehículo estaba frío, pese al calor del motor.

Elian mantuvo el ritmo. No había tráfico, solo semáforos y rótulos, y ese zumbido de fondo que hacía vibrar las juntas del chasis. Ninguna patrulla a la vista. Los drones flotaban por encima, proyectando escaneos sobre edificios desiertos.

En la plaza central, los civiles se agrupaban en silencio bajo un altavoz automático. Nadie corría. Nadie gritaba. Esperaban. Alrededor, cuerpos tapados con lonas grises se acumulaban en las aceras. Elian no bajó la mirada.

La esquirla en su guante titiló durante unos segundos.

Frunció el ceño, determinado, y pisó el acelerador a fondo.

~

Frenó en seco al alcanzar Alfa-Diez. La explanada estaba cercada por barricadas irregulares, cables sueltos y soldados concentrados en torno a una antena parabólica que chisporroteaba. Al fondo, una compuerta de emergencia permanecía abierta.

Salió del furgón sin apagar el motor. Cruzó la zona en línea recta, ignorando miradas. Al pasar junto a un grupo de guardias parapetados tras una hilera de bloques desprendidos, reconoció a Sera, arrodillada junto a un guardia con el costado abierto. Una mano presionando la herida, la otra sosteniendo el rifle. Al verle, la sorpresa apenas le duró un segundo.

—Al menos tú estás vivo —inquirió Sera, sin girar la cabeza.

—¿Dónde está el resto? —preguntó Elian, ya de rodillas junto a ella.

—Dispersos o muertos. El último grupo cayó en la entrada del generador. Hay más criaturas dentro. Son… impredecibles.

Elian miró al herido. Viviría.

—¿Tienes un plan? —preguntó Sera, levantando la barbilla.

—Tenemos que reforzar la barrera de realidad principal —dijo sin titubear—. El comandante Blasco ha traído su Nave Mayor, pero no pueden entrar si no estabilizamos la barrera durante unos segundos.

Sera asintió. Los guardias cercanos, que les escuchaban con atención, se pusieron en pie.

En el pecho de Elian, su voluntad ardía con fuerza.

Media sonrisa se dibujó en su rostro, y la esquirla en su guante brilló con intensidad.

—Coged lo que necesitéis y seguidme. Juntos podemos hacerlo. La gente de esta ciudad cuenta con nosotros. Somos la Guardia de la Realidad, y tenemos trabajo que hacer.

El grupo se alineó tras los bloques de hormigón. Elian tomó la delantera, fusil en mano. A cada paso, el suelo cambiaba de textura: el primero, un crujido; el siguiente un chapoteo… Hasta que alcanzó el umbral de las compuertas selladas del núcleo generador principal.

Elian introdujo las credenciales de Gracielle, que ahora conocía bien.

Las compuertas se abrieron.

Un zumbido les avisó. Una criatura emergió del fondo: era más pequeña que las anteriores, pero mucho más rápida. Un brazo en forma de cuchilla cortó el aire, rozando la mejilla de una guardia tatuada. Elian disparó al centro de masa; el proyectil rebotó, pero la criatura se desestabilizó, perdiendo coherencia por un segundo.

—¡Ahora! —gritó Elian.

Los otros abrieron fuego al unísono, acabando con el ser.

Vítores.

Se abrieron paso por el complejo hacia la sala de generador. Ante ellos se extendía una grieta estable, como una balsa de aceite. Elian se detuvo y giró, cubriendo la retaguardia. Sera y los otros se parapetaron en las columnas laterales, asegurando la posición.

—¿Munición? —pidió Sera.

Elian lanzó dos células de energía.

—Los tienes que mantener a raya. Yo iré por la grieta.

—¿Solo?

Elian la miró, confiado.

—Este traje me protege en gran medida. Lo hice en Sigma con Gracielle. Aseguraos de que nada entre ni salga por esa grieta —añadió intentando insuflarles confianza.

Sera asintió, muy despacio. En sus ojos de halcón, un brillo de admiración.

Elian respiró hondo, calibró el rifle y se giró hacia la grieta. El retumbar de la distorsión era tan fuerte que se sentía en los dientes. Cruzó el umbral, dejando a los otros atrás, y por primera vez en toda la operación, sintió el peso del liderazgo.

~

La gravedad fluctuó: primero notó la presión cuadruplicarse en los muslos, luego, de pronto, el cuerpo flotó una fracción de segundo y volvió a caer, casi destrozando su rodilla contra el suelo. Elian juró en voz baja. Apretó la esquirla de Gracielle, aún brillante, en la palma. El dolor le ancló un poco más a la realidad.

Una alarma diferente retumbó en el visor: INTRUSIÓN EXÓGENA. Elian sabía lo que significaba. El ambiente se cargó de partículas incandescentes, flotando como una especie de nieve al rojo vivo. Elian aceleró el paso. Cada paso costaba el doble.

Unos metros antes de la puerta final, el aire se condensó en niebla azulada. Elian respiró hondo y el vapor le quemó la garganta, llenándola de sabor metálico y electricidad estática. Alzó el rifle, fijando la mira en la compuerta.

Elian no supo si el siguiente segundo fue real. El haz de luz se abrió como un ojo, con un nudo de geometría imposible en su centro. Era una intención pura, hostil, expandiéndose desde el otro lado.

El aire se volvió irrespirable. Las alarmas del traje estallaron. Cayó de rodillas. Apretó la esquirla y su calidez le devolvió algo de control. Forzó la vista hacia el núcleo, mientras el visor, inútil, cambiaba filtros en vano. El haz parpadeaba con violencia.

La grieta se ensanchó. Algo asomó.

La criatura —si podía llamarse así— se ancló a este lado de la realidad con extremidades que se extendían y replegaban según reglas ajenas.

Elian alzó el rifle. Le pesaba como el plomo, pero no soltó el arma. El sudor le corría por el cuello.

La bestia vibró. Una onda de choque lo lanzó contra la pared. Rodó por el suelo, raspándose la palma del guante al intentar frenar. El rifle se le resbaló, pero consiguió aferrarlo. Abrió fuego desde el suelo. El proyectil se desintegró antes de alcanzar a la criatura, pero esta, por un instante, pareció dudar.

La voz de la entidad invadió su mente como un veneno, expandiéndose sin forma ni idioma. Una orden. Una sensación: rendición absoluta.

Y sin embargo, no era lo único que sentía.

Sacó la esquirla violeta y la presionó contra el cañón. El arma vibró. El visor estabilizó la imagen durante un segundo. La criatura lo notó, encogiéndose a la defensiva.

Elian tenía un disparo. Tal vez dos.

Tomó posición, alineó la mira. La presencia en la cabeza creció, intentando aplastarlo con la promesa de un dolor sin fin. Pero, en medio de ese caos, Elian pensó en Gracielle. En Kiran. En la última vez que le vio. En la confianza que habían depositado en él. Y, a pesar de la opresión, logró disparar.

El proyectil, recubierto por la energía de la esquirla, cruzó la sala y se incrustó en el núcleo de la criatura. Un estallido de luz desgarró el aire. Elian se tapó la cara, pero el impacto le hizo perder el equilibrio y cayó de nuevo.

Todo le ardía.

La grieta empezó a cerrarse lentamente. Elian respiró aliviado.

Sin embargo, a pocos centímetros de cerrarse, una extremidad luminosa emergió de la grieta; y esta empezó a expandirse una vez más.

Elian quedó allí, a menos de un metro del umbral luminiscente, sin fuerzas para seguir. Si otra criatura salía, no podría detenerla. Aunque moriría intentándolo.

Pero entonces, al otro lado, entre los pliegues de la grieta, la extremidad tomó forma de brazo.

Y Elian supo —sin necesidad de verla del todo— quién era.

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Era ella. Gracielle cruzó el umbral, descalza, los pies hundiéndose en la superficie fluctuante del suelo como si caminara sobre un estanque en ebullición. Elian, aún de rodillas, dudó en levantarse: parte de sí creía que era una ilusión. Pero la energía que trajo consigo era inconfundible.

La grieta se selló tras ella con un chasquido final.

La resonancia de Gracielle llenó la sala. No habló. Solo caminaba hacia él, el cabello blanco flotando en la corriente estática del ambiente. Su bata de laboratorio se había desintegrado, y el traje armónico que vestía pulsaba luz azul y blanca, alternando con la frecuencia de su respiración. En su muñeca, su flor de lis, intacta.

Se detuvo junto a Elian, lo miró, y algo en su expresión lo ancló al instante.

—Parece que no es tan fácil deshacerse de mí, ¿eh?

El tono satírico de la Gracielle de siempre. Y, sin embargo, Elian sintió su voz como una caricia cálida.

Se incorporó a duras penas y la abrazó sin mediar palabra. Los ojos de Gracielle refulgían, casi literalmente. Sus pupilas ahora contenían una miríada de pequeñas luces, como ventanas al universo.

Ella le devolvió el abrazo.

Esos instantes bastaron para recuperar fuerzas. Y el vínculo armónico volvió a unir sus voluntades.

—Tenemos que reforzar la barrera —exclamó Elian—. La Nave Mayor espera al otro lado con refuerzos.

El mundo aún estaba al borde del colapso, pero la esperanza, por primera vez en horas, era real.

Ambos quedaron de pie, juntos, encarando el pasillo que minutos antes era un caos absoluto.

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Avanzaron a velocidad sobrehumana. Los trajes vibraban al unísono, y esa sincronía era lo único que impedía que la distorsión los separara para siempre.

Llegaron al núcleo. O a lo que quedaba de él.