Capítulo 6 #11
No había tiempo para procesar. El mundo fuera del pasillo había dejado de tener sentido lógico. El aire se curvaba, las paredes vibraban con ondas visibles. La gravedad vacilaba: un tramo se sentía como una cuesta arriba, otro como un pozo sin fondo.
La compuerta que daba acceso al Nodo Sigma parecía más una membrana que una puerta: fluctuó entre estados, a punto de desintegrarse. A través de ella, la luz era violeta y sólida, imposible de mirar sin entrecerrar los ojos.
Elian extendió la mano. Gracielle hizo lo mismo, y por un segundo, sus dedos se superpusieron: no se tocaron, pero el aire entre ambos chisporroteó, azul sobre rojo, rojo sobre azul. Al instante, el dolor de las pérdidas previas se transmutó en otra cosa. No alivio. Voluntad pura.
De fondo, otra alarma, menos humana, más profunda. La realidad en este lado de la puerta estaba a punto de romperse, y ambos lo sintieron en el estómago, en los dientes, en la médula.
Gracielle asintió. Elian también.
—Entramos a la de tres —dijo ella con decisión.
Elian sonrió con el brillo de alguien que ya no tiene nada que perder.
—Una.
—Dos.
La tercera nunca llegó a pronunciarse: simplemente, entraron.
~
Dentro del nodo Sigma, la realidad se había vuelto líquida.
No había un suelo reconocible; la materia parecía estar hecha de cristal derretido, dispuesta en ángulos imposibles. Elian y Gracielle apenas distinguían los límites de la sala: todo se curvaba y se repetía en fractales, como si el espacio tuviera delirios febriles.
En el centro flotaban tres entidades, imposibles de mirar con continuidad. Una era negra, filosa, llena de aristas y ojos que no parpadeaban jamás. Otra parecía hecha de humo, pero en vez de disolverse, se plegaba sobre sí misma en infinitos nudos. La tercera era algo menor, apenas un borrón de luz antinatural que vibraba con violencia.
Las detectaron antes de que los sensores del traje las anunciaran. Gracielle sintió el impulso de huir, pero su armonización con Elian la sujetó al suelo; no como un ancla, sino como una promesa. El miedo se convirtió en análisis: cada línea de ataque, cada ángulo de entrada, le llegaron con claridad quirúrgica. Sus capacidades junto a las de Elian… Kiran tenía razón.
—Las grandes son como la de ayer —dijo Gracielle, su voz clara en el enlace—. La otra es… ruido.
Elian asintió, ya en movimiento. El primer ente flotó hacia él con la parsimonia de quien no teme nada. Una extremidad se desplegó en línea recta, atravesando el aire y curvando la luz a su alrededor. Elian se agachó, giró, y descargó una andanada de proyectiles electromagnéticos. El ser los absorbió, como gotas de agua en un lago.
Gracielle movió las manos con precisión absoluta. Sus dedos dibujaron geometrías en el aire, dejando tras de sí una estela de fotones azules. Al hacerlo, la distorsión en el nodo se ralentizó localmente; creó pequeñas burbujas donde la realidad volvía a comportarse, aunque solo por unos instantes.
—Intenta atraerla hacia la columna central —ordenó—. Allí puedo fijarla.
Elian actuó, sin pensar. Se movió con la memoria de cientos de entrenamientos, pero cada gesto era más refinado, más seguro. La criatura lo siguió, incapaz de resistirse a la lógica predatoria. Al llegar a la burbuja de Gracielle, su silueta tembló, se volvió sólida por un segundo. Elian disparó de nuevo, y esta vez, el impacto lo fragmentó en cientos de esquirlas que se disolvieron en el aire.
La segunda entidad no esperó su turno. Se expandió como una telaraña, cubriendo la mitad de la sala, a punto de envolverlos. Gracielle sintió la presión en los hombros, la nuca, los ojos; cada manipulación de la barrera le costaba más, le drenaba la energía como con agujas microscópicas. Pero no podía parar. Aplicó una distorsión recursiva, doblando el tiempo en el entorno inmediato. Durante una fracción de segundo, la telaraña se congeló, y Elian atravesó su núcleo con la hoja resonante, haciéndola añicos.
La tercera criatura cambió de táctica. No atacó. Emitió un pulso sordo, una onda de choque que sacudió el espacio e hizo tambalear a Elian. El visor mostró distorsión, pero el enlace armónico transmitía lo que los sensores no podían: el ente estaba alterando el propio núcleo del generador de realidad del Nodo Sigma.
Gracielle lo entendió al instante. Armonizó al máximo con la fuerza de voluntad de Elian, proyectando una contraonda. Durante un segundo, sus pensamientos se duplicaron; vio a Elian desde dentro, observó sus propios movimientos desde fuera. La sensación era tan alienante que la memoria de Kiran resurgió y se mezcló con la de Elian, creando una confusión dulce, casi adictiva.
—Vas a perderte —advirtió la voz de Elian, urgente, pero teñida de ternura.
—Solo si no me traes de vuelta —respondió ella, sonriendo en el fondo del casco.
Elian centró toda la energía del traje en la mano derecha y, con un grito, estiró su mano abierta hacia el núcleo de la criatura, arrancándolo de cuajo. Resonó como un trueno bajo el agua. La criatura implosionó, llevándose con ella varias capas de espacio-tiempo que se cerraron como los pétalos de una flor muerta.
Cuando todo se calmó, el Nodo Sigma parecía más pequeño, más frágil. Gracielle cayó de rodillas, exhausta. Elian la recogió, la sostuvo mientras el mundo a su alrededor se recomponía lentamente.
Durante unos segundos, ambos respiraron el mismo aire, el mismo dolor.
—¿Sigues ahí? —preguntó Elian, con la voz entrecortada.
Gracielle asintió, aunque no estaba segura de dónde empezaba y dónde terminaba su propio ser.
—Pero no me sueltes, ¿vale? —dijo ella.
Él no lo hizo.
~
El breve sosiego se rompió con un rugido que no pertenecía a este plano.
El Nodo Sigma comenzó a temblar. Desde el fondo de la sala surgió una nueva entidad, más grande y hostil que las anteriores. Su cuerpo era una amalgama de aristas, tentáculos y luz que se pliega sobre sí misma, generando una grieta vertical en el aire, justo delante de Gracielle.
Elian la vio primero, pero Gracielle la sintió. La presión la atraía, la estiraba en direcciones opuestas, como si la quisieran arrancar de su propia historia.
—¡Gracielle! —gritó Elian, pero la voz rebotó, fragmentada, en la distorsión de la sala.
La criatura extendió un apéndice transparente que envolvió a Gracielle. La membrana que los separaba vibró en una frecuencia inhumana, cada vez más alta. El mundo se dobló hacia ella: la sala, Elian, incluso el recuerdo de Kiran, todo se mezcló en una neblina blanca y cálida.
Por un instante, el vínculo armónico transmitió un pulso perfecto. Las mentes de Gracielle y Elian se fundieron en una claridad dolorosa. Y en medio de ese fulgor, la frase de Kiran resurgió, amplificada, sin ambigüedad:
—Gracielle. Vuestra conexión es inestable. Tiene margen para mejorar. Yo creo en él. Cree en él.
Elian entendió lo que Gracielle estaba a punto de hacer. No había tiempo para debatir, para rogar, ni para llorar. Solo quedaba actuar.
—¡No lo hagas! —rugió él, sintiendo la energía multiplicarse en el pecho, el cuello, los dedos.
Pero Gracielle ya había decidido. Sintió dolor físico en cada célula, sí, pero también la necesidad de sellar lo que ninguna fuerza convencional podría. En su mente, la voz de Elian era la de un hermano, un amigo, un amante, una versión de sí misma que nunca fue.
—Creemos en ti —dijo, y la frase explotó en el vínculo, inundando a Elian de imágenes: la cafetería, la sangre en el labio, la luz de los paneles, el peso del deber. Elian absorbió el torrente y, sin querer, le devolvió sentimiento de amor, el calor de un beso nunca dado.
La entidad giró sobre sí misma y tiró de Gracielle con una fuerza monstruosa. El traje resonó, su energía vital alimentando la contención que necesitaba. El azul que la recorría se encendió hasta volverse blanco. Las manos de Gracielle dibujaron en el aire el último patrón de estabilización; la grieta se cerró sobre la criatura, y la realidad, por un momento, se solidificó en torno a ella.
Elian observó la forma de Gracielle estirarse y desdoblarse, en infinitas líneas, hasta convertir todo su ser en un hilo de luz que desapareció en el vacío de la grieta. No hubo explosión, ni sangre, ni rastro alguno. Solo silencio.
El Nodo Sigma quedó en paz.
Elian cayó de espaldas, la mente hueca, los brazos extendidos en cruz. Buscó el vínculo armónico, pero ya no estaba ahí. Solo quedaba un eco, un murmullo estático, que por un instante sonó como una risa suave.
Las alarmas callaron. Elian permaneció así un rato, con los ojos fijos en el punto donde desapareció Gracielle.
Al final, se incorporó. Miró alrededor: la estructura resistía. No había daños permanentes. Los sistemas volvían poco a poco a su estado original.
En el silencio absoluto, roto solo por una explosión ahogada en la lejanía, Elian tocó la insignia que aún brillaba en su pecho. El calor de la resonancia seguía con él, palpitando bajo su piel, como un recordatorio de lo que había perdido y de lo que aún podía proteger.
El mundo, por primera vez en mucho tiempo, parecía estable.
Él sabía que no duraría. Pero no iba a darse por vencido.
Elian
Al incorporarse, una punzada le cruzó el costado. El traje no amortiguaba el agotamiento. Se arrancó el casco: la frente perlada, el sudor frío mezclado con sangre seca. Tomó aire y avanzó hacia el epicentro del nodo. En el suelo, justo donde Gracielle había desaparecido, flotaba un fragmento cristalino: una esquirla suspendida sobre la grieta, como una lágrima detenida en el aire.
Elian la recogió. La esquirla le quemó en la palma. Brillaba en violeta, idéntico al fulgor de los ojos de Gracielle al canalizar. Lo guardó en la funda del guante, cerró el puño y se puso en marcha, siguiendo su instinto.
Su comunicador de muñeca no respondió al primer intento. Al segundo, emitió solo estática. Al tercero, por fin, una voz distorsionada emergió, saltando entre frecuencias.
—…Aurel… ¿me copias?
—Aquí Elian —escupió, sin tiempo para cortesías—. El nodo está limpio. Sigma estabilizado, pero hemos perdido a Gracielle.