Capítulo 6 #10
Kiran. Su mirada, su… ¿alma?, antes del final. Una despedida que nunca fue dicha, solo pensada, solo un roce entre dos puntos lejanos.
El recuerdo llegó como un impacto, un eco que se coló por una rendija mal cerrada.
Kiran. Su voluntad extendida desde el otro lado hacia ella.
Él no dijo nada. No podía. Pero ella lo sintió.
Gracielle había respondido sin pensar, siguiendo la estela de energía hasta la grieta correcta.
Al final, solo pudo dar una simple indicación. La clave para cerrar aquella grieta. La que le costó la vida a Kiran. Que sus poderes se hubieran incrementado más y más, en apenas unas horas, solo la hacía sentirse más impotente de no haber podido hacer más en aquel momento. Tal vez si hubiese ido con ellos…
—Gracielle. Vuestra conexión es inestable. Tiene margen para mejorar. Yo creo en él. Cree en él.
Las últimas palabras que le pasaron por la mente a Kiran fueron sobre Elian. De algún modo, esto no sorprendió a Gracielle. Durante un segundo, su mano tembló al punto de perder contacto con el terminal. El holograma tembló con ella. En el aire quedó suspendido un rastro de plasma azul, que parpadeó antes de desvanecerse.
COLAPSO INMINENTE: NODO 3-BETA. HIDRÁULICA SECUNDARIA.
COLAPSO INMINENTE: NODO 12-GAMMA. CONTROL TÉRMICO.
COLAPSO INMINENTE: BLOQUE C-4. NIVEL DE TRANSFERENCIA.
Tres alarmas simultáneas saltaron, el día no dejaba de empeorar. Sin pensar, Gracielle desactivó su interfaz de seguridad mental y expandió su consciencia a los puntos críticos. Las paredes de su mente se ensancharon: ahora podía ver, a la vez, las tres líneas de ruptura. Las sintió como fracturas en un hueso propio, palpitando en ritmos asíncronos. Sabía que ningún resonante antes se había expandido a tres lugares de forma simultánea. Pero también sabía que no podía fallar. No después de lo de Kiran.
Un rugido le explotó en la sien. La sensación era de desgarro puro. Supo que su cuerpo físico no iba a resistir mucho más, pero forzó su poder. Visualizó las fallas en la estructura molecular de los lugares afectados, las fisuras en la realidad.
Canalizó su poder no solo en la atenuación de la gravedad local, sino también en el refuerzo del armazón arquitectónico y en el recalibrado de los sensores, estabilizando la barrera para evitar que nadie muriese por el peso de la distorsión. El sudor empapaba el forro de su bata. Sabor a hierro en la garganta. Sus pupilas brillaban como supernovas.
Los tres hologramas pasaron de rojo a naranja y, de ahí, a amarillo. Gracielle contuvo un grito y bajó la cabeza un instante. Lo justo para no perder el conocimiento.
Las alarmas se calmaron, y el personal del Puesto de Control la observó, unos con reverencia, otros con miedo.
—¿Resonante Duvency? —preguntó uno de los técnicos, un chaval de rostro tenso y ojeras profundas—. ¿Está bien?
—Sí.
La palabra salió firme, precisa. Sin fisuras.
Tanto, que cualquiera habría creído que no se le estaba desmoronando el mundo por dentro.
Cuando el chico se fue, Gracielle apoyó los codos en la consola y se permitió temblar. Solo un segundo. Lo justo para recordar que seguía siendo humana.
Se limpió la sangre del rostro con el dorso de la mano y repitió, apenas audible, la frase que le había dejado Kiran:
—Cree en él…
Su mundo temblaba. Pero, por ahora, resistía.
~
Llamar a la puerta de un oficial caído era una falta de respeto. Por eso Gracielle la abrió sin más. Elian estaba sentado en el borde de la litera, con el uniforme arrugado aún con el polvo de la batalla, la mirada fija en un pequeño objeto que reposaba entre sus manos.
La insignia de Kiran.
Elian no parpadeó cuando Gracielle entró; no parecía ni respirar. Sus ojos estaban hundidos, rodeados de un violeta apagado, y los músculos del cuello le sobresalían como cables a punto de romperse.
—Teniente —dije Gracielle, en voz baja—. Elian. Tenemos que movernos. No es seguro aquí.
Él no respondió al principio, pero sus dedos se cerraron un poco más fuerte sobre la insignia. Gracielle lo miró y recordó otra vez la frase, el peso de la responsabilidad flotando entre los dos como una niebla espesa.
—El protocolo requiere informe inmediato tras un incidente como este —continuó ella, casi como si recitara un texto aprendido—. He activado la cuarentena sectorial, pero no aguantará mucho.
Elian asintió, apenas. Su cabeza giró, pero no la miraba.
Gracielle se acercó y le apoyó una mano en el hombro.
Elian alzó la mirada hacia ella, solo un instante, lo justo para volver al presente.
Luego se puso en pie, con movimientos lentos pero precisos, y le tendió la insignia, esbozando una sonrisa amarga.
—No. Él querría que la tuvieras tú —dijo con calma rechazándola con pesar.
Caminaron juntos por los pasillos secundarios del Núcleo. La mayoría de los paneles estaban bloqueados por protocolos de emergencia; los pocos que funcionaban proyectaban advertencias en todas las superficies. Una luz blanca, impersonal, lo bañaba todo.
Al llegar a la puerta de acceso restringido, Gracielle tecleó una clave interminable. El sensor la escaneó durante un instante incómodo, luego abrió la compuerta con un chasquido de vacío.
Dentro, el laboratorio privado estaba iluminado solo por la luz azul que emanaba de los tanques de suspensión. Flotaban en su interior dos trajes de combate, con inscripciones de matriz resonante brillando al ritmo de un pulso artificial, casi orgánico.
—Intentábamos crear algo especial para darle la vuelta a esta guerra —dijo Gracielle, sin mirarle—. Kiran me ayudaba con las pruebas de armonización, ¿sabes?
Hizo una pausa breve.
—Aunque siempre decía que tú eras el mejor candidato… y si él lo creía, yo también voy a creerlo.
Elian observó los trajes sin terminar de entender. Gracielle se acercó a la consola y, con gestos ágiles pero vacilantes, activó una grabación en el monitor central. La imagen era antigua, descalibrada. La voz, inconfundible.
Kiran, sentado junto a ella en ese mismo laboratorio, parecía más joven, menos desgastado. Hablaba con franqueza, con esa seriedad que solo dejaba ver de vez en cuando:
—Aquel día, el que acabó con todos llamándome héroe… fue Elian quien actuó primero. Yo estaba paralizado. Solo al verle lanzarse a proteger la caravana encontré el valor para actuar. Él sí que es un héroe.
Elian tragó saliva. La grabación duró apenas unos segundos antes de disolverse en estática. El silencio que siguió fue absoluto.
—Estos trajes unen —murmuró Gracielle—. Él y yo compartimos un vínculo único.
Su voz no era orgullosa. Solo dolida.
—Por eso creo en él. Porque sé cómo era en realidad. Kiran tomaba fuerza de los que tenía cerca. De ti. De mí. De todos los que le veían como el héroe que ha demostrado ser.
Elian bajó la mirada hacia la insignia en su mano. Sus dedos ya no temblaban tanto. La respiración volvía en oleadas, profundas, irregulares.
Se quedó así un instante, absorbiendo el peso de lo dicho… y de lo que ninguno se atrevía a decir.
—El mundo nos necesita enteros, Elian —dijo Gracielle, casi en un susurro.
Y Kiran… cuenta con nosotros.
La frase quedó flotando en el aire, suspendida como los trajes en el tanque. Elian se enderezó, primero con torpeza, luego con resolución creciente. Sus ojos ya no eran pozos vacíos; había en ellos un destello de algo peligroso, algo necesario.
Agarró la insignia y la puso en la pechera de su propio uniforme. Al hacerlo, el distintivo pareció brillar un poco más, como si la suma de voluntades fuese, en sí, un nuevo tipo de energía.
—¿Y ahora qué? —preguntó, con voz firme.
Gracielle sonrió, apenas, activando el panel de acceso al traje central.
—Ahora, juntos.
~
El rugido de la alarma Sigma atravesó la calma gélida del laboratorio. Elian y Gracielle se miraron apenas un segundo, y en ese segundo todo quedó dicho.
Corrieron hacia los tanques. El sistema reconoció sus presencias y proyectó una luz azul sobre el suelo, guiando sus pasos a las cápsulas. Dentro, los trajes armónicos esperaban, brillando bajo la superficie.
—¡Nodo Sigma, colapso inminente! —gritó la voz de Sera por el canal abierto, distorsionada por la interferencia.
Gracielle introdujo sus brazos en las mangas, sintió la fricción del polímero contra su piel, el frío metálico subiendo por los hombros. Al girar la muñeca, los grabados resonantes vibraron, transmitiendo un cosquilleo eléctrico hasta el codo. El casco cayó sobre su cabeza, sellándola en un universo azul y privado.
Elian lo hizo al mismo tiempo. Los gestos eran idénticos, aunque ninguno los había practicado. El traje reconoció su frecuencia y respondió con un pulso rojo, más intenso que la sangre, que le recorrió el pecho y lo conectó a la consola central. Un zumbido profundo le golpeó la columna, anclando cada pensamiento, cada impulso, en el presente absoluto.
Las compuertas de la cápsula se abrieron. El suelo tembló. Por un instante, ambos flotaban en la luz, suspendidos por la vibración de la red que los rodeaba.
Elian se adelantó, pero no sintió el peso del traje: experimentó un tirón en la base del cráneo, una fuerza que le impulsaba hacia delante con una mezcla de miedo y euforia. La visión periférica se duplicó; vio la mano de Gracielle alcanzar la suya, aunque no la había tocado realmente. El eco de su movimiento era simultáneo, como si compartieran músculos.
—¿Notas eso? —dijo, sin mover los labios.
—Estamos sincronizados —respondió ella, desde dentro de su propio casco. Su voz era más íntima de lo habitual—. La armonización reacciona a la proximidad. Se amplifica.
Avanzaron por el pasillo, dejando atrás el laboratorio. A cada paso, los paneles de emergencia detectaban su presencia y activaban rutas especiales. El pasillo cambiaba de temperatura, de presión, incluso de color, siguiendo el flujo de energía que proyectaban. En el trayecto, fragmentos de memoria se filtraron entre sus mentes: Elian vio por un segundo la sonrisa de Kiran, luego un destello de la voz de Gracielle, el sonido de una risa que no reconoció como propia.