Relatos Orbitales Capítulo 6 #9
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Capítulo 6 #9

Kiran alzó una mano, indicando silencio absoluto. Avanzaron con cautela, bordeando una esquina. El suelo estaba cubierto de pequeños charcos de una especie de líquido vítreo, tan transparente que no devolvía reflejo alguno, y que sólo era visible gracias al visor. Las paredes, deformadas por ondas lentas de distorsión, emitían un zumbido grave, constante. Nadie hablaba. Nadie se atrevía. Una puerta al fondo vibraba entreabierta. Kiran asintió en silencio, y entonces entraron, armas en mano. En la sala, varios civiles permanecían inmóviles, y esa sustancia extradimensional reptaba lentamente por sus cuerpos.

Uno de los civiles, un hombre mayor con el rostro desencajado, murmuraba algo sin emitir sonido. Sus labios se movían en bucle, repitiendo una frase una y otra vez sin darse cuenta. Una joven a su lado tenía los ojos abiertos de par en par, sin parpadear. La sustancia vítrea se le adhería a la piel.

—¿Están conscientes? —susurró Elian, sin apartar la vista.

Kiran no respondió. Una figura cercana a la pared se movió: una mujer. Intentaba incorporarse, pero su cuerpo parecía desconectado de sí mismo, respondiendo a órdenes contradictorias. El visor parpadeó, incapaz de estabilizar su silueta. Por un instante, su contorno se duplicó, parecía que una versión de ella estuviera en otra parte, moviéndose con un retardo imposible.

Sera alzó el rifle, inquieta.

—Algo está interfiriendo con la señal del visor —murmuró.

Una vibración, leve al principio, recorrió el suelo. Luego otra, más intensa. Las ondas en las paredes se aceleraron, el propio entorno parecía palpitar.

Kiran ladeó la cabeza. El zumbido había cambiado.

Ya no era ruido de fondo. Era una voz.

Un aullido agudo, metálico, surgió desde el centro mismo de la estancia, donde no había nada. O no lo había hasta ese momento. Una grieta brillante como el Sol se abrió ante sus ojos. La luz no proyectaba sombras: las devoraba. La distorsión en el visor se replegó con brusquedad, el dispositivo se rendía, revelando una figura flotante que parecía haber estado siempre allí, esperando a ser reconocida por la realidad.

No tenía forma fija. A cada parpadeo, su silueta mutaba: humanoide durante un instante, luego angular, como un poliedro a medio formar que se disolvía y recomponía sin seguir ley alguna. Del núcleo de su cuerpo —si es que aquello podía llamarse cuerpo— emergían haces de luz negra, una contradicción vibrante que hería la vista incluso a través del filtro digital.

El visor de Sera emitió un pitido agudo y se reinició.

—Mi interfaz está fallando —murmuró, sin quitarle ojo.

—No lo mires fijamente —ordenó Kiran—. Interfiere con los sensores.

Mak se adelantó medio paso, levantando el rifle.

—¿Eso es un tipo III? —preguntó, más para sí que para nadie.

—Uno muy completo —dijo Kiran, ajustando su escudo.

La criatura flotó hacia ellos sin desplazarse. Cada vez que pestañeaban, aparecía un poco más cerca. El aire entre medias se comprimía, el espacio se arrugaba para dejarla pasar. Un zumbido grave, como un cuerno lejano, resonó en el interior de sus cráneos.

Y entonces atacó.

No golpeó. Se reconfiguró. Una de sus extremidades se extendió hacia un costado, pero apareció delante de Mak sin trayecto intermedio. Mak disparó por reflejo, pero el proyectil rebotó en el aire, impactando contra la pared con un estruendo seco.

—¡Hay que sellar la grieta! —gritó Elian —. No podremos acabar con ella si no.

Sera intentó flanquearla, pero el suelo se desplegaba bajo sus pies como una superficie infinita. La criatura giró sobre sí misma y su brillante núcleo emitió una ráfaga de distorsión que desestabilizó el escudo de Kiran. Las paredes ondularon.

—¡Disparad, ahora! —ordenó Kiran.

Elian apretó el gatillo de inmediato. Las balas electromagnéticas no siempre impactaban donde debían, pero algunas sí. El ser chilló, sin boca, sin sonido: la sala entera vibró al ritmo de su quejido. Una lámpara explotó. Los civiles seguían en el suelo, inconscientes, envueltos en una calma ajena.

Entonces la criatura se aplastó contra el suelo y avanzó como un remolino. Una de sus aristas se alargó sin transición, abriéndose paso como una fractura en el aire. Mak no tuvo tiempo de reaccionar. El filo lo atravesó de lado a lado, sin sangre, sin violencia aparente. Simplemente lo dividió. Su cuerpo se quebró con un chasquido seco y cayó de rodillas, con los ojos aún abiertos. Las placas de su armadura chispearon un instante, luego se apagaron.

—¡Mak…! —Kiran dio un paso hacia él, pero lo supo al instante. Aunque la herida dejó de sangrar, no había nada que hacer.

La criatura giró lentamente. Una pupila líquida, interna, parecía girar sobre sí misma dentro de una luz que no parpadeaba.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Kiran parpadeó. Una presión le recorrió la nuca, como si alguien hubiera colocado una mano fría sobre su cabeza. El comunicador seguía muerto. Pero una voz surgió igual, sin vibración, sin sonido. Le atravesó la mente como una idea que no era suya.

—No puedes sellar esta grieta —dijo la voz. No venía del comunicador, que seguía muerto. Era Gracielle, o algo que hablaba con su voz. Sonaba distante, atravesando un abismo para alcanzarlo—. Esta criatura es distinta. Destruye su núcleo. Mientras exista, seguirá reabriéndose.

No hubo imágenes. Solo comprensión: la criatura era un ancla, una grieta estabilizada por su presencia. Su núcleo fluctuaba sin cesar, protegiéndose dentro de un patrón de geometría mutante. Solo en ciertas fases breves se volvía material.

Kiran esbozó media sonrisa. Gracielle le tenía en demasiada estima.

—Elian, prepárate. —dijo, alzando la voz—. Cuando su núcleo se estabilice, tenemos que destruirlo. Sera, danos cobertura.

La criatura pareció percibir la decisión. Su forma se expandió, proyectando tentáculos como ramas de un árbol negro. Sera no esperó más. Abrió fuego desde la retaguardia, obligando a la entidad a replegar parte de su masa y a bloquear los disparos con secciones de su cuerpo que se volvían brevemente tangibles.

Elian ya se movía. Guardó el rifle a la espalda y desenvainó una hoja corta de filo mate, con grabados resonantes que brillaban débilmente al contacto con la distorsión. Nunca había usado esa arma en combate real.

—No pienses. Sigue tu instinto—dijo Kiran —. Sé que puedes.

Elian asintió, sin decir nada.

La criatura giró. Una de sus extremidades se lanzó hacia él, pero Elian se deslizó por debajo, rodó y cortó una línea transversal en uno de sus pliegues. El ser gritó sin sonido, y por un segundo el núcleo vibró fuera de fase… luego volvió a ocultarse.

—Casi —murmuró Sera, disparando de nuevo—. Le estás forzando el patrón. Sigue.

Elian arremetió otra vez. Su hoja encontró un ángulo más profundo y giró dentro de la herida. La criatura convulsionó. El núcleo salió proyectado, como una gema oscura liberada del centro de un torbellino.

—¡Kiran! —gritó Elian, retrocediendo.

Kiran ya corría, hoja en mano. La barrera de su traje vibraba, envolviéndolo en un halo de energía traslúcida, agrietada por la tensión del combate. Se lanzó sobre la criatura justo en el instante en que su forma intentaba recomponerse.

Cruzó la barrera de distorsión sin frenar. En ese breve instante, la criatura se volvió densa, sólida. Su núcleo palpitaba al descubierto, como un corazón de cristal defectuoso.

Kiran embistió con el cuerpo entero, forzando el núcleo contra el suelo fluctuante. La barrera personal centelleó, adaptándose al contacto extremo. No tenía más tiempo. No había más opciones.

Alzó la hoja y la hundió directamente en el centro del núcleo. Un crujido sordo —más mental que auditivo— se expandió por la sala. El núcleo estalló hacia dentro, colapsando sobre sí mismo en una implosión controlada.

Kiran salió despedido, su barrera chispeando sin control, y chocó violentamente contra una pared reforzada. Cayó de lado, sin emitir un solo sonido.

La criatura se deshizo. Su estructura se fragmentó en cientos de líneas imposibles, una figura de cristal rompiéndose en todas direcciones.

Sera bajó el rifle. Elian corrió.

Kiran yacía junto a un charco de luz quebrada, con la hoja aún en la mano. Su barrera personal parpadeó una última vez antes de extinguirse. Tenía la mirada fija en el techo, y el pecho inmóvil. Y pese a todo, parecía mantener la sonrisa.

—No… —murmuró Elian, y la palabra se quebró al salir.

Apretó los dientes, clavando los dedos en el armazón de la armadura, sacudiéndolo una vez, sin esperanza. Su respiración se volvió errática. Golpeó el suelo con fuerza, una, dos veces. Luego se inclinó sobre el cuerpo y apoyó su frente contra la de Kiran.

Allí se quedó. Mientras la grieta se cerraba al fondo, lentamente.

Gracielle

Las luces de alerta bañaban el Puesto de Control Zeta en un crepúsculo azul y rojo. Hologramas titilaban sobre la consola central, cada uno mostrando una región diferente del Núcleo Iber-9, todas en rojo. La operación de Kiran les había dado un tiempo crucial para reforzar las defensas, pero la escala de la ofensiva superaba cualquier cosa antes vista.

Gracielle se aferró a los bordes de su estación apretando los puños. La superficie metálica estaba tibia por el calor de sus propias manos, y la tensión acumulada se liberaba en espasmos que le recorrían los antebrazos. Había dejado de contar cuántos días llevaba despierta. Otro mensaje de urgencia resonó en su cabeza:

COLAPSO INMINENTE: PASILLO 17-DELTA. ABASTECIMIENTO.

Extendió su percepción al lugar, atravesando una miríada de disrupciones ambientales. Al contacto, sintió la presión del grueso tejido que mantiene la realidad unida. Su pulso se aceleró, rebotando en sus sienes.

Vértigo. Un sudor frío le deslizó por la frente. El suelo se le volvió lejano, inconsistente. Dio una orden mental, y el tejido se reforzó alrededor del 17-Delta. El holograma cambió de tono, de rojo furioso a amarillo.

Presión tras sus ojos. Visión nublada. Un hilo de sangre se deslizó desde su fosa nasal; su sabor fue ácido, metálico, y activó un recuerdo apartado bajo una capa de negación.