Capítulo 6 #8
Al llegar a la esclusa del ascensor de servicio, el sensor tardó medio segundo más de lo habitual en abrir. El zumbido eléctrico osciló brevemente de tono antes de estabilizarse.
—¿Te parece normal? —preguntó Elian, ladeando la cabeza.
—Define normal —respondió Kiran. Pulsó el panel, y las puertas se abrieron con un resoplido de aire reciclado.
Ambos subieron sin más palabras. El ascensor se puso en marcha, vibrando con suavidad. Afuera, la ciudad seguía abriendo los ojos, sin saber aún lo que se acercaba.
El ambiente estaba ya más iluminado, con paneles publicitarios parpadeando a media potencia y una mezcla de civiles y personal técnico transitando con calma.
A su paso, un grupo de niños uniformados avanzaba en fila, guiados por una profesora que les iba señalando las distintas zonas de emergencia marcadas en las paredes. Uno de los pequeños levantó la mano y saludó con entusiasmo. Kiran le respondió con dos dedos en la frente, sin dejar de andar.
En un rincón, un técnico mayor revisaba el interior de una caja de control abierta con gesto resignado. Golpeó un par de veces una placa suelta y soltó un bufido. Cuando los vio pasar, les lanzó una sonrisa sin dientes.
—Ese panel lleva tres días dando guerra —comentó Elian, sin frenar.
—Y seguirá así, al menos, tres más —respondió Kiran, apoyándose en su hombro—. No recibiremos suministros no esenciales durante unos días. Ya te contaré —añadió en voz más baja.
Al fondo, dos ancianos compartían asiento junto a una máquina expendedora apagada. Uno leía en una pantalla retroiluminada; el otro comía algo envuelto en papel gris. En la pared detrás de ellos, el lema de la Alianza para la Protección de la Realidad brillaba con letras tenues: APR - Preservar la Realidad es preservar la Humanidad.
—Huele a pan recién hecho —dijo Kiran, ensimismado—. Sophie tiene que estar a punto de abrir.
—¿Tenemos tiempo?
—No se puede proteger una ciudad con el estómago vacío.
Se dirigieron hacia la cafetería, un rincón sencillo, elegante a su manera, con un luminoso en cursiva que destacaba sobre la fachada. La puerta se abrió para ellos, inundando sus pulmones con el aroma del café recién hecho y la mantequilla horneada.
La joven les dedicó una sonrisa automática, como haría con cualquier cliente. Pero al reconocerlos, se le iluminó el rostro.
—Capitán Valez… Teniente Aurel. Qué alegría veros.
—El placer es nuestro, Sophie —respondió Kiran con naturalidad.
Elian asintió en silencio. Ella le devolvió el gesto, amable, aunque sin el mismo brillo en los ojos.
—¿Sabe que mi padre aún sigue contándole a todo el mundo que no habría salido vivo de aquel túnel si no hubiese sido por usted?
—Dale recuerdos de mi parte —dijo Kiran.
No le incomodaba oírlo, claro, pero tampoco sabía qué más añadir. Desde aquel día, años atrás, muchos le trataban como a un héroe. Tal vez no se equivocaban, pero él no se sentía como tal.
—¿Qué tomaréis? Hoy estáis invitados.
—No nos atreveríamos a rechazar un desayuno gratis —dijo, con una mirada cómplice a Elian—. Tres croissants y tres cafés para llevar, nuestra resonante necesita energía para...
Kiran no terminó la frase. Una extraña mancha en el techo había captado por completo su atención. El agua se acumulaba en la superficie sin llegar a gotear. Justo debajo, sobre la barra, había un vaso vacío.
—¿Eso… lleva así mucho? —preguntó Kiran, sin quitarle ojo.
Sophie alzó la vista y se encogió de hombros, como si no fuera la primera rareza del día.
—¿Tú también lo ves? —dijo, un poco sorprendida— Pensaba que sería una alucinación típica.
Elian se inclinó hacia la barra. El vaso estaba completamente seco.
—¿Lo has visto gotear? —preguntó, con el ceño fruncido.
—Sí. Estaba lleno cuando lo dejé. Goteó poco a poco. Hacia arriba —se rio por lo bajo—. ¿Tan raro es?
Elian cruzó una mirada con Kiran, sin necesidad de decir más. El capitán forzó media sonrisa. Una ruptura localizada de las leyes físicas estaba peligrosamente cerca de un fenómeno de Resonancia Oscura tipo III, y algo así no debería poder ocurrir en el Núcleo Iber-9.
—¿Tengo que preocuparme?
—De momento, no —respondió Kiran—. Gracias por los desayunos.
Cruzaron la calle principal en dirección al Sector 2, con los croissants aún calientes envueltos en papel termosellado. El bullicio había aumentado: varios técnicos manipulaban conductos abiertos a la vista, cables colgaban de los paneles de ventilación, y una alarma visual parpadeaba con lentitud sobre una compuerta bloqueada. Cuando algo iba mal, te enterabas antes paseando entre la gente que esperando informes.
Diez minutos después, al girar el último callejón, el Puesto de Control Zeta Central apareció ante ellos como una isla de orden en medio del caos. La puerta blindada se abrió de par en par cuando se aproximaron. Nada más entrar escucharon un murmullo constante de voces, teclas, órdenes y zumbidos del sistema. Varias personas se movían entre pantallas de control, indicadores manuales y datos proyectados en tiempo real.
Gracielle estaba en el centro, de pie, con el cabello recogido a la altura del cuello por un clip negro en forma de flor de lis, que domaba su melena con una gracia silenciosa. Sostenía una tableta de control en una mano, y el comunicador de diadema parpadeaba activo sobre su oreja. Su bata reforzada estaba manchada de polvo, su expresión permanecía firme, concentrada.
Cuando Kiran entró, ella giró la cabeza apenas un instante y le tendió la mano sin dejar de hablar. Él depositó el vaso de café en sus dedos.
Al contacto, una chispa le recorrió la piel. No por sus poderes, sino por la tensión callada que los envolvía desde días atrás.
Ella rozó sus dedos con suavidad, casi con intención, y tardó un instante más de lo necesario en hacerse con el vaso. No le miró, pero aquella pausa decía más que mil palabras.
Luego, sin más, tomó el croissant con la otra mano, mordió con calma y bebió un pequeño sorbo.
—Gracias, capitán —murmuró, sin alzar la vista—. No sabe la falta que me hacía.
Kiran apenas tuvo tiempo de responder. Elian ya se había colocado junto a uno de los terminales laterales y navegaba entre registros con los dedos volando sobre la interfaz táctil.
—Lo de esta mañana... —empezó a decir, con el ceño fruncido—. No hay nada. Ni lo del ascensor, ni lo de la cafetería. Nada ha quedado registrado.
—¿Seguro? —preguntó Kiran.
—Acabo de comprobarlo. No hay eventos archivados, ni siquiera como anomalías menores. Para el sistema, esta mañana ha sido absolutamente normal.
Gracielle detuvo lo que estaba haciendo. Sin decir nada, se acercó al panel, revisó los datos por sí misma, y tras unos segundos entrecerró los ojos.
—Esto no es un fallo puntual. Llevo horas viendo cómo los sensores clasifican como “ruido térmico” cosas que no lo son. Desde que comenzó la operación de asalto a las grietas orbitales, las lecturas son inestables. Lo poco que llega, lo hace con desfase o mal etiquetado. Hay tantas reconfiguraciones manuales en marcha que no damos abasto.
—¿Y el protocolo de escalada? —preguntó Elian—. ¿No debería activarse ante la más mínima duda?
—Sí —dijo ella, seca—. Pero aún no ha habido incidentes destacables y no queremos que cunda el pánico; no obstante, ya he puesto en marcha la fase uno. Estaremos preparados…
Una alarma suave pero insistente parpadeó en la parte superior del panel. El sonido no era estridente, pero cortó el aire como un bisturí.
FENÓMENO RO-II DETECTADO: ZONA 9 DEL SECTOR HIDRÁULICO
Gracielle se quedó inmóvil durante un segundo. Luego pulsó la alerta, desplegando la información.
—Eso está cerca —dijo Kiran—. Y es una zona crítica, ¿verdad?
—Sí. Y si ha saltado el aviso ahora, cuando llevamos toda la madrugada sin detectar ni siquiera tipo I, puede significar que la anomalía es real y está mal catalogada. Podría ser un tipo III encubierto… o algo peor.
—Vamos para allá —dijo Kiran sin dudar.
El capitán seleccionó rápidamente a otros dos guardias de confianza: Sera, una veterana de reflejos rápidos, y Mak, conocido por su fuerza física. Gracielle apareció junto a ellos con un carro flotante que contenía el equipamiento para operaciones anti Resonancia Oscura.
—Tened cuidado —advirtió ella—. Vais prácticamente a ciegas. Y noto que mis poderes están aumentando…
Kiran asintió mientras cogía el rifle. Sostuvo un instante la mirada de Gracielle. Ninguno dijo nada más.
La escuadra avanzó con rapidez hacia la zona afectada. A medida que se acercaban, una sensación asfixiante fue adueñándose del ambiente. Los luminosos de los negocios parpadeaban de forma errática, proyectando sombras retorcidas, mientras murmullos distorsionados resonaban entre las paredes, casi como voces lejanas pero ininteligibles.
—Nunca había visto algo así —confesó Sera, activando el visor con dedos nerviosos.
—Elian y yo, sí —respondió Kiran, ajustando con rapidez su propio visor—. Atentos y juntos.
Al encender los visores, la realidad adquirió una inquietante doble perspectiva: la imagen cotidiana superpuesta con siluetas oscuras y vaporosas que fluctuaban con lentitud alrededor.
—Gracielle. ¿Tienes visual? —preguntó Elian. Solo obtuvo ruido blanco como respuesta.
Un súbito grito quebró la tensión, resonando desde el interior de un edificio residencial cercano. Durante un segundo, nadie se movió. El aire parecía haberse vuelto más denso aún, como si la propia realidad contuviese la respiración. La puerta de entrada al edificio se abría y cerraba con periodicidad hasta la mitad, con un parpadeo de luz intermitente al otro lado. Elian tragó saliva; incluso el sonido de sus pasos parecía distorsionado. Una sombra se deslizó apenas visible por el borde de una pared, y los visores parpadearon con interferencias que no lograban estabilizar.