Relatos Orbitales Capítulo 6 #7
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Capítulo 6 #7

Carla estaba nerviosa, pensando en la posibilidad de que su familia no la reconociese, si es que de verdad habían sido víctimas de la maldición en la que se había inspirado Berta. Pero enseguida se dio cuenta de algo mucho más inquietante: aunque aquella ciudad se llamaba igual que la suya, no lo era. El continente en el que se encontraban seguía siendo Europa y muchos detalles de la fisonomía de la metrópoli coincidían con lo que recordaba de la suya. Pero había sutiles diferencias, como calles que no había visto nunca junto a avenidas centrales que conocía, edificios y monumentos que estaban en plazas que no les correspondía y paradas de metro de las que jamás había oído hablar.

Aquella era la ciudad de Myrian. El sitio del que uno robaba ideas para escribir historias y grabar películas. Si bien no había dragones surcando el cielo, androides dirigiendo el tráfico o monopatines voladores. Era casi un fiel reflejo de su ciudad.

Habían pasado seis meses desde la desaparición de Myrian. Si la maldición seguía las normas que Berta había plasmado en su guion, razonó Carla, sólo habría afectado a la memoria de sus amigos, los culpables de aquello. Su familia debía recordarla.

Pero, en realidad (en esa, al menos), las cosas habían funcionado de otra manera; se encontraron con que el mundo de Myrian no la había echado de menos.

La policía llevó a Myrian a la dirección que ella facilitó, un espacioso piso del centro. El reencuentro con sus familiares fue surrealista, ya que en un primer momento parecían no saber quién era (para horror de la chica) y, al siguiente, salieron del shock y la abrazaron, acariciaron su pelo, repitieron su nombre una, mil veces, casi con la misma emoción en sus voces que Rudy había logrado expresar en la escena del coche, el último día del rodaje. La habían buscado.

Carla sintió una amarga envidia. Su dirección no existía. A todos los efectos, ella tampoco.

La familia de Myrian se hizo cargo de ella. Sus padres y amigos querían saber, querían comprender… nada de aquello tenía lógica. Pero las dos guardaron un silencio hermético sobre el asunto.

Lo único que Myrian hizo al respecto al reencontrarse con sus amigos en la cafetería de la facultad (este Jorge era guapo, pero no tanto como Rudy) fue preguntarles por el viaje a Egipto y la historia de la maldición de la que les habían hablado en un templo. Según hablaba empezaron a rememorarlo todo, como quien lee un papel donde apuntó una pesadilla que tuvo años atrás. Aquella desconocida, de pronto, ya no lo era. Se quedaron sin saber qué decir. Myrian se separó de ellos, sin ánimo de retomar aquella amistad.

—Podemos volar a Egipto cuando estés preparada —le prometió a Carla—. Investigaremos. Tiene que haber más casos como el nuestro. Desharemos la maldición, ya lo verás. Tú también podrás volver a casa.

Carla afirmaba con la cabeza, distraída, prometiéndole que, entretanto, buscaría un trabajo para costearse el viaje.

Había hecho averiguaciones por su cuenta. Allí también había internet y redes sociales. Trató de rastrear los perfiles de sus amigos y conocidos, sin éxito. Al meter su propio nombre y apellido en un buscador, lo que salió fue el personaje de una serie web que nunca había visto y que, supuso, era una de esas cosas que sólo existían en esa realidad. Se llamaba Director’s Cut y se ambientaba en una pequeña escuela de cine.

Su personaje empezaba siendo una alumna del curso regular y acababa trabajando en la recepción tras diversas aventuras. Se caracterizaba por tener siempre cafés para todos, tantos como excusas por trabajos inacabados o responsabilidades no asumidas. Sus compañeros (reconoció a Berta, Rudy, incluso a Jox) la llamaban Evita, de evitativa, a sus espaldas, pero se lo perdonaban porque compartía con ellos una sincera amistad y el amor a su trabajo.

Solo que Carla en la ficción, a lo largo de los episodios, demostraba no estar tan encariñada con su trabajo. «Es injusto», pensó la Carla espectadora, enfrascada en la pantalla del ordenador de Myrian. «Esto no fue así». Parecía como si alguien le hubiese seguido con una cámara oculta durante varios años y escrito un resumen tendencioso de situaciones que había vivido, sólo para crear chistes a su costa. Se la veía rehuyendo sus tareas de formas tan creativas que daba risa. La Berta y el Rudy de la ficción se iban cansando de ella, capítulo a capítulo.

Hasta que la acción llevaba a los personajes a grabar un corto sobre un ritual misterioso que hacía desaparecer a gente indeseada. Y, durante una pausa del rodaje, los supuestos amigos del personaje de Carla hablaban de ella a sus espaldas y daban rienda suelta a la frustración que les causaba su comportamiento. Jox aparecía con el olvidado fular gris de Carla en la mano. Se lo ponía y, en una lamentable imitación de ella, gemía: «Ay, qué dolor de cabeza, no es culpa mía llegar seis horas tarde, se desata el apocalipsis cada vez que tengo que levantarme a trabajar». ¡Incluso el personaje de Rudy celebraba la gracia con carcajadas! Entonces, la Berta de la serie cogía el fular, encendía el mechero y le prendía fuego pronunciando unas palabras indescifrables, mientras el resto gritaba de miedo, excitación, diversión…

Carla, mordiéndose las uñas ante la pantalla, se indignó pensando en cómo las personas confundían su introversión con rareza, se tomaban confianzas con ella, se creían que podían hacerle confidencias que no había pedido y exigirle cosas a cambio. Y luego se quejaban de que no estaba a la altura. ¡Pero si nunca les prometía nada! Sólo estaba allí, buscando un lugar al que pertenecer, como cualquiera… hasta que la gente se hacía ideas equivocadas y le pedía lo que no podía darles. ¿A qué venían las pataletas de Berta? ¡Tampoco habían compartido tanto! La gente se creía con derecho a imponerle sus expectativas porque era silenciosa y servicial. Evitaba el conflicto, sí, ¿desde cuándo eso era malo? Resultaba imposible no acabar siempre desengañada, agobiada y odiando las cosas que creía amar. Ella también había sufrido lo suyo tratando de encajar en aquel grupo. Eso no lo mostraban en Director’s Cut, mira por dónde.

En la pantalla, el fular perdido se consumía entre llamas. Carla, la espectadora, no necesitaba ver más para adivinar lo que ocurría a continuación.

Quizás esta historia, pensó, una ficción en el mundo de Myrian, era la realidad en el suyo. Costaba creer que una broma había desencadenado aquellos meses de terror.

Odió a sus examigos, uno por uno. Especialmente a Berta. Apretó los puños y lloró. Cualquier deseo de regresar a una realidad donde no podía confiar en nadie se había reducido a cenizas, como la prenda que había perdido.

Ahora estaba en otra ciudad, donde nadie la conocía y podía empezar de cero junto a una verdadera amiga. Todo sería diferente aquí. Myrian entendería que no quisiera deshacer la maldición. Seguro que también querría tenerla a su lado, ¡era la única con la que podía hablar de esta experiencia! Se vigilarían la una a la otra, por si la transformación continuaba, aunque la luz del sol parecía haberla detenido.

No irían a Egipto. Se las arreglaría para convencerla.

Por otra parte, que Myrian, siendo como era, encontrase la fórmula del olvido, no le parecía la mejor de las ideas. Sólo por si acaso.

LA RESONANCIA OSCURA

De Lord Pelayo

Género literario: Ciencia ficción especulativa con acción

Kiran

El resplandor violáceo de las barreras de realidad marcaba el cambio de guardia en el Núcleo Iber-9. La ciudad estaba apenas abriendo los ojos, y el habitual zumbido eléctrico de los generadores daba paso al bullicio matinal.

A varios pisos bajo el nivel del suelo, en el vestuario de la guardia, dos hombres se preparaban para la jornada, entre bromas.

—En serio, Elian, tienes que echarle huevos al asunto —dijo Kiran de pronto.

—Pero ¿qué dices? —replicó el joven—. ¿A qué viene eso?

—Algo te tiene rayado. No sé qué es, pero tienes que hacer algo al respecto. Las cosas no tienden a arreglarse solas —sentenció, sin perder la sonrisa.

—Entendido, capitán —afirmó, fingiendo formalidad—, pero tampoco es para tanto, en serio.

El pitido característico de un comunicador interrumpió la conversación. Kiran pulsó la pantalla de su brazalete, revelando a una mujer joven, albina, cuyos ojos violetas parecían salirse de la pantalla.

—Buenos días, capitán Valez —dijo, con un sutil acento francés—. Se requiere su presencia y la del teniente Aurel en el Puesto de Control Zeta Central.

—¡Buenos días, Gracielle! ¿Cómo de urgente es la cosa?

La chica centró su atención en la cámara por primera vez e inclinó la cabeza.

—No hace falta que vengáis corriendo, pero no me hagáis esperar demasiado. Desde que se lió ahí arriba soy la única resonante del sector y llevo una noche de las buenas.

—¡Sí, señora! —dijo Kiran, con media sonrisa.

Gracielle no tuvo tiempo de reprocharle lo de “señora”, Kiran ya había cortado la comunicación.

Ambos se armaron con el equipo habitual: pistola electromagnética y bastón eléctrico. No se empleaba armamento letal con la población civil. La situación ya era lo bastante delicada.

Elian ajustó el seguro con un clic seco mientras salían al pasillo principal del nivel de la guardia. El zumbido de las barreras se hacía más perceptible allí, filtrándose como una nota sostenida.

—¿Te has fijado en la cara de Gracielle? —comentó Elian—. No ha debido pegar ojo.

—Lleva dos semanas así —respondió Kiran—. La semana pasada reconfiguró a mano tres nodos. Ella sola.

—Ya… —Elian bajó la voz—. Igual debería descansar. Por muy resonante que sea, nadie puede con tanto.

—Díselo tú, si te atreves —sonrió Kiran, sin mirar.

Pasaron junto a un muro metálico cubierto por una placa grabada con nombres. Bajo ella, alguien había dejado una flor artificial adherida con un imán. Elian la miró sin detenerse.

—¿Siguen poniéndolas?

—Algunos prefieren recordar —dijo Kiran, casi en un susurro.

Durante unos metros caminaron en silencio. El ruido lejano de una compuerta cerrándose les devolvió al presente.