Capítulo 6 #6
Ahora, ellas eran las veteranas del grupo y creían que no podían sentirse más inseguras y asustadas. Se engañaban: cuando Myrian, a solas en la cueva en penumbra y entre lágrimas, le confesó que ya podía cazar en el exterior sin necesidad de utilizar antorchas y que le llegaba un olor «a restaurante» procedente del lago, la ansiedad de ambas fue en aumento.
—Me está ocurriendo también —balbució—. Me echarán en cuanto lo sepan.
Carla no podía permitirse perderla. Era su único apoyo, la única en la que confiaba.
—A lo mejor es verdad lo del lago —le dijo, limpiándole las lágrimas a su amiga con los dedos—. ¿Y si existe y nos lleva a un sitio habitable mientras estamos aquí, perdiendo el tiempo y jugándonos la vida? Puedes encontrarlo. Aún tenemos tiempo antes de que te vuelvas como Aurora. Incluso podríamos intentar atravesarlo y llegar a un sitio donde nos puedan curar.
—Eso es mucho suponer —respondió Myrian, sorbiéndose los mocos.
—Lo que sea. Hagámoslo juntas. Ya lo hemos perdido todo.
Los ojos vidriosos de Myrian brillaron de agradecimiento.
—Es verdad. Sólo nos tenemos la una a la otra —convino.
Ambas se apuntaron a la siguiente partida de caza y, en cuanto pudieron, apagaron su antorcha y se escabulleron de sus compañeros, agarradas de la mano. Myrian guiaba a Carla en busca de la protección de árboles o grandes rocas para evitar depredadores mientras recorrían lo que la fotógrafa ya reconocía como un páramo. Todavía no diferenciaba unas formas de otras y tropezaba constantemente, por lo que no corrían. Myrian caminaba con seguridad y le indicaba dónde debía pisar o apoyarse para no hacer ruido o le avisaba para que se agachara y se mantuviera inmóvil, casi sin respirar, si detectaba movimiento. Esos eran los momentos más aterradores, cuando pasaban cerca de algún bulto que vagaba por los alrededores y debían detenerse y esperar a que se alejara antes de continuar adelante.
Carla avanzaba, temblando. ¿Y si Aurora las seguía, ya transformada por completo en un habitante de la oscuridad? ¿O tropezaban con cualquier otro sin verlo? ¿O resultaba que Aurora decía la verdad y no había un lago y Gabriel las estaba esperando, hambriento tras haber limpiado los huesos de sus infortunados acompañantes? Empezó a fallarle la respiración mientras su pulso se aceleraba a un ritmo imposible y su cara se cubría de un sudor frío desde la raíz del pelo.
—¡Lo estoy viendo! —siseó de pronto Myrian, tironeando de ella—. ¡Está aquí delante! ¿No notas el olor?
Apenas unos momentos después el viento helado y húmedo le dio a Carla en la cara, cargado con el aroma de pino, césped, musgo y humo.
—Hay árboles, muchos árboles —dijo Myrian, en tono excitado—. Y el cielo se aclara hacia el fondo, ¡veo la línea entre el cielo y el agua! ¡Es un lago inmenso! Negro y bellísimo. ¡Qué maravilla!
Carla, entonces, recordó los reportajes sobre África que su padre ponía en la tele para echarse la siesta. Había una frase que se repetía en todos ellos: «Donde hay agua hay vida pero, también, depredadores esperando a sus confiadas presas». No estaban en África aunque, por lo visto, la totalidad de los cazadores del universo se comportaba de igual manera porque, conforme se acercaban a la orilla, la noche se llenó con los sonidos de criaturas acechando a su alrededor. Una de ellas se lanzó a la carrera, su enorme forma crestada levantando polvo con sus múltiples patas.
El pánico poseyó a las chicas e insufló a sus piernas la velocidad suficiente para llegar al borde del lago y, sin pensárselo, Myrian saltó al agua y siguió corriendo, instándole a Carla a imitarla. El agua helada le cortó el aliento como un cuchillo. Además, la tierra cedió bajo sus pies y ella se hundió de golpe hasta el pecho, entre gritos. Myrian braceaba con energía para alejarse con la mayor rapidez posible de la tierra, por si alguna de aquellas cosas sabía nadar. Medio ciega y aterida, su compañera luchó por mantener su ritmo y no mirar atrás. Continuaron durante varios minutos antes de arriesgarse a comprobar que nada las seguía.
Desde la playa les llegó un rumor de lucha. Aquellas bestias estaban demasiado ocupadas enfrentándose entre sí como para seguirles la pista.
—Nadaremos en paralelo a la orilla hasta que se vayan y podamos salir a buscar a Gabriel o a los otros —propuso Myrian—. Estaba construyendo una balsa, ¿no?
Sin otro plan mejor, se acercaron despacio a la orilla, intentando hacer pie. Carla luchaba por no pensar en lo que podía haber en el agua, tratando de combatir la sensación de que algo le iba a rozar las piernas. No cesaba de patalear, con el corazón acelerado y un picoteo doloroso en los tímpanos. Sentía una corriente que tiraba de ellas hacia lo hondo.
—Nos vamos a congelar —gimió al cabo de un rato, con la voz entrecortada.
—Todavía están allí, dando vueltas. Tenemos que esperar. No dejes de moverte —contestó Myrian, los dientes castañeteándole, pero en un tono tajante.
Cuando Carla creía que le iba a dar un shock térmico, su compañera le indicó que ya podían salir. En cuanto se vieron en tierra firme, Myrian no dejó que se tumbara y la obligó a moverse y a quitarse ropa para secarse al viento, el mismo que les robaba cualquier posibilidad de calor. No podían ni plantearse encender una hoguera (Carla no hubiera sabido hacerlo, en cualquier caso) y se dedicaron a recorrer la zona en busca de rastro de actividad humana. O, más bien, lo hizo Myrian, arrastrando a Carla tras de sí y arrimándose a paredes rocosas y troncos de árboles.
Al mirar hacia el horizonte pudo apreciar que el cielo clareaba. Una chispa de esperanza la hizo revivir. Aunque, al mismo tiempo, comprendió que, para ella, el reloj de la transformación también había empezado a correr en su contra.
Llegaron a un extremo de la playa en el que la marea les impedía avanzar, por lo que deshicieron el camino y exploraron en la dirección contraria. Pasó mucho tiempo antes de que Myrian le urgiera a ocultarse con ella en un arbusto. Describió el panorama en voz muy baja.
—Veo la balsa, cerca de una cueva, pero hay un bicho enorme dentro. Intentaré alejarlo. Prepárate para correr cuando yo te lo diga.
—Pero me duelen muchísimo los músculos por el frío, no sé si podré…
—Tienes que poder. No nos queda otra.
Y, sin más, se incorporó con una gran piedra en la mano y la arrojó con toda la fuerza de su brazo en dirección al follaje que quedaba a sus espaldas.
Al momento, algo recorrió la distancia entre la playa y los árboles con la ira de un tren de mercancías, acompañado de un bramido ronco que resonó terriblemente cerca de ellas. Myrian tiró de su brazo como si fuera a arrancárselo y se deslizaron, agachadas, hasta lo que a Carla le pareció un tronco con una quilla tallada con tosquedad. Olía a putrefacción y Carla no necesitó ver para saber lo que contenía. Myrian le confirmó sus peores temores: había parte de una caja torácica, un brazo y el hueso del pubis de un ser humano. Aún quedaba algún trozo de carne adherida a los restos.
Les costó un gran esfuerzo desalojarlos sin vomitar, tras lo cual cargaron el tronco hueco con toda la rapidez que sus músculos ateridos les permitieron antes de que algún habitante de la zona las sorprendiera. Una vez en aquella agua que podía haber sido petróleo cayeron en la cuenta de que no tenían remos. Estarían a merced de la corriente. Remaron con los brazos, bordeando el agotamiento, hasta que comprobaron que la corriente las llevaba hacia la parte más profunda.
En ningún momento hablaron del destino de quienes se quedaban atrás. Total, no sabían qué iba a ser de ellas tampoco.
Gabriel siempre había hablado de un lago, pero una vez perdieron de vista la orilla, no fueron capaces de vislumbrar su final. Se plantearon si no se trataría más bien de un pequeño mar, en especial cuando empezó a mecer la balsa. El cielo clareó lo justo para dejarles ver la manera en que se formaban las negras olas, coronadas de espuma. Hacían balancearse peligrosamente la precaria embarcación. Después de ver aquella agua picada que las meneaba cada vez con más violencia mientras se levantaba un viento huracanado, las chicas se acurrucaron en el fondo del tronco hueco y se abrazaron para darse calor e infundirse valor la una a la otra. Pronto se quedaron cortas de ambas cosas.
Una ola de brea se cernió sobre ellas. Rezaron a gritos mientras la coronaban y, cuando agotaron las oraciones y las deidades, se las inventaron mientras la balsa amagaba con volcarse. Les entró agua del lago que podía ser un mar y que se batía con el cielo tormentoso, hasta que los dos se confundieron en un solo elemento, que amenazó con engullirlas en un remolino de ébano líquido.
Y, de pronto, una luz las cegó. Un pequeño sol blanco las iluminaba con intensidad, un sol a la medida de aquel mar que no era un lago. Hasta que entendieron que tenían delante otro barco que las iluminaba con un foco.
Los tripulantes de aquel pesquero estaban tan sorprendidos como ellas. Botaron una balsa y las rescataron de aquel tronco hueco. Las envolvieron en mantas y les ofrecieron té caliente y sopa, alojándolas en un pequeño camarote.
Cuando se quedaron a solas, Carla y Myrian se miraron, aturdidas por una calma y una seguridad repentinas en las que no acababan de confiar.
—¿Sabes cómo se llama este barco? —musitó Myrian, por decir algo—. Alice. —Y luego canturreó—: Who the fuck is Alice?
Carla soltó una risa floja.
—¿Qué vamos a contarle a la gente? —murmuró Myrian.
—Que lo hemos olvidado todo —repuso Carla, con la mirada perdida—. Que estamos tan traumatizadas que no queremos hablar de ello. Ya se me ocurrirá algo. Soy muy buena inventándome excusas.
Myrian apoyó la cabeza sobre su hombro y se quedó dormida solo instantes después. Tenía el pelo empapado y le transmitía frío, pero Carla se aguantó. Era lo mínimo que podía hacer.
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La costa no estaba lejos. Esa misma noche atracaron en el puerto de la capital de la que procedían ambas.