Relatos Orbitales Capítulo 6 #5
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Capítulo 6 #5

¿Sería posible que la maldición fuera real, al igual que Myrian? Y, en ese caso, ¿quién odiaba tanto a Carla como para condenarla a ese infierno negro?

En la historia de Berta, los amigos de Myrian realizaban el ritual como una broma, una vía de escape de la tensión provocada por la chica. A Carla le parecía injustificable que alguien, a sabiendas, tuviera el poder de expulsar a otra persona de su dimensión. Si Berta lo poseía, no era consciente de ello. De lo contrario, con el carácter que gastaba, ya habría enviado a la oscuridad a toda una legión.

Pero, claro… ¿quién se acordaría de esa gente? A Carla se le secó la boca de golpe al imaginárselo. De hecho, si ella misma estaba allí por efecto del ritual, su recuerdo ya se habría borrado del cerebro de sus familiares y amigos, como si jamás hubiera existido.

Basta. Aquello era ridículo. Imposible.

Mas, ¿qué lugar era ese, sino un pozo al que arrojar a alguien para olvidarlo?

Aprovechando que Myrian se había recostado en su catre improvisado, zanjando la conversación con un gruñido, Carla lloró en silencio por enésima vez.

En las siguientes horas, Óscar el abogado desapareció.

~

Aurora la obligó a reservar la batería de su móvil para urgencias y a pasar muchas horas sin la hoguera, con el fin de acostumbrar la vista y, en especial, aguzar sus otros sentidos. Carla rabiaba de frustración: le harían falta años para eso, por más que la mujer y Gabriel le asegurasen que no.

Enseguida se dio cuenta de que en el grupo había dos facciones enfrentadas: los que aconsejaban permanecer en el refugio, capitaneados por Aurora, explorando las zonas conocidas en busca de las entradas por las que habían venido y sobreviviendo con las partidas de caza de pequeños animales deformes y la búsqueda de agua procedente de pequeños regatos; y los que, como Gabriel, opinaban que había que alejarse, seguir tales regatos, que sin duda conducirían a un río o masa de agua mayor, donde quizás podrían hallar más vida y, por tanto, más alimento. Tal vez aquel río los condujese a otro lugar mejor, incluso a la civilización.

Gabriel decía que, a veces, cuando se alejaba mucho, el viento le traía olores a humo y comida cocinada. Decía que cada vez veía mejor y que, por ello, no tenían tiempo que perder. Aurora lo miraba con preocupación.

Ambos aceptaron la pérdida de Óscar con dolor y resignación, mientras que el resto debatía si buscarlo o no arriesgarse a acabar igual. Myrian decía que el hombre podía estar vivo y desangrándose en algún lugar y que, si eso le pasaba a ella, preferiría saber que la estaban buscando. Carla, en silencio, se decía que ni un ejército de monos la iba a hacer abandonar la seguridad de la cueva. Gabriel prohibió a todos salir sin él o Aurora en lo sucesivo.

Eso no impidió que algo con muchos brazos atacara la partida de caza y redujera a Emma la influencer a pedazos, de los que dejó muy pocos.

Carla, que ya estaba recuperada como para empezar a hacer salidas, vivía paralizada por el terror. Si no hubiera sido por Myrian, que aliviaba su propio miedo abrazándola y llevándola de un lado a otro como si fuera una pesada mochila, ya hubiera sucumbido a la histeria a aquellas alturas.

—No nos soltaremos en ningún momento. Se nos llevarán a las dos o a ninguna —le juraba Myrian, y estas palabras la consolaban. Siempre habría alguien que sabría lo que le estaba pasando, que se preocuparía por ella.

De las fauces de la noche salieron, a goteo, más personas. Algunos lograron llegar vivos a la cueva: Adelaide, Waldo, Anna, Charly. Para entonces, Toni ya no estaba con ellos. Uno por uno, les iba llegando el turno de fundirse con la oscuridad. Cuando llegaron otros, Carla no se molestó en memorizar sus nombres. El cuarteto formado por los veteranos y ellas dos se habían convertido en el núcleo duro del grupo de supervivientes, en la única constante. No se permitiría estrechar lazos con nadie más; así soportaría mejor la angustia por las pérdidas.

En algún momento empezó a creer que la noche continua se aclaraba. Pero no era esto, sino que su vista, al fin, distinguía capas y capas de oscuridad. Tonos, gamas e intensidades de negro. Gabriel, más afable que Aurora, la felicitó por sus progresos y la llevó de caza con Myrian. Se había preocupado por entrenarlas y ambas lamentaron que el hombre cada vez pasara más tiempo lejos del refugio. Les contó que necesitaba su propio espacio, que así podía alejarse cada vez más y que no dejaría de comunicarles sus descubrimientos.

—Oigo el rumor del agua —les dijo, emocionado—. Lo seguiré. Tendré cuidado.

Las chicas no entendían por qué Gabriel dormía en otra cueva ni por qué Aurora les recomendaba no alejarse en su compañía.

—Está cambiando —les dijo en una ocasión—. No es normal que sea capaz de ver, oír y oler tanto como asegura. Ya no confío en Gabriel. Tened mucho cuidado y no os quedéis a solas con él.

Eran ocho miembros en el grupo la última vez que recibieron la visita de Gabriel. Estaba muy nervioso: había descubierto un lago. Los olores y sonidos eran más intensos allí. Y, en el horizonte, el cielo clareaba, aseguró.

—Tiene que haber una ciudad al otro lado —insistió, casi febril a la luz de las llamas—. Lo he visto. Iré hasta allí. Debéis venir conmigo y ayudarme a construir una balsa, una grande. Ya he empezado. Entre todos terminaremos antes.

Aurora se opuso enérgicamente y Gabriel respondió con una violencia inusitada. Estalló una discusión en la que la mujer admitió que pensaba que se estaba volviendo loco y lo acusó de tratar de arrastrar al grupo en su demencia. Al final, el hombre salió al exterior más furioso de lo que jamás le habían visto. Una pareja lo acompañó para calmar los ánimos y cerciorarse, de paso, que ese lago existía.

Pasó el tiempo. Hubo varias partidas de caza, se organizaron comidas y turnos de descanso. Las rotaciones de trabajo y sueño se sucedieron, pero los que habían salido no regresaban.

Aurora se estaba volviendo cada vez más huraña y solitaria. La sorprendían a veces a solas, escuchando. Rechazaba la proximidad de un adolescente recién llegado porque, según ella, apestaba a hormonas, aunque nadie más parecía notarlo. Carla pensaba que la vieja también se estaba volviendo loca. La empezó a mirar de otra manera cuando predijo el ataque de una bandada de criaturas aéreas a las que describió como pájaros esqueléticos sin plumas. Resguardados en la cueva, con el exiguo acceso bloqueado por varias rocas y escuchando cómo los depredadores las picoteaban con furia, tratando de darles alcance, los miembros del grupo entendieron que los sentidos de Aurora se habían afinado más de lo que imaginaban.

—¿Y si nos guías hasta el lago de Gabriel? —dijo alguien—. ¡Ves y oyes mejor que cualquiera de nosotros! A lo mejor tenía razón.

—¡No tiene razón! ¡Es un hombre peligroso y no debemos escucharlo! ¡Está loco! ¿Os acordáis? —se revolvió.

—Aurora, los que llevamos más tiempo aquí empezamos a ver mejor —dijo Myrian, enfrentándola—. No sé por qué te empeñas en negarlo. Gabriel puede haber visto ese lago. ¿Por qué no nos trasladamos a un lugar con más luz y más probabilidades de supervivencia?

—Gabriel no quiere salvarnos, niña —repuso Aurora, condescendiente—. Nos guía a una trampa. La prueba es que nadie ha vuelto a ver a esos dos que se fueron con él.

—¿Cómo que una trampa? ¿Para qué iba a hacer eso?

Todos, menos Carla, la rodearon e increparon, hasta que Aurora no pudo soportarlo más y se retiró al fondo de la cueva, temblando.

Carla esperó a que los ánimos se calmaran y la mayoría se hubiera tumbado en sus rincones. Entonces le ofreció un cuenco —tallado por Toni antes de su desaparición— con sopa de hierbas, que la mujer aceptó. Rezongó más para sí misma que para Carla y acabó llorando, ante la incomodidad de ésta. Pero supuso que a Aurora le consolaría su presencia y se quedó con ella hasta que ambas se aletargaron.

Un sonido despertó a Carla. Distinguió a Aurora moviéndose a su alrededor de una forma extraña. Vio su forma negra sobre el gris de la roca, rascándose como si la piel le picase de forma incontrolable; luego se acercó a ella, olfateando. Cuando Carla creyó que no podía soportar su proximidad volvió a retirarse y se frotó los brazos con saña. Tiraba de algo, tal vez de la tela de las mangas, rompiéndola sin ruido… y, de pronto, giró la cabeza hacia la chica con un movimiento furtivo, que le recordó al de una serpiente.

Carla era incapaz de distinguir sus rasgos, pero el fulgor de aquellos dos ojos inhumanos resultaba visible para cualquiera.

Se incorporó con un chillido y retrocedió. Myrian y los demás despertaron con el ruido y, cuando el haz de luz procedente de uno de los últimos móviles con batería apuntó a Aurora, vieron jirones de piel colgando de sus brazos flacos y la carne nueva, gris, espinosa y dura que asomaba debajo. Y, por supuesto, aquellos ojos.

Decidieron expulsarla al exterior. Tuvieron que hacerlo usando los palos que habían afilado y otras armas improvisadas, aterrados por el aspecto de la mujer. Aurora, sin embargo, apenas se rebeló.

—Os he ayudado desde el principio —gimió—. ¿Y ahora me echáis del refugio en el que yo os acogí? ¡Esto no es culpa mía! ¡Es lo que te hace este sitio! —Mostró sus dedos deformes, la piel brillante surcada de venas entre los trozos de epidermis arrancada—. ¡Avanza día a día! Es lo que le ha pasado a Gabriel. Eso y el hambre… un hambre que no se calma con nada. ¡Os previne! Yo puedo dominar el hambre, no como él, ¡lo juro! ¡No me abandonéis, ahora que os necesito más que nunca!

Carla y Myrian, agarradas de la mano, escucharon sus gemidos y súplicas durante un rato, amortiguados por las rocas que taponaban el exiguo túnel de entrada a la cueva, hasta que se hizo el silencio.