Capítulo 6 #4
Carla le relató cómo había llegado hasta allí, tratando de sosegar la respiración y sonar coherente, sin conseguirlo.
—Yo estaba de viaje con unos amigos —dijo Myrian, a su vez—. La última noche, en el hotel, mientras subía en ascensor hacia mi planta, las luces empezaron a fallar. Las puertas se abrieron y el pasillo estaba a oscuras, como si hubiera habido un apagón. Me extrañó que el ascensor no se hubiera parado y, más aún, que las luces de emergencia no fueran visibles. Encendí la linterna de mi móvil y eché a andar. Pero no había puertas a lo largo del corredor y me puse nerviosa. Pensando que me había equivocado de planta di la vuelta para volver al ascensor, que ya se había cerrado. Estaba a oscuras, no veía nada y, aunque caminé en línea recta, no lo encontré. El pasillo seguía y seguía. Pero no estaba en un pasillo. De pronto, era un sitio mucho más grande. Entonces me di cuenta de que no estaba sola y tuve miedo. Apagué mi móvil y tropecé con un chico que estaba en la misma situación. Me pareció absurdo. Además, me dijo que ya no estábamos en Egipto…
—¿Qué? ¿Egipto? —saltó Carla.
—Sí. Estaba de viaje en Egipto, con mis amigos, en un viaje de fin de curso…
Carla volvió a interrumpir el relato con una carcajada de incredulidad. Ya está, aquello era una broma pesada, una broma maravillosamente orquestada y absolutamente loca de Berta. Tendría que felicitarla por su imaginación. Así que había encontrado a la chica perdida del corto de Berta. Hilarante.
—Vale, chicos —exclamó, aplaudiendo—. Me lo he creído por un momento. ¿Estáis grabando, verdad? Casi me muero de miedo. Muy bueno, de verdad.
—¿Qué demonios dices? —gruñó la otra—. ¡Baja la voz! ¿Estás loca?
—Claro, Myrian. Ya puedes dejarlo. ¿Cuál de las actrices eres? Seguro que…
Entonces fue cuando oyó el aleteo sobre ella y un peso brutal la aplastó contra el suelo.
El sabor de la tierra en la boca precedió al dolor atroz de unas garras afiladas atravesando la carne de su espalda. De inmediato, aquello que la había enganchado trató de levantarla en el aire. Pero alguien (y por su forma de respirar y gemir dedujo que fue Myrian) se agarró a su cintura haciendo contrapeso y la desclavó de su captor invisible. Ambas cayeron al suelo.
Llorando de dolor, percibió la presencia de un ser enorme barriendo los alrededores con sus miembros, olfateando, buscándolas entre fieros resoplidos. Myrian le tapó la boca con una mano y, cargando con ella, la puso en pie y emprendieron la huida de nuevo.
Tenía la espalda empapada de sangre aceitosa. Y qué dolor. Las heridas palpitaban y escocían, impidiéndole pensar. ¿Adónde iban? ¿Lo sabía Myrian? Quiso encender el móvil pero su compañera no se lo permitió. Ni tampoco llorar, gritar, nada. Tuvo unas náuseas horribles y, de pronto, se le doblaron las rodillas y no supo nada más.
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Las linternas de Berta, Jox y Rudy la cegaron. Pues claro que todo era una broma que se les había ido de las manos. ¡Los ganchos de la grúa no tendrían que habérsele clavado de aquella manera! Qué estupidez. Claro, como no veían nada…
¿En serio, tenían una grúa?, pensó Carla. No lo recordaba.
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Estaba tumbada de lado. La voz de Myrian le hablaba en medio de la dolorosa negrura, le decía que seguía a su lado, le rogaba que no se fuera, que no la dejara sola, que faltaba muy poco.
Así fue como supo distinguir cuándo soñaba: si había luz, no era real.
El mundo era una sopa de alquitrán de la que podía salir cualquier cosa horrible para hacerle daño. Myrian era lo único que se interponía. No tenía más remedio que confiar en ella.
A ratos caminaba penosamente, apoyada en su compañera, hasta que se mareaba y volvía a tumbarse. Se sentía febril a causa de heridas que no podía ver y que, sin duda, estaban infectadas. Sólo quería morirse y que fuese rápido.
Pero Myrian no la dejaba en paz.
No supo cómo llegaron a reunirse con más gente. De pronto, otras voces susurraban a su alrededor, la luz de un mechero le hizo abrir los párpados, y así vio el rostro de Myrian por primera vez: hermoso, resuelto, de espesas cejas oscuras delineadas con esmero. No se parecía en nada a la actriz que hacía de la Myrian del corto, que era una Barbie. Pensando en esto, volvió a dormirse y soñó que veía a la cosa que la había atacado. Su mente se lo representaba como un murciélago gigante, sin ojos ni pelo, con partes del cuerpo quitinosas como los insectos.
Alguien le daba de beber, le hacía curas y le decía que saldría adelante. Había una vela encendida. Pero también podría ser un sueño.
En algún momento abrió los ojos. Una antorcha brillaba. Pudo ver que estaba en una cueva, junto a más personas. Myrian se acercó a ella y le estrechó la mano. A su alrededor, se hablaba en voz baja. La visión la reconfortó y se sumió en un duermevela del que salió algo más fortalecida y lúcida.
La había curado un hombre de mediana edad. También había una recia mujer mayor de largas greñas grises que parecía saber más que nadie de aquel sitio. Y algunas personas en torno a los treinta o cuarenta años. Nadie sabía decir cuánto tiempo llevaban allí ni qué era ese sitio. Algunos contaban que se habían despertado un día en la oscuridad absoluta. La mayoría se había perdido, como ella. El resto se mantenía unido para sobrevivir a la noche interminable.
Tumbada sobre una manta, supo que los más veteranos eran los que mejor visión tenían. Que aquella tiniebla ocultaba depredadores como el que había tratado de llevársela por el aire. No todos volaban y muchos de los terrestres eran más peligrosos por su rapidez y proximidad. Tendría que aprender deprisa a distinguir los sonidos que los delataban. Los miembros del grupo no hacían más que cambiar, ya que era muy fácil desaparecer para siempre.
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Gabriel, el hombre que la había atendido, era médico. Aurora, la mujer madura, había vivido en el campo toda su vida y provenía de familia de labriegos. Su forma física resultaba sorprendente. Ambos llevaban la voz cantante en aquella pequeña comunidad o, al menos, su opinión era la más respetada, porque llevaban tanto tiempo en aquel lugar que sus ojos ya distinguían siluetas. Muchas veces no se las describían con precisión a los demás para no asustarlos.
Luego estaban Óscar, abogado en paro; Toni, profesor de pilates y Emma, que se presentó como influencer.
Había cierta organización y unas normas. Si las seguían, le dijeron, aumentarían las posibilidades de subsistir unidos hasta encontrar una salida. Todo se reducía a no hacer ruido, no encender luces fuera de la cueva y, en general, no hacer nada que llamase la atención de las cosas que habitaban aquel rincón del mundo.
Carla se pasó una eternidad doliéndose de sus heridas y temblando de miedo, incapaz de salir de la cueva, mientras se preguntaba si alguien la estaría buscando al otro lado. Sus padres se volverían locos viendo que los días pasaban y ella no aparecía. ¿Cuánto hacía desde que se había perdido? ¿Creería Berta que le había vuelto a dar plantón? Seguro que Rudy estaba moviendo cielo y tierra para encontrarla. Él nunca creería que había desaparecido voluntariamente, ¿verdad?
Estos pensamientos la hacían llorar y enroscarse en su esquina, hasta que se dio cuenta de que algunos en el grupo le preguntaban con cierta insistencia si podía levantarse y ayudarlos en sus tareas. Sorprendió a Emma y Toni cuchicheando mientras la miraban. Entonces empezó tener un sueño recurrente, en el que despertaba y se encontraba sola, sin luz. La sola idea de que pudieran abandonarla como a una carga molesta la volvía loca, así que se esforzó por resultar útil en la medida de sus posibilidades. Seguía dolorida y sin ver nada y, aunque no hubiera sido así, era incapaz de reconocer hierbas o frutas comestibles. Tampoco sabía cazar y saltaba al menor ruido. Decidió esforzarse por no estorbar y se pegó a Myrian, que le suscitaba mucha curiosidad.
Sondeándola, se sorprendió de cómo la información que proporcionaba concordaba con lo que Berta había escrito e, incluso, con lo que no. Carla recordaba muchas indicaciones de la joven directora a la actriz que encarnaba a Myrian. Todo coincidía de forma pasmosa.
Poco a poco, sus impresiones fueron cimentando una idea que la obligaba a replantearse sus creencias acerca de lo que consideraba real. Quizás ésta era la verdadera Myrian. Quizás el mundo sin luz en el que habían caído era un punto de encuentro de planos alternativos de existencia y ella misma, Carla, era un ser imaginario para los que provenían de otro.
En un momento en que el grupo dormía, se atrevió a confiarle su teoría a Myrian, con grandes vacilaciones. A la luz de los rescoldos de una hoguera, la otra muchacha la escuchaba, atónita.
—¿Y por qué me iban a maldecir mis amigos? ¿Yo qué he hecho?
Carla tragó saliva antes de responder.
—Parece ser que tonteaste con Jorge, que le gustaba a Adriana, e incomodaste a Nico, con quien habías salido un tiempo —le dijo. No tuvo el valor de añadir que, además, la empezaban a odiar por otros rasgos de su personalidad.
Myrian estaba lívida.
—¿Cómo puedes saber esas cosas? ¡Es imposible!
—¡Baja la voz! Lo escribió Berta. Se supone que era ficción…
—No conozco a ninguna Berta. ¿Quién será esa zorra? —Por la forma en que fruncía el ceño, Carla dedujo que estaba intentando recordar a alguien de su entorno. Pero, al no lograrlo, optó por contraatacar—. Además, si estoy maldita, tú también. Como cualquiera en este agujero.
—¿Por qué nadie me iba a maldecir a mí? —se molestó Carla a su vez.
—¡Yo qué sé! Parece que sabes mucho de mí pero, si me concedes un tiempo, ya te diré por qué estás aquí. —Resopló y apartó la mirada. Luego se tapó la cara y cambió de tono—. Perdona. Todo esto me pone los pelos de punta. El sitio, las cosas que estás diciendo… es absurdo.
—Y, además, peligroso —murmuró Carla. Abrazándose las rodillas, no pudo evitar quedarse pensando en la inquietante posibilidad que Myrian acababa de revelarle.