Relatos Orbitales Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Se golpeó en una rodilla y se detuvo con una maldición. Dio varios pasos hacia delante, confiando en dar con una pared que podría seguir para orientarse hasta la puerta. Pero, por más que caminó, no la encontró. Metió la mano en su mochila y revolvió en su interior en busca de su teléfono móvil. Dejó en el suelo las demás bolsas para hacerlo con mayor comodidad.

Oyó pasos y voces, amortiguados por la distancia.

Gritó cada vez más fuerte para hacerse oír. De pronto, su mano libre encontró un muro y lo golpeó, mientras seguía dando voces. Dejando sus bártulos atrás, avanzó tan rápido como pudo a lo largo de la pared, en busca de la puerta. El muro seguía y seguía, en la negrura más completa, mientras ella se afanaba buscando el teléfono en los mil bolsillos de su mochila.

¡Era absurdo! Recordaba que aquella estancia tenía una ventana, ¿cómo era posible que la luz de las farolas no se filtrase a través de la persiana? Quizás esta se encontrase bajada, de acuerdo, pero, ¿cómo no había hallado la puerta a aquellas alturas?

Es más, ¿cómo podía ser que no hubiese llegado ya a una esquina o chocado contra algún mueble? La sala no era tan grande.

Pensó que estaba dando rienda suelta a sus nervios. Que sólo eran impresiones suyas. Que la perspectiva de acabar encerrada en aquel caserón toda la noche exacerbaba sus nervios y estos le hacían creer que los segundos cundían como minutos y que cada centímetro se extendía un metro. O más.

El eco de una puerta golpeando al cerrarse llegó hasta ella, como si el sonido viajase a través de un largo, largo vacío. Y, después, un silencio sepulcral. Tan insoportable y definitivo que tuvo que romperlo con un grito de incredulidad, de ira, de desesperación. Fue el último, porque aquel silencio, aquella oscuridad, de pronto parecían conscientes de su presencia y dispuestas a asfixiarla con su peso.

Sus compañeros no la oían. Pero alguien más podría estar escuchando.

Este pensamiento la dejó paralizada. Se negó a dejarse dominar por él y trató de contrarrestarlo con pensamientos lógicos. Sólo se había perdido y desorientado en una casa grande, cerrada a cal y canto. Había abandonado la habitación sin darse cuenta. Rudy la echaría de menos y vendría a buscarla. Se reiría de ella, la abrazaría la invitaría a cenar y no dejaría de hacer bromas a su costa durante horas.

Era la oscuridad, la tiniebla impenetrable la que estaba tratando de hacer saltar los fusibles de su razón. Sólo debía tomar aire y buscar el móvil con calma. El dispositivo le brindaría luz y comunicación y el asunto se resolvería en cuestión de minutos. Se maldijo por haber puesto el aparato en silencio para evitar que sonara en el rodaje. Los pitidos de notificaciones o de recepción de mensajes le hubieran ayudado a localizarlo. Ni siquiera vibraba, para ahorrar batería, idea que de pronto le pareció estúpida.

Apoyada en el muro, continuó deslizándose hacia delante, absurdamente maravillada de no encontrar ningún obstáculo en su camino. Se le escapó una risa nerviosa y le sonó tan fuera de lugar que la ahogó de inmediato.

Como dicta la norma, el móvil estaba en el último bolsillo que registró. Cuando sus dedos se cerraron alrededor de su forma rectangular no contuvo una exclamación de alivio. Encendió la pantalla y su luz fría apenas atravesó el telón de negrura en el que estaba inmersa. Reconoció el papel anticuado de la pared y la moqueta que cubría el suelo, poco más. La pantalla le reveló que no tenía cobertura en aquel momento, lo que le hizo rechinar los dientes. Encendió la linterna del aparato y pensó que, en el peor de los casos, encontraría una ventana y la reventaría a patadas si ésa era la única manera de salir. Tenía clarísimo que no pasaría la noche allí.

La luz blanca e intensa le mostró un pasillo, empapelado y enmoquetado como si fuese una extensión de la habitación en la que se había perdido, sólo que no recordaba haber visto este corredor en ningún momento. No había lámparas ni interruptores, muebles o adornos. Sólo un pasillo que se internaba en la oscuridad, en ambos sentidos.

Podía volver atrás y recoger las bolsas con focos que había abandonado. Pero entonces recordó que la electricidad estaba cortada, por lo que no podría enchufarlos. Lo mejor era avanzar, localizar la cocina con el cuadro de luz y subir los fusibles. Las cosas tendrían mejor aspecto.

Aquel pasillo parecía viejísimo a la luz de su móvil, con las paredes polvorientas y la moqueta apolillada y desgastada. Por más que lo intentaba seguía sin orientarse. Carla avanzó con el móvil en la mano a modo de linterna, aferrada a su mochila, que llevaba sobre el pecho. Cada cierto tiempo se giraba, como si alguien fuera a llegar y sorprenderla por la espalda.

Estaba en una zona del inmueble que desconocía, eso era lo que pasaba. Tal vez había descubierto un pasadizo secreto por pura casualidad. En ese caso, quizás la llevaba hacia otra salida. Eso era bueno, se dijo, levantando polvo del suelo con sus pisadas. La moqueta ahora estaba tan sucia que las suelas de sus deportivas dejaban huellas. Nadie había pasado por allí en mucho tiempo.

En un momento dado alcanzó un tramo en el que el papel de las paredes se veía descolorido, mohoso y se despegaba de las paredes o parecía arrancado. La moqueta estaba podrida de humedad y, a partir de cierto punto, papel y tela desaparecieron. Las paredes y el suelo eran de oscuro cemento, casi indistinguibles de la negrura. Extendió los brazos a los lados, en cruz, y tocó las paredes para cerciorarse de que seguían allí. Hasta que dejó de notarlas bajo los dedos y el cambio en la atmósfera le reveló que había llegado a otro lugar antes de que la linterna le mostrara un suelo irregular, de roca negra. Todo estaba tan oscuro que la luz proyectaba un rayo que las tinieblas se tragaban con voracidad, pero el aire frío y húmedo sugería que había salido a un espacio mucho más grande. Quizás una caverna.

Consultó la pantalla del móvil. Había caminado durante media hora y seguía sin cobertura.

Imaginar que podía estar bajo tierra le resultó claustrofóbico. No quería permanecer en una cueva desconocida. Por Dios, ¿en qué clase de casa se tiene un pasadizo que lleva a una caverna? No quería descubrir para qué podía ser, así que se dispuso a regresar, descorazonada. Se giró pero no vio el pasillo por ninguna parte. Sólo un espacio negro, que la rodeaba.

Giró sobre sí misma y dio una vuelta completa apuntando con la luz en todas las direcciones, transmitiendo el temblor de sus manos al aparato, antes de rendirse a la evidencia, presa de una ansiedad creciente.

El pasillo había desaparecido. Ya ni siquiera sabía por dónde había venido.

Dio rienda suelta al llanto mientras daba vueltas. Tal vez esa fue la causa de que no oyera una serie de sonidos a su alrededor.

El roce de alguien intentando no hacer ruido al moverse, no muy lejos de ella. El golpe seco de algo cayendo al suelo, despertando ecos en el entorno.

—¿Hola? —exclamó, esperanzada. Escuchó su propio eco y, enseguida, el roce que había escuchado se transformó en una especie de aleteo. Por alguna razón, se le vino a la cabeza la imagen de una inmensa polilla revoloteando, acechándola.

Un siseo sonó mucho más cerca de ella, como si le chistaran por hablar en una biblioteca.

—¡Apaga eso y cállate! —exigió alguien con un hilo de voz, un susurro que hubiera sido un grito de no haber estado dominado por el terror. El pánico a ser oído por la cosa que batía las enormes alas, agitando el aire.

Entonces, algo le arrebató el móvil de entre las manos y sofocó su luz hasta hacerla desaparecer.

Ahora, Carla estaba ciega y demasiado aterrorizada para articular palabra. El mundo se redujo al sonido de lo que podían ser piedras cayendo en diferentes direcciones, seguido por el pesado aleteo, alejándose.

Alguien agarró a Carla del brazo. Ella dio un gritito que coincidió con el estruendoso desplazamiento del ser que se movía de un lado a otro, buscando… ¿buscándola a ella?

—¿Hablas mi idioma? —murmuró cerca de su oído la misma voz de antes. Era la de una mujer joven.

—¡Sí!

—Ven conmigo. No hagas ruido. Encenderemos tu linterna en cuanto ese bicho esté lejos.

—¿Bicho? —gimió Carla—. ¿Qué bicho?

—¿Podrías desandar el camino? ¿Sabes por dónde has venido?

—No, no tengo ni idea, me he perdido —admitió con pesar.

La mano la guio durante varios minutos, obligándola a avanzar pisando con cuidado, sin prisa pero sin pausa, hasta que los inquietantes aleteos quedaron atrás. Sólo entonces vio reaparecer la luz de su pantalla entre los dedos de aquella persona.

—¿Quién eres? —susurró Carla, recuperando el aliento.

—Alguien que se ha perdido en este lugar infernal, igual que tú.

—Me llamo Carla. ¿Cuál es tu nombre? —insistió.

Su guía tropezó con algo y maldijo con voz queda antes de responder.

—Soy Myrian. Mejor charlamos cuando estemos a una distancia segura.

Carla obedeció y se mantuvo el resto del camino en silencio, pensando en la casualidad de que aquella desconocida se llamase como el personaje del cortometraje de Berta. Se hubiera reído de no estar experimentando el momento más pesadillesco de su vida.

Estaba en manos de Myrian que, por alguna razón, se conducía bien en aquella negrura. Había apagado la linterna del móvil para no atraer a nadie indeseado, según le explicó. Carla ya no sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados y aguzaba sus oídos mientras la desconocida la llevaba del brazo por un terreno irregular, frío y húmedo, por el que caminaban sin prisa para no hacer ruido.

—¿Tú ves algo? —susurró Carla al cabo de un rato.

—Al final se te acostumbra la vista y empiezas a distinguir cosas. Se tarda un tiempo.

—¿Cuánto llevas aquí?

Antes de que le llegara la respuesta la oyó suspirar, como si estuviera agotada.

—No lo sé —dijo, su voz teñida de desesperación—. He perdido la noción del tiempo dando vueltas e intentando salir. Esperaba que pudieras decirme por dónde habías venido.